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Las cicatrices de la democracia

El intento de golpe de Estado del 23-F: Las cicatrices de la democracia

Diario de Navarra recupera un reportaje en el que varias personas que en aquel momento formaban parte de la vida política e institucional de Navarra unen sus recuerdos en un relato que difícilmente puede encontrarse en los libros de historia

  • Javier Marrodán
23/02/2021 a las 10:06

Este reportaje se publicó el 18 de febrero de 2001, con motivo del 20 aniversario del intento de golpe de Estado de 1981

Lo sucedido en España el 23 de febrero de 1981 aparece descrito en el capítulo 16 de 'Panorama', el libro de Historia que utilizan los estudiantes de segundo de Bachillerato. En página y media, el manual explica que el intento de golpe de Estado "confirmó" la oposición de una parte del Ejército al proceso democrático abierto tras la muerte de Franco, y resume en un párrafo el asalto al Congreso de los Diputados. Una fotografía de Tejero en la tribuna de la cámara ilustra el episodio.

El libro no dice nada de la intensidad de aquella noche, de las consecuencias repentinas e improvisadas que tuvo el pretendido golpe en una parte de la ciudadanía, ni de la angustia, la expectación o el simple asombro que despertó en el conjunto de la sociedad. El 23-F fue una herida profunda en la democracia apenas estrenada, aunque el propio curso de los acontecimientos contribuyó a cerrarla con rapidez. Hoy ya sólo queda una cicatriz que sirve para recordar los pormenores de un suceso que permanece en la memoria colectiva con llamativa nitidez, a pesar de que los hechos ya formen también parte -sin los detalles y las anécdotas, eso sí- de la asignatura de Historia que se imparte en las aulas.

Lo que sigue es un relato construido con los recuerdos de varias personas que el 23 de febrero de 1981 formaban parte de la escena política o institucional de Navarra. Las circunstancias personales que se detallan proceden de entrevistas con los interesados y, en algún caso, de la hemeroteca, de donde también se han extraído las referencias sobre la vida cotidiana de hace veinte años.

TEJERO EN EL INSTITUTO

Las cicatrices de la democracia


"Los objetivos de los golpistas eran confusos y seguramente no coincidentes del todo", explican los autores de 'Panorama', el manual más utilizado por los estudiantes de segundo de Bachillerato, que nacieron tres años después de que Tejero tomara al asalto el Congreso de los Diputados. El volumen, de la editorial Vicens Vives, señala que "la opinión y los políticos" temían que algunos militares tratasen de abortar el proceso democrático, y cuenta cómo el 23 de febrero de 1981 el teniente coronel Antonio Tejero, "un exaltado ultraderechista", irrumpió en las Cortes cuando se votaba la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, de la UCD, como presidente del Gobierno, al mismo tiempo que en Valencia se sublevaba el capitán general Milán del Bosch. Éste y Tejero, precisa el libro, "pretendían destruir la democracia sin más", mientras que el general Alfonso Armada, "un conspirador clave", y algunos civiles que le apoyaban pretendían poner al frente del país un gobierno nuevo con un militar al frente. El texto añade que "sólo" 33 de los golpistas fueron procesados y que el juicio acabó con "penas mínimas" debido a la "indulgencia" del tribunal.

18.23h."Algo grave ha pasado en el Congreso"

Joaquín Pascal conducía su Renault 6 por la Vuelta del Castillo, "que todavía se llamaba Circunvalación", cuando la orden inesperada, "¡Todo el mundo al suelo!", le sobresaltó a través de la radio. El proceso de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno había comenzado poco antes y el relato monocorde de la votación no hacía presagiar ni de lejos una intervención de ese calibre. Joaquín Pascal, que se dirigía al colegio Ursulinas para asistir a una junta de evaluación, apretó el acelerador mientras la primera ráfaga de subfusil alcanzaba el techo del hemiciclo.

Francisco Javier Ansuátegui, gobernador civil de Navarra, también se encontraba escuchando la radio, aunque en su despacho oficial. Había cancelado las visitas y las compromisos para poder seguir con calma la investidura. Cuando escuchó en directo cómo el teniente coronel Antonio Tejero asaltaba el Congreso al mando de 200 guardias civiles su sorpresa fue mayúscula, "no podía dar crédito a lo que oía". Su primera llamada fue al teniente coronel Javier González de Lara, responsable de la Benemérita en Navarra. "¿Qué crees que es esto?", le preguntó. "Nada, una aventura de Tejero", le respondió su interlocutor.

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Mientras el gobernador trataba de digerir la impresión inicial, un ujier del Parlamento se introducía discretamente en la sala donde estaba reunida la Mesa y Junta de Portavoces para entregar un teletipo de redacción apresurada e inverosímil al presidente de la cámara, Víctor Manuel Arbeloa. Éste leyó el texto e interrumpió el curso de las deliberaciones para comunicar a los representantes que varios miembros de ETA disfrazados de guardias civiles habían asaltado el Congreso de los Diputados. José Antonio Urbiola, entonces miembro de HB y vicepresidente del Parlamento, no le dio especial importancia a la noticia, pensó que se trataría de una broma o un malentendido.

Julián Balduz, alcalde de Pamplona, sí que intuyó que algo grave había ocurrido cuando vio recortarse la silueta de un policía municipal en la penumbra del cine Rex, donde asistía a la proyección de 'Kagemusha'. El agente localizó al primer edil en el patio de butacas y le comunicó lo que estaba ocurriendo en las Cortes.

El máximo responsable municipal abandonó la sesión y, como se encontraba cerca de la Plaza de las Merindades -del General Mola hasta un año antes- se dirigió al Gobierno Civil para tratar de averiguar algo más.

Las cicatrices de la democracia

 

En el Palacio de Navarra, la noticia se distribuyó por los despachos de forma sorpresiva: al de Juan Manuel Arza, presidente de la Diputación Foral, la llevó el secretario, Fernando Berruete, que irrumpió nervioso y dando voces sobre un tiroteo en Madrid; al de Jaime Ignacio del Burgo, senador y diputado foral, la trasladó su colaborador Joaquín Larequi con una frase que aún resuena en los oídos del político: "Algo grave ha pasado en el Congreso".

La primera reflexión de Del Burgo estuvo relacionada con su propia ausencia en el hemiciclo: tres días antes -el viernes 20- había asistido al debate correspondiente a la investidura de Calvo Sotelo, y tenía previsto acudir también a la votación del 23. Sin embargo, una sugerencia de su mujer le hizo cambiar de planes en el último momento: "Si ya has estado en la investidura, ¿para qué vas a ir también a la votación?", recuerda que le preguntó Blanca Azpíroz.

18.45h. Los "reflejos" de la clandestinidad

Quienes no tuvieron la oportunidad de decidir qué hacían, ni antes de la sesión ni mucho menos cuando ésta ya había empezado, fueron los 350 diputados, incluidos los cinco representantes navarros. Alfonso Bañón (UCD), Javier Moscoso del Prado (UCD), José María San Juan (UCD), Jesús Aizpún (UPN) y Gabriel Urralburu (PSOE) presenciaron la entrada de Tejero desde sus escaños en la Cámara. Gabriel Urralburu, en la tercera fila de asientos, llegó a pensar que el tropel uniformado se había equivocado, "que estaban persiguiendo a alguien a consecuencia de alguna manifestación o de algún acto terrorista", aunque su impresión se disipó mientras caía al suelo junto a Carlos Solchaga, en aquella época portavoz del grupo Socialistas Vascos. Jesús Aizpún, que formaba parte del Grupo Mixto, se quedó agachado junto a Blas Piñar, líder de Fuerza Nueva, e Hipólito Gómez de las Roces, del Partido Aragonés. Tanto ellos como los demás congresistas admitieron después que pasaron cierto miedo durante aquellos compases iniciales del asalto, cuando aún se desconocían el talante, las intenciones y el respaldo del teniente coronel Antonio Tejero.

El miedo -al menos la preocupación- también se extendió con rapidez fuera del hemiciclo. En la reunión de la Mesa y Junta de Portavoces del Parlamento Navarra, dos nuevos teletipos aclararon el confuso contenido del primer texto, y Víctor Manuel Arbeloa optó por suspender la sesión. José Antonio Urbiola e Iñaki Aldekoa -compañero del primero en HB y en la cámara- bajaron al aparcamiento subterráneo del edificio, cogieron el coche, los dos el mismo, y se alejaron de la calle Arrieta en busca de una cabina de teléfonos más o menos discreta. Eran conscientes de que si realmente se trataba de un golpe de Estado no iban a pasarlo "nada bien". Detuvieron el vehículo en la Plaza de Santo Domingo, detrás del Ayuntamiento, y mientras uno atendía las explicaciones de la radio en el interior del automóvil, el otro marcaba el número convenido para circunstancias un tanto especiales. Les asignaron sendos pisos y separaron sus pasos en cuanto el auricular quedó colgado. José Antonio Urbiola orientó los suyos hacia el barrio de San Juan sin saber para nada a dónde se dirigía Aldekoa: "Fue relativamente fácil resucitar los reflejos de los clandestinidad".

También Francisco Javier Ansuátegui utilizó el teléfono, aunque sus llamadas tuvieron un contenido muy distinto. Una de las que efectuó le puso en contacto con Ruiz de Oña, el gobernador militar. "¿Vienes tú a mi despacho o voy yo al tuyo?", le preguntó éste. "Cada cual se queda en el suyo", le respondió él.

Víctor Manuel Arbeloa optó igualmente por permanecer en el interior del Parlamento: se reunió en una de las salitas del edificio con el jefe de prensa de la cámara, Carlos Gil, con varios letrados y con algunos miembros de la Mesa y Junta de Portavoces, y conectaron la radio, la banda sonora de todo el país en aquel momento.

A dos manzanas de allí, en el Palacio de Navarra, se improvisó una fórmula similar cuando Jaime Ignacio del Burgo recibió en su despacho la visita de un preocupado Rafael Gurrea -secretario general de UCD, el partido que Del Burgo presidía en Navarra- y, poco después, las de José Luis Monge y Pedro Pegenaute, también miembros destacados de la formación centrista.

Ajeno a cualquier responsabilidad de carácter institucional o político -en 1978 se había dado de baja en el PCE "por cansancio"-, Joaquín Pascal llegó al colegio Ursulinas con el susto metido en el cuerpo. Comentó lo ocurrido a Alicia Martinicorena, compañera del claustro y esposa de Ramón Arozarena, que sí seguía militando en el Partido Comunista. Suspendieron la reunión prevista y Pascal regresó a su domicilio, en el barrio de San Juan. A las 19.00 horas ya se encontraba haciendo "zapping de emisoras".

UNAS SEMANAS MUY INTENSAS

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Los acontecimientos de las semanas anteriores al 23-F habían adensado el clima político y social hasta crear un ambiente muy tenso, casi inflamable, que también tuvo sus manifestaciones en Navarra. Fue precisamente en la Comunidad foral, en Tudela, donde el 29 de enero falleció el militante de ETA José Ricardo Barros Ferreira al hacer explosión un artefacto que al parecer pretendía colocar en una estación eléctrica. El mismo día, ETA secuestró a José María Ryan, uno de los ingenieros de la central nuclear de Lemóniz -entonces en construcción-, y anunció que acabaría con su vida si no se paralizaban las obras. La amenaza se cumplió el 6 de febrero. El cadáver apareció en un paraje frondoso, con las manos atadas y un tiro en la nuca. Veinticuatro horas antes, los Reyes habían finalizado su viaje al País Vasco, incluida una tormentosa sesión en la Casa de Juntas de Guernica. El 13 de febrero murió en el Hospital Penitenciario de Carabanchel el miembro de ETA militar Joseba Arregui Izaguirre. Su fallecimiento se debió a las torturas que sufrió en comisaría al ser detenido trece días antes. Joaquín Pascal recuerda de aquellos días que coincidió con bastantes personas en las manifestaciones que se convocaron para exigir la liberación de Ryan y en las que se llevaron a cabo para condenar la muerte de Arregui. Algunas de las segundas terminaron en enfrentamientos con la policía.

20.00h. La hora de los transistores

En torno a las 20.00 horas se había aclarado bastante la naturaleza de lo que ocurría en el Congreso, aunque la superficie de los acontecimientos -la irrupción de Tejero, los tanques en Valencia, la ocupación de los estudios de Televisión Española...- permitía intuir unas profundidades -la responsabilidad última de la iniciativa, las conexiones, los objetivos a medio plazo...- tan preocupantes como inescrutables.

Los transistores iban desgranando lo poco que se sabía y lo mucho que se podía aventurar. Fueron el recurso casi universal de aquellas horas de tensión e incertidumbre. José Antonio Urbiola perdió el contacto con el suyo cuando aparcó su coche en las proximidades del piso que le habían indicado, "aunque no demasiado cerca, para evitar problemas". A esas alturas de la tarde su preocupación inicial ya se había transformado en alarma, un sentimiento que en su caso llevaba unidos los recuerdos del exilio en Francia y Venezuela durante los últimos años del franquismo.

En el domicilio al que acudió le esperaba un matrimonio de militantes de Herri Batasuna. No conocía sus nombres, aunque los rostros le sonaban "de manifestaciones y asambleas". En el interior del piso recuperó el cordón umbilical de la radio, que ya había dado cuenta para entonces del incidente de Tejero con Gutiérrez Mellado y del que posteriormente enfrentó al teniente coronel con el todavía presidente, Adolfo Suárez. El desarrollo de los acontecimientos seguía antojándose sombrío, por lo que Urbiola desechó la posibilidad de acudir a la sede -"apenas había allí información que no fuese pública"- y se acomodó en el lugar que le habían asignado.

Ramón Arozarena hizo sin embargo el recorrido contrario. Miembro del PCE, la noticia del golpe de Estado le sorprendió en casa, con su hija pequeña. Dejó a la niña en casa de una cuñada y se acercó al domicilio social del partido, en la calle Comedias. No se tropezó con casi nadie ni en la villavesa ni la calle. Tampoco en la sede había "un alma". De nuevo en el exterior se encontró con un compañero y discutieron qué convenía hacer. Arozarena, finalmente, se reunió con su mujer, y con ella y con sus tres hijos se dirigió al domicilio de Joaquín Pascal.

Éste había hecho un paréntesis en su "zapping de emisoras" para acudir al gimnasio Sancho el Fuerte, cercano a su vivienda, y recoger a sus hijos, que se encontraban practicando judo. De nuevo en casa, Joaquín Pascal recibió una llamada de Amparo Oyarzábal, directora del colegio Ursulinas, que le ofreció la posibilidad de esconderse en el interior del centro. Prefirió quedarse en el domicilio familiar, que vio duplicada su población habitual con la llegada de los Arozarena.

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Las preocupaciones de los miembros y simpatizantes del PCE y de otros partidos de izquierda o nacionalistas se hubieran descafeinado de haber sabido que el gobernador civil, máximo responsable de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, permanecía "serenamente" en su despacho, más pendiente de descifrar lo que estaba ocurriendo que de tomar cualquier iniciativa. En las primeras horas tras el asalto del Congreso, Francisco Javier Ansuátegui llamó en varias ocasiones a la Comandancia de la Guardia Civil y a la Comisaría de Policía para decirles únicamente que permanecieran atentos. "No sabía qué otra cosa podía decirles".

Con todo, la adscripción política y la historia de los cuarenta años anteriores sí que empujaron a algunas personas a abandonar temporalmente sus casas, por lo que pudiese pasar. Fue el caso de Carlos Garaikoetxea, presidente del Gobierno Vasco, que recibió la noticia del golpe postrado en su habitación de Ajuria Enea, aquejado de una fuerte gripe. Informado por uno de sus colaboradores del cariz de los acontecimientos, cogió su agenda de teléfonos y abandonó la residencia presidencial con pantalón de pana, barba de tres días y la compañía de José Ramón Beloqui, su jefe de prensa. En un cruce de carreteras, lejos ya de Vitoria, dejaron la escolta y se refugiaron en casa de los padres de Beloqui, en Legazpia (Guipúzcoa).

Entre los representantes y afiliados de otras opciones políticas, las preocupaciones y las consecuentes actuaciones tuvieron un talante menos espectacular. En el despacho de Jaime Ignacio del Burgo, donde la radio mantenía reunidos a los cuatro dirigentes de UCD en Navarra, Pedro Pegenaute sugirió la posibilidad de llamar al Palacio de la Zarzuela. A los demás les pareció bien, aunque hicieron falta cuantiosos intentos para que se pusiera al teléfono el ayudante personal del Rey, un comandante del Ejército que disculpó al monarca, desvelando de paso que éste se encontraba grabando un mensaje que se iba a emitir por televisión. "Transmítale la lealtad de la Diputación Foral de Navarra a Su Majestad y a la Constitución", le dijo Jaime Ignacio del Burgo.

El senador Gabriel Sarasa Miquélez, compañero de ese grupito que seguía los acontecimientos desde la planta noble del Palacio de Navarra, permanecía en aquel momento asomado a una ventana del quinto piso del hotel Palace, enfrente del Congreso de los Diputados. Había llegado a Madrid a primera hora de la tarde para participar en una sesión de la comisión de Justicia del Senado que se iba a celebrar el 24 por la mañana. Calculó que tenía tiempo y decidió asistir a la investidura de Calvo Sotelo. El taxi que le llevaba desde Barajas coincidió en la Carrera de San Jerónimo con cuatro autobuses cargados de guardias civiles y Gabriel Sarasa empezó a sospechar que algo extraño estaba ocurriendo. Al llegar al edificio de las Cortes, varios agentes de la Benemérita le impidieron el paso sin darle excesivas explicaciones. Fue entonces cuando tomó posiciones en el Palace, que enseguida se llenó de periodistas, "muchos de ellos extranjeros".

23.30h. Comienza la noche más larga de la democracia

Las primeras horas de la noche amortiguaron un poco la tensión inicial, en buena medida porque empezó a descubrirse el limitado respaldo de los golpistas. Ciertamente, las imágenes de los tanques en Valencia y el secuestro cada vez más prolongado de los diputados mantenían vigentes la inquietud y las precauciones. Pero hubo determinados signos que arrojaron un poco de luz en el paisaje oscuro que envolvía todo el país. En casa de los Pascal, por ejemplo, se interpretó como un rasgo esperanzador la salida de las ediciones especiales que lanzaron algunos periódicos. Además, con la hora de la cena había llegado algunos refuerzos al domicilio: Aurelio Arteta y su mujer -él era entonces profesor en el Colegio Universitario de Logroño-, y José María Eskubi, uno de los hombres claves en la historia de ETA anterior a la V Asamblea, ya desvinculado por completo del colectivo. Los comentarios de todos ellos, la desazón que compartían ante aquel inesperado atentado contra la democracia, podían resumirse en una exclamación que fue citada varias veces en aquellas horas inquietas: "¡Qué poco dura la alegría en casa del pobre!".

Algo similar debió de pensar Víctor Manuel Arbeloa cuando hacia las 23.00 horas consideró que ya no tenía mucho sentido permanecer en el interior del Parlamento. Despidió a quienes habían compartido con él nervios y aparato de radio en el interior de la cámara, y llamó a su domicilio para anunciar que no iría a pasar la noche: decidió que era mejor no tentar la suerte y acompañado por una "escoltilla" de la Policía Foral se dirigió a pie al domicilio de unos familiares que vivían en el Casco Viejo.

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Más o menos a la misma hora, José Antonio Urbiola recibió una llamada en el piso en el que se hallaba escondido. Era una persona "de la organización". Le hizo ver que podía ser prudente cambiar de domicilio y le facilitó una nueva dirección, también en el barrio de San Juan, en la calle Monasterio de Urdax. El parlamentario de HB aceptó el consejo y se dirigió hacia allí. Era un piso que compartían varias estudiantes universitarias. Al igual que en el anterior, se sintió "razonablemente seguro".

Los representantes de UCD abandonaron el Palacio de Navarra hacia las 23.30 horas. Al llegar a su domicilio, en el centro de la ciudad, Jaime Ignacio del Burgo escuchó por la radio cómo Emilio Casals Parral, uno de los pocos miembros de la mesa del Senado que no se encontraban retenidos en el Congreso, convocaba una sesión de urgencia de la cámara alta para la mañana siguiente, a las 10.00 horas. Del Burgo consideró que llegaría a tiempo si tomaba el avión que salía de Pamplona a primera hora, y decidió secundar la convocatoria. Mientras, siguió a la escucha, conectado a la radio y a la televisión. Confiaba en que ésta emitiera el mensaje del Rey del que le había hablado poco antes el ayudante personal del monarca.

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Otro que logró establecer contacto telefónico con el Palacio de la Zarzuela fue Carlos Garaikoetxea. El lehendakari llamó desde una cabina de la plaza de Legazpia. También localizó desde allí a Fernando Jiménez, secretario del delegado del Gobierno en el País Vasco, y al capitán general de la Sexta Región Militar, Luis Polanco, que ya había tomado posiciones junto al Rey. Después de varias conversaciones con la Zarzuela, ya en la madrugada del 24, Don Juan Carlos le pidió al presidente del Gobierno Vasco que hiciese una declaración institucional, por lo que Garaikoetxea emprendió el regreso a Ajuria Enea.

01.14h. Un mensaje tranquilizador

El principal punto de inflexión en la noche más larga de la democracia lo proporcionó sin duda la aparición del Rey en televisión. Pasaban catorce minutos de la una de la madrugada cuando Don Juan Carlos, vestido con el uniforme de capitán general, se asomó a la pequeña pantalla con un tono firme y un mensaje tranquilizador: "Al dirigirme a todos los españoles con brevedad y concisión, en las circunstancias extraordinarias que en estos momentos estamos viviendo, pido a todos la mayor serenidad y confianza", comenzó su alocución. "La Corona", la concluyó, "símbolo de la permanencia y unidad de la Patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través del referéndum".

Víctor Manuel Arbeloa se quedó mucho más tranquilo después de oír a Don Juan Carlos, y se acostó -aunque en casa ajena- con la impresión de que el intento de golpe de Estado había fracasado.

Algo parecido le sucedió a José Antonio Urbiola, aunque el dirigente abertzale, lejos de dormirse, se quedó de tertulia durante horas con las estudiantes del piso de Monasterio de Urdax en el que había encontrado acomodo. Fumaron, bebieron -"con moderación, aquello no era una fiesta"- y continuaron pendientes de la evolución de los acontecimientos. En esa tesitura le sorprendió la llamada del enlace "de la organización", que lo convocó a una reunión que se celebraría a las 9.30 horas en un domicilio particular de la avenida de Bayona.

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En casa de los Pascal, el grupo de amigos reunido en torno a la radio y la televisión acogió el mensaje del rey casi con júbilo. En el tiempo que llevaban juntos habían hablado de la posibilidad de esconderse "si la cosa se ponía muy mal", pero en ningún momento consideraron la opción como algo inmediato. La alocución de Don Juan Carlos tuvo un efecto entre esperanzador y balsámico, como si la media docena de párrafos que el monarca leyó ante la cámara hubiesen levantado una muralla en torno a la democracia que unos minutos antes se antojaba tan frágil.

Tras haber despedido a los Arozarena, a los Arteta y a José María Eskubi, Joaquín Pascal se acostó entre las 3.00 y las 3.30 horas, ya bastante tranquilo, convencido de que "todo había pasado". Lo último que vio en la pequeña pantalla fue un documental sobre los caballos de Siena.

Tampoco Francisco Javier Ansuátegui prolongó excesivamente su vigilia. Durante las horas que permaneció en vela repitió las llamadas a la Comandancia de la Guardia Civil y a la Comisaría de la Policía Nacional, y fue informado a cambio de cómo "algunos prebostes nacionalistas trataban de cruzar el Bidasoa".

Carlos Garaikoetxea, en cualquier caso, había regresado ya a Vitoria y a Ajuria Enea -la Ertzaintza duplicó la vigilancia del palacio-, donde se reunió con dos de sus consejeros y habló para una emisora de radio.

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También en el interior del Congreso de los Diputados había remitido la tensión inicial. Aunque Tejero y sus hombres mantenían más o menos marcialmente la ocupación del hemiciclo, las noticias que llegaban del exterior fueron diluyendo el temor de los primeros momentos. Gabriel Urralburu, como los demás, estuvo "intoxicado" durante un tiempo por la "información falsa" que les facilitaban los agentes, aunque su diagnóstico de la situación cambió notablemente cuando su compañero Enrique Múgica pidió permiso para salir al servicio y se encontró en el pasillo con el general Prieto, a quien conocía desde tiempo atrás. Prieto le explicó que el problema militar no era grave y que Tejero se iba a quedar solo. Cuando regresó a su escaño, Múgica transmitió discretamente las noticias a Urralburu y a los demás diputados de las inmediaciones.

En otras partes de la sala, la información llegó directamente de los transistores. Fernando Abril Martorell se sirvió de una pequeña radio que llevaba en el bolsillo para enterarse de lo que ocurría fuera y comunicarlo entre susurros a las personas más cercanas.

Los viajes al baño se revelaron como un medio crecientemente eficaz para obtener novedades: en los pasillos el ambiente era más relajado y varios de los agentes que hacían guardia acabaron departiendo en tono cordial con los diputados, haciéndoles partícipes de la información que tenían, que era más bien poca. El propio Gabriel Urralburu, por ejemplo, descubrió en sus interesadas excursiones al servicio que algunos de los guardias no tenían ni idea de qué estaba pasando, "que les habían llamado para reprimir una manifestación en la Plaza de Neptuno y que después les habían engañado".

Alfonso Bañón, otro de los diputados navarros, no necesitó intermediarios para mantenerse al corriente de lo que sucedía: llevaba una radio "de esas planas" en la cartera de los documentos y se atrevió a sacarla cuando ya habían pasado varias horas desde el comienzo del secuestro. A partir de entonces la estuvo escuchando con los diputados Jiménez Blanco y Zunzunegui. Incluso en algunos momentos se les sumaron los guardias civiles que rondaban por esa parte de la sala. Gracias al aparato todos ellos conocieron la marcha de las negociaciones que se sucedían en el exterior y sus temores fueron apagándose.

06.00h. Los golpistas se quedan solos

En varios momentos a lo largo de aquella noche interminable, Javier Moscoso del Prado, también diputado por UCD y por la Comunidad Foral, pudo fijarse con cierto detenimiento en el aspecto y en el modo de actuar del teniente coronel Tejero, que entraba y salía del hemiciclo dando órdenes a sus subordinados. Le pareció que el responsable del asalto, "por su modo de hablar, de mirar, de andar", era "un loco de psiquiatra, alguien de fuera del mundo".

Mucho más real le resultaron en cambio el carácter y las disposiciones de uno de los guardias de a pie, con el que fue estrechando lazos según avanzaban las horas. El agente les contó a él y a otros diputados que estaba haciendo un curso de motorista y que al terminar la clase, cuando ya abandonaba la academia porque había quedado con su novia, le dijeron que se pusiera el uniforme y que cogiera el armamento porque tenía que ir urgentemente al Congreso a reducir a unos etarras que lo habían tomado. Alentados por su franqueza, Javier Moscoso y los otros diputados le pidieron que, "llegado el caso", no disparara. Él respondió que trataría de marcharse en cuando pudiera.

José María San Juan, compañero de escaño y de partido de los anteriores, navarro como ellos, invirtió buena parte de la noche en analizar la situación política con los congresistas más próximos. "Era difícil echar una cabezada" y unos y otros hablaron y hablaron del momento que vivía la jovencísima democracia española, del proceso abierto tras la muerte de Franco y de la imposibilidad de "dar marcha atrás". Claro, que todos eran a la vez conscientes de que estaban "en manos de un loco", y dudaban de la capacidad de Tejero "para solucionar adecuadamente la situación".

En el caso concreto de José María San Juan, la inquietud decreció cuando Julen Guimon, diputado de UCD por el País Vasco, le pasó un transistor en el que pudo escuchar que el supuesto montaje orquestado por el Ejército se reducía a la acción de Tejero y a los tanques que Milans del Bosch había desplegado en Valencia.

La composición de lugar que se fueron haciendo los diputados con las informaciones acumuladas a lo largo de la forzada vigilia coincidió en casi todos los casos con las declaraciones que efectuó a las seis de la mañana el gobernador civil de Madrid, Mariano Nicolás. "Se les está haciendo ver que están solos", fueron sus palabras. A partir de esa hora, en efecto, lo sucedido fue casi un epílogo de los hechos precedentes.

A las 7.30, el diputado Sáenz del Castillo, vicepresidente del Congreso, logró llegar a su despacho y comunicarse telefónicamente con la cadena SER. Su resumen del paisaje interior del hemiciclo confirmó de algún modo la proximidad del desenlace: "Los diputados están cansados y charlan entre ellos. La mayoría de los números de la Guardia Civil están preocupados por la situación e incluso afirman que vinieron engañados".

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La veracidad de la última frase se confirmó en torno a las 9.00 horas cuando varios agentes rompieron la disciplina impuesta por Tejero y abandonaron el edificio de las Cortes. Algunos lo hicieron a través de una de las ventanas. Prácticamente a la vez, José Antonio Urbiola salía del piso de Monasterio de Urdax para dirigirse al de la avenida de Bayona en el que se iba a celebrar la reunión de los responsables de HB en Navarra. Cubrió la distancia a pie y con la sensación de que "aquello había fallado". Joaquín Pascal ya había comenzado su jornada laboral en Ursulinas -estaba convencido de que el intento de golpe de Estado "era historia"- y Jaime Ignacio del Burgo volaba hacia Madrid para asistir a la reunión de urgencia del Senado.

Cuando faltaban unos minutos para las diez, Tejero permitió salir del hemiciclo a las diputadas -varias se negaron y permanecieron en el interior junto a sus compañeros- y la cadena SER anunció que el teniente coronel estaba dando instrucciones para desalojar el edificio. El general Aramburu Topete, director de la Guardia Civil, entró a la cámara para tratar de negociar la rendición de los golpistas. "Va a terminar pronto el incidente", declaró al regresar al exterior.

12.03h. Una gran ovación para los diputados

Los últimos incidentes dentro del hemiciclo se produjeron cuando los diputados Fraga y Satrústegui se enfrentaron a Tejero, ya visiblemente "derrumbado". Las contestaciones airadas que ambos dieron al teniente coronel reforzaron los ánimos de los demás representantes. Todos eran conscientes de que el final era inmediato.

A las 11.18 horas, Tejero se dirigió a los congresistas y les confesó que había llegado a un acuerdo con Aramburu Topete. "Todo está listo y pido que tengan la misma calma que hasta ahora", añadió.

Alfonso Bañón vivió con intensidad y emoción aquellos compases finales del secuestro. Él y los restantes diputados llevaban 17 horas encerrados y compartían unas marcadas ojeras y unas ganas irrefrenables de abandonar la pesadilla.

Fue a las 11.18 horas cuando Tejero pidió silencio y les comunicó que podían salir. Ellos le explicaron que las órdenes las tenía que dar el presidente del Congreso. El teniente coronel se cuadró entonces militarmente ante Landelino Lavilla y éste anunció a los congresistas que podían abandonar "ordenadamente" la cámara.

Alfonso Bañón y los demás improvisaron dos filas y fueron desfilando por el interior del pasillo que formaron los 150 guardias civiles que quedaban en el edificio. "No se oía ni una mosca". Antes incluso de cruzar la última puerta empezaron a oír los aplausos y las exclamaciones -"¡Constitución! ¡Constitución!"- que les dirigían desde la calle. Gabriel Urralburu fue el primero en alcanzar el exterior. Alfonso Bañón descubrió entre el gentío a su hijo, que había viajado a Madrid para esperarle y que le dio "la alegría del siglo". Eran las 12.03 horas.

Aunque en Pamplona, también Víctor Manuel Arbeloa vivió con alegría y emoción el final del pretendido golpe de Estado. El presidente del Parlamento consideró que la democracia había superado una prueba de fuego -en sentido estricto- y ordenó preparar una sencilla merienda para agasajar a los diputados navarros.

Gabriel Urralburu, José María San Juan, Jesús Aizpún, Alfonso Bañón y el senador Gabriel Sarasa regresaron a Navarra en avión el día 26. En Noáin les esperaba una nutrida representación familiar y política. Hubo abrazos efusivos y cariñosos. El grupo se trasladó a continuación a la sede del Parlamento y allí compartió café, pastas y copas. Unos y otros confrontaron las anécdotas y las impresiones de una jornada que ha pasado a la historia con nombre propio, el 23-F, y de la que ahora ya sólo quedan unas leves cicatrices, el recuerdo de una herida que se cerró hace tiempo.

LA OTRA SESIÓN HISTÓRICA

El 23-F ha pasado a la historia unido a la imagen de Tejero en la tribuna del Congreso. Fue la cámara baja la que presenció el asalto de los golpistas y fueron los diputados los que padecieron el secuestro de 17 horas impuesto por el grupo de guardias civiles. Aunque a otra escala, también el Senado celebró entonces una sesión histórica. La reunión, que no estaba prevista, la convocó Emilio Casals, uno de los pocos miembros de la mesa de la cámara baja que no se encontraba asistiendo a la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo. Fijó la cita a las diez de la mañana del día 24. Asistieron alrededor de 30 senadores entre los que se encontraba Jaime Ignacio del Burgo, que recientemente ha conseguido una copia del borrador de la sesión, cuyo transcurso y cuyo desenlace quedaron eclipsados por la rendición de Tejero y el consecuente fracaso del golpe de Estado. El documento en cuestión ofrece veinte años después una lectura casi emocionante. Son quince folios llenos de correcciones y de urgencia. "Yo creo que lo que sí es importante es que frente al país podamos decir en este momento que el Senado está constituido, no sé que fórmula es la adecuada", se lee que explicó a sus compañeros Emilio Casals. Jaime Ignacio del Burgo, en la misma línea, intervino para hacer ver a los presentes la importancia de que el pueblo español supiese que el Senado estaba "dispuesto a defender el orden constitucional". Propuso, igualmente, "expresar inmediatamente la adhesión incondicional al Rey".


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