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Día Internacional de la Mujer

Mujeres imprescindibles para un 8-M extraordinario

Después de un año de penurias por el mal pandémico, un día como el de hoy ensalza el rostro de la mujer en esencia y en el desempeño de distintas tareas, todas ellas capitales. El calendario está lleno de Días de la Mujer

Pili Gallart, Isabel Cárdenas, Juana Mari Maestre, Ana Tellería, Nuria Almagro, Marga Ibáñez, Rosa Mary Sánchez y Vanessa Álvarez.
Pili Gallart, Isabel Cárdenas, Juana Mari Maestre, Ana Tellería, Nuria Almagro, Marga Ibáñez, Rosa Mary Sánchez y Vanessa Álvarez.
Actualizada 08/03/2021 a las 06:00

Al año de la sacudida de la pandemia, que adquirió cariz de un “sopapo” -en palabras de Ana Tellería Martín, médica adjunta intensivista de la UCI B en el Complejo Hospitalario de Navarra-, asoma una conclusión: “Los ciclos de la vida, por la propia biología con partos, encuentros, y ausencias, nos hace más humanas a las mujeres”. La opinión es de Pili Gallart Royo, adscrita al programa de Acogida de la Unidad de Servicios Sociales de Echavacoiz, en un sondeo aleatorio a ocho mujeres en un día señalado del calendario que es difícil de desgajar de los últimos doce meses vividos y también sufridos. “En los dos primeros de la pandemia no éramos conscientes del desgaste físico y emocional que nos está saliendo y pasando factura ahora”, aprecia Nuria Almagro Juan-Sarmiento, auxiliar de clínica de la UCI B.

La crisis sanitaria, que aconseja estar vigilantes para doblar la curva de contagios e incidencias, no ha hecho sino agudizar evidencias en el reparto de las responsabilidades en el hogar y en el soporte de los cuidados. Por la labor que desempeñan los Servicios Sociales, no siempre reconocidos en el desempeño de su rutina y en períodos de necesidad acuciante, la covid-19 ha acentuado la “feminización en los cuidados”. Una radiografía de hogares atendidos en el último año ratifica la sentencia. “Te das cuenta que las mujeres siguen estando ahí”, señala Pili Gallart. “Son las que concilian entre familia y trabajo. Son las que están con la judías verdes y, al mismo tiempo, con los deberes de los hijos, las que llevan la comida a las abuelitas, aunque estén contagiadas, las que están al tanto con el profesorado en el seguimiento escolar de sus hijos, las que tienen una palabra de atención al adolescente refugiado en las máquinas...”.

Tiene la propia profesional, de 47 años de edad y madre de cuatro hijos, una opinión personal sobre el significado de ser mujer hoy, que suena a consejo de sentido común y palabras de ánimo dirigidas a la mitad de la población: “Por lo que tenemos entre manos -familia, crianza, trabajo, amigos, etc-, creo que para nosotras es muy importante situarnos en el centro de los cuidados que ofrecemos. ‘Cuídate bien porque cada cierto tiempo conviene verte desde dónde estás cuidando y desde dónde te estás cuidándote y queriéndote’”, sugiere como recomendación.

Un repaso al año, tan presente en la conciencia individual y pública, muestra la dureza del trabajo de los Servicios Sociales, que fue y es, ahora más que nunca, vital. Su carácter esencial se encuentra en las cargas y consecuencias que ha arrastrado la pandemia, reveladas en notables carencias personales y económicas. Como sucede cada vez que los cimientos de la estructura económica se tambalean, “la covid se ha cebado con las capas sociales más bajas”, constata Gallart. Y no sólo a nivel sanitario. La herida psicológica, social y económica tardará en cicatrizar.

Las trabajadoras sociales -no es ninguna licencia el uso del género femenino, sino prueba de su mayoría en la profesión-, encaran “las consecuencias sociales de la pandemia. Seguimos estando todos los profesionales de Servicios Sociales en primera línea. Y somos conscientes de que nos necesitamos unos a otros porque el desánimo de la población también nos afecta”.

Por el cataclismo que causó y los efectos desconocidos de su rápida propagación , el coronavirus planteó un reto mayúsculo a la sociedad en general. Toda crisis, en su propia concepción, comporta cambios. El desafío tocó temprano a la puerta de los Servicios Sociales. “Trajo -dice la profesional de Echavacoiz- un cambio de modelo en la atención al público en general, en todas las Administraciones. Al principio, compatibilizamos la asistencia telemática con la presencial, pero nuestra puerta siempre estuvo abierta. El resto de las Administraciones impusieron un modelo telemático, pero creo que no fueron conscientes de la brecha digital que marcó y dejó a un lado a los más vulnerables. Acabamos soportando sus consecuencias. Hasta las unidades llegaban personas que llevaban tres meses, por ejemplo, sin ingresos económicos cuando decían que sus jefes habían tramitado los ERTEs. Lo que sucedía es que no podían acceder a los medios telemáticos y desde los Servicios Sociales tuvimos que ser creativos, ayudar a esas personas, y aprender a realizar nuevos trámites. Los Servicios Sociales estuvimos y seguimos estando ahí para ayudar a toda la ciudadanía. Al final, más allá de estar o no de acuerdo con maneras de funcionamiento en la Administración, quien pierde con los cambios son aquellas personas que se quedan sin nada”.

En el plano más personal, trasladado a las relaciones domésticas, el año transcurrido ha sido llevadero para Pili Gallart. La pandemia -admite- le brindó una oportunidad. “En mi vida -agrega- con una dosis sarcástica- necesitaba una covid para parar. Parar para representar y también para poner en valor lo que es esencial en la vida, lo que merece la pena realmente. Al final, lo esencial es estar bien con una misma, con la familia...”.

Se obligó a ponerse una rutina los días que trasladó el despacho a su hogar por obra y milagro de las nuevas tecnologías. El “ritual” de separación de roles no le impidió, en ocasiones, tener la sensación de “que los usuarios se colasen hasta el cuarto de estar”. Por la gravedad de situaciones extremas no logró, en otras, atenuar la implicación emocional.

Esos mismos problemas u otros le sirvieron para reprochar comportamientos a sus hijos cuando la protesta estaba en su boca: “No os quejéis. Mirad, hay familias con niños con asma que viven en una habitación con humedades”.

EN LA MECA, “AL PIE DEL CAÑÓN”

Isabel Cárdenas Silvestre, lleva empeñados 33 de sus 59 años de edad, a acompañar y cuidar de personas mayores en la Casa de la Misericordia. La experiencia es un grado en la encomienda que asume en la actualidad como encargada de planta. Madre de dos hijos, no olvida la “pena de las familias que no pudieron” acercarse a residentes en su último aliento de vida. “Da pena morir sin un familiar. Para ellos -por las personas mayores- era y es muy importante tener a algún familiar cerca”. Cuando se le pregunta por el año vivido profesionalmente desde el último 8 de marzo, habla de las “muchas personas válidas que lo pasaron mal, solas en sus habitaciones”.

En una profesión como la suya, en la que se conjuga a diario el valor de los cuidados en el código de los afectos, predomina el género femenino. “Se aprende mucho y de todo cada día”. Una caricia, ofrece como ejemplo, tiene el poder sanador ante una necesidad. “Hay residentes que, a veces, no pueden hablar, pero sienten todo”. El lenguaje afectivo no necesita hacerse entender. Tiene su propio peso y también significado.

Por estar donde debía estar, pagó un precio por el mal pandémico. “Estuve cuatro semanas aislada en el Hotel Maisonnave. Estuve allí desde finales de marzo. Me aislé de mi familia por temor a contagio. Vivo con mi suegra y mi marido es persona de riesgo”. Aquella separación fue “muy dura”. “El miedo o, más bien, el respeto” a la enfermedad hizo mella en sus pensamientos y emociones.

Pero salió fortalecida. Piensa que, en general, las mujeres son “más fuertes. Según qué momentos, sacamos un poco más de fuerzas”. La intuición es consuetudinaria a su naturaleza y no es ningún mito, expresado en referencias a la disponibilidad de un sexto sentido. “A veces -indica- nos adelantamos a los acontecimientos. En general, en seguida tomamos la iniciativa. La mujer -habla en tercera persona- no piensa en sus propios males. Antepone los de otros al suyo. Saca fuerzas de donde sea, ya suceda en el trabajo, en la familia o en cualquier momento de necesidad”. También en períodos excepcionales, como el acontecido con la crisis sanitaria. En cuestión de respuesta a las labores del hogar, no tiene reproches contra el sector masculino: “No digo que los hombres no hagan nada, pero la mujer siempre está ahí, al pie del cañón”. También en La Meca, donde trabaja.

Marga Ibáñez Irigoien, madre de Iranzu y Alejandro y enfermera de la UCI B a sus 50 años de edad, pasó los dos primeros meses de confinamiento en casa, convaleciente como estaba de una intervención y enrabietada y herida en su amor propio por no poder estar al lado de sus compañeros en un momento tan complicado y delicado. Después de 27 años de profesión, imploraba por prestar ayuda sin poder hacerlo por la incapacidad que le obligaba a permanecer en reposo. “Yo quería estar en el hospital. Me sentía atada de pies y manos”. La impotencia levantó en marzo y abril un muro entre las cuatro paredes de su habitación. La sucesión de los acontecimientos, en medio de la incertidumbre que se abatía sobre la sociedad entera, no hizo sino minar su estado anímico. “Nunca había vivido una situación así. Estaba intervenida y estaba tan mal física y emocionalmente que no podía ayudar a mis hijos a sobrellevar la situación”, vuelve con su mente a aquellos días grises. En plena juventud y retenidos en sus ansias de libertad y reencuentro con iguales, sus hijos vivieron el confinamiento “como una tragedia”.

CUIDADOS INTENSIVOS

No es difícil imaginar la tensión, en medio del desconcierto de una patología desconocida, que vivieron entonces los equipos de las Unidades de Cuidados Intensivos. “No sabíamos cómo evolucionaba. Fue una experiencia muy intensa”, recuerda la médico Ana Tellería. “Tengo un recuerdo horrible de aquellos días. Mucho miedo, mucho caos. Fue un momento en el que lo dimos todo a nivel físico y emocional. Luego vinieron las bajas de compañeros contagiados. Fue duro y lo peor es que se ha alargado mucho tiempo. Estamos acostumbrados a tratar con pacientes de UCI, pero no a que los pacientes pasasen en cuestión de horas a estar sedados y entubados”. La intensidad de la experiencia se traduce en reminiscencias a flor de piel en la auxiliar Nuria Almagro.

Y, como siempre que sucede una calamidad, el ser humano tiende a sacar lo mejor de sí para calmarla. “Todos los compañeros hicimos una piña”, añade. “Cuando uno tenía mal día, había otro que pronto le apoyaba”. “Durante dos meses trabajamos mucho”, tercia en la conversación Ana Tellería. “Trabajamos todos los días de la semana. Había jornadas que se alargaban, pero como médico, persona y mujer es un orgullo haber estado a este lado; es un orgullo haber podido ayudar a muchos pacientes, a muchas familias...Si volviese a suceder una cosa igual, me gustaría estar a este lado”, al que corresponde a tantos sanitarios que dieron un ejemplo de profesionalidad y, por encima de todo, sembraron semillas de humanidad. Como dice, “la UCI B, donde no hemos dejado de asistir a pacientes de covid, ha salido más reforzada”. La enfermera Marga Ibáñez comparte la misma impresión. Participó de ese derroche de energías y vitalidad cuando en mayo finalizó su convalecencia en el hogar.
Dice su compañera de servicio y médico adjunto Ana Tellería que en los momentos delicados, cuando acababa sus jornadas maratonianas y abría la puerta de su hogar, recibía un soplo de aire renovado. “Mi familia cercana y también más amplia me dio un gran apoyo. Eso me hizo estar en la época más dura de la pandemia al 100 o 120 por ciento”. Con la mitad de sus 50 años entregada a su profesión, es madre de Maider y Ainhoa.

Nuria Almagro, de 44 y madre de Alejandro e Iker, reconoce que tuvo miedo de contagiar a su marido y sus dos hijos cuando la enfermedad se reveló en toda su crudeza. Entonces, sintió un hondo lamento por no poder “ver ni asistir” a su madre, por la que decidió en su momento acogerse a una reducción de jornada laboral.

La estructura sanitaria sirve de escaparate para calibrar el rol de la mujer en la sociedad en general. La escala de médicos tiende a equilibrarse de un tiempo a esta parte. Antes, señala Ana Tellería, predominaba la mayoría varonil en ocupaciones de responsabilidad. La evolución, aunque sujeta a matices, no ha alcanzado el mismo equilibrio en enfermería y auxiliar de clínica, donde el grueso de personal sigue siendo femenino. “En nuestro gremio -afirma Nuria Almagro- el número de mujeres es mayor. Pero cada vez se ven más chicos. Cuando se incorpora alguno de ellos intentamos ayudarles, arroparles, que no se sienta aislados. Los cuidamos mucho. Y lo bonito -apunta- es que haya variedad, que haya personal de uno y otro género. Todos tenemos algo que aportar. Hombres y mujeres. Ellos aportan otro toque”. La equidad, tan deseada y reclamada en un día como hoy, tiene sus lagunas y sigue siendo un reto en los círculos privados del hogar. “Hay que delegar funciones”, es la receta compartida por Ana Tellería y Nuria Almagro. “El diálogo” en la pareja “es clave”.

LAS CONFIDENCIAS DEL MOSTRADOR

Hace menos de un año, cuando las grandes avenidas de Pamplona estaban surcadas por el silencio, Juana Mari Maestre Arraiza creía estar “en una ciudad fantasma. Parecía una película de miedo”. Recorría sus calles desde el barrio pamplonés de San Jorge, donde vive, hasta el Mercado de Santo Domingo con una sensación de soledad que viajaba en el asiento de al lado de su vehículo. Un salvoconducto por pertenecer a una profesión esencial le ofrecía garantías de desplazamiento, pero no le ahorraba el respeto ante una situación desconocida.

Al principio, como otros comerciantes del mercado, hubo de ingeniárselas para agenciarse una mascarilla. También echó mano de la creatividad para cerrar con plástico el mostrador del puesto número 84 que le corresponde en Santo Domingo, rotulado con el epígrafe de La Raspa.

El mostrador, bajo cuya cristalera se aprecia un surtido variado de piezas de bacalao, oficia poco menos de separador de confesionario en el que hay alternancia de confidencias. “Hay clientes a los que la pandemia les ha tocado muy de cerca. Han perdido a su marido, a su mujer... Muchos vendedores somos psicólogos porque son muchas personas las que a la hora de hacer la compra se desahogan. Hablan, cuentan su vida, porque hay confianza. Son clientes de siempre”.

En las épocas en que las restricciones paralizaron o redujeron el aforo de la hostelería, el Mercado de Santo Domingo se convirtió en lugar de ocio para paseantes que buscaban y hallaban distracción en el género mostrado. “En el mercado de Santo Domingo, la relación entre nosotros, los vendedores, es casi familiar. Este año hemos hablado del coronavirus y también de las ventas, que han bajado” por las circunstancias especiales de este año.

La experiencia en el trabajo de esta mujer de 53 años de edad es dilatada. Se incorporó al mercado laboral con 18. Cree que la posibilidad de trabajar proporciona autonomía a la mujer para tomar decisiones por sí misma, con libertad y sin dependencia del marido.

“La mujer -opina- no tiene que tener miedo para reivindicar sus cosas. Puede llegar a pensar que por temor a decir lo que piensa le puedan echar de un trabajo. Pero creo que todo el mundo tiene derecho a decir lo que considere que esté bien”.

LA LECCIÓN EN LAS AULAS

Rosa Mary Sánchez Ojer, nacida hace 60 años en Sangüesa y con cuatro décadas volcada en la enseñanza, reconoce que “este último año ha sido uno de los más complicados” en su carrera profesional. “Un virus totalmente desconocido puso en jaque a todo el sistema educativo y nos obligó a toda la comunidad educativa a reinventarnos para adoptar y responder de una manera eficaz a una nueva realidad social”.

La expansión de la enfermedad exigió de los educadores una rápida adaptación. Jefa de estudios en el colegio público San Juan de la Cadena, en Pamplona, acogió “el reto considerable” del ajuste de la organización junto al resto del equipo directivo del centro y del medio centenar de profesionales que integra el organigrama de docencia: “Estructurar y coordinar la mejor respuesta educativa por parte del centro al alumnado y sus familias, alentar y apoyar al profesorado en la ejecución eficiente de dicha respuesta; y ayudar y empatizar con cada una de las casuísticas personales de los miembros que conforman la comunidad educativa fueron claves para conseguir el mayor éxito posible en una enseñanza telemática”.

“Cuidar” a los alumnos se convirtió en máxima tras el “confinamiento duro” y la reapertura de puertas “en un nuevo y esperanzador curso. Nuestras sonrisas y ganas por volver a la esencia real y bonita iban acompañadas por una incertidumbre en el día a día y un profundo respeto al virus. Era inherente la responsabilidad máxima por cuidar al alumnado con el que trabajamos, así como al resto del profesorado y a una misma. Nuevas rutinas se han instalado en nuestra vida diaria y, por consiguiente, en la escuela que, si bien es cierto, al principio fueron costosas de adquirir y aceptar, con el tiempo se han asimilado con total normalidad”.

No hay diferencia de género en su reflexión sobre la experiencia personal del año vivido cuando habla de valores enaltecidos “por la nueva realidad” que puede haber dejado la pandemia como lección: “Este último año nos ha enseñado que valores como la flexibilidad, la creatividad, la capacidad de superación y el trabajo en equipo pueden hacer frente a todos los obstáculos a los que la escuela tiene y tendrá que hacer frente”. Una cosa fue el aprendizaje en medio de la ardua tarea y otra diferente, la vivencia personal. “Como el resto de la población, este último año -dice Rosa Mary Sánchez- es uno de los que quisiera olvidar”. Madre de dos hijas, rebobina con su memoria emocional el “cúmulo” de sensaciones encadenadas: “Desde la preocupación al contagio y sus letales consecuencias, la resignación a permanecer en mi domicilio en todo momento, en definitiva, un desconocimiento ante un virus que nos hizo modificar nuestros hábitos”.

“Todo ello trajo consigo -continúa su relato personal- un cambio de escenario de mi trabajo. Las nuevas tecnologías se convirtieron en mi medio de trabajo y ayudaron a la comunicación tan necesaria para gestionar todas mis funciones”.
Más allá de las ventajas proporcionadas por el salto a la red de las tecnologías avanzadas, se muestra agradecida “enormemente por la posibilidad de estar y trabajar en la escuela in situ para que, respetando al virus y cumpliendo los protocolos sanitarios, pueda continuar ejerciendo mi trabajo sintiendo de cerca el alma y el núcleo del colegio, sintiendo el contacto diario con toda la comunidad educativa”.

A la pregunta del significado de ser mujer hoy día, pone énfasis en el verbo como si impartiese una lección de lenguaje en la que hubiese que desgranar cada parte de una frase: “Ser mujer hoy representa ser en mayúscula una parte de la sociedad, es decir, constituir la mitad de un conjunto en el que poder intervenir, participar, cambiar y mejorar con ideas, propuestas y emociones propias que aporten de manera crítica, justa y ética a conseguir un mundo mejor”.

Más allá de su dilatada trayectoria profesional, el año pasado no ha hecho sino confirmar una certeza: “Con mi larga experiencia profesional a mis espaldas queda patente la profunda vocación que siento hacia mi profesión”.

Dice “sentirse muy orgullosa de ser mujer trabajadora” como también “madre de dos hijas. Me he podido desarrollar de manera competente como persona y como profesional en una profesión que trabaja para conseguir un mundo mejor”.

POLICÍA DE CALLE

Cuando Vanessa Álvarez Codesal recaló en Navarra en 2002 procedente de su tierra zamorana para fiar su porvenir en campos abonados con los conocimientos de su doble licenciatura en Geología y Ciencias Ambientales. Cuatro años después oficializaba su ingreso en la Policía Foral donde hoy, a sus 43 de edad, patrulla como adscrita a la Unidad de Seguridad Ciudadana. No se siente menos que sus compañeros en el desempeño de sus funciones, ni aun cuando la ocasión requiere un esfuerzo añadido de despliegue de condiciones físicas. “Muchas amigas me preguntan si me siento discriminada. Para nada. Me siento uno más. Abogo por la igualdad real”, sentencia.

Una mirada al pasado reciente rescata para el presente los términos de “dureza” e “incertidumbre” que, no por haber sido conjugados por la sociedad en un ejercicio de fragilidad manifiesta, convienen remarcar para no dejar en el olvido. “El trabajo en Seguridad Ciudadana nos cambió un montón. De estar pendientes de una labor más penal pasamos a vigilar el cumplimiento de las normativas de seguridad sanitaria. No faltó tampoco la tarea de repartir material sanitario. Los cambios afectaron a las jornadas, ampliadas a turnos de doce horas”. Hubo “un poco de locura” en momentos definidos de incertidumbre e inseguridad cuando agentes, como ella, reforzaron el control en los hospitales para que enfermos recién diagnosticados con covid-19 siguieran las pautas médicas y no emprendieran la huida.

Madre de una niña de 9 años, sufrió en silencio por su propia hija. “Ella no entendía nada al principio. Tenía pánico por salir a la calle y miedo por lo que me pudiera pasar a mí. De normal, no lo tiene por ser yo policía. Al contrario, ella está orgullosa de que lo sea”.

Sobre su profesión, no encuentra diferencias que le separen de un varón, más allá de las biológicas. Muestra un lado reivindicativo cuando dice que las pruebas físicas de admisión en la Policía Foral “deberían ser las mismas para hombres y mujeres”. Tiene su propia lógica en la justificación de su parecer: “Cuando estamos en la calle, el compañero depende de ti y tú de él. Como mujer valgo igual que un hombre. ¿Por qué voy a ser menos? Si vamos a desempeñar el mismo trabajo y a cobrar lo mismo, ¿por qué no pueden exigirnos a las mujeres las mismas pruebas físicas? Antes había menos mujeres en la Policía Foral e incluso hubo mujeres que, queriendo entrar, no pudieron hacerlo por no alcanzar el mínimo de altura exigido. Ahora que no es requisito se siguen presentando muy pocas chicas. Igual nuestro trabajo no sea el soñado cuando se es niña. Bueno, mi hija sí quiere ser policía porque lo ve en sus padres”.

Mujer hecha a sí misma, muestra su vertiente reivindicativa en la demanda de “más mujeres policía en la calle. Tenemos más mano izquierda que los hombres y somos necesarias” allí donde se cuece la vida, en la vanguardia de las relaciones sociales y humanas.

Admite la agente de Seguridad Ciudadana que las diferencias con los hombres, derivadas de la propia biología y psicología, no impiden para que las mujeres muestren que son “muy capaces. A base de esfuerzo y de superación podemos ser lo que queramos”. En ésta y otras virtudes reside su fortaleza. En momentos delicados, como los padecidos en el último año, renace la fuerza que brota de su fuente de vida, tan capital como merecedora de agradecimiento todos los días del año. No sólo hoy.


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