Joven del Año
Aimar Romeo: “Los jóvenes no están siendo más irresponsables que otros grupos”
Su implicación en la iniciativa Ayuda Makers Navarra elaborando pantallas protectoras con su impresora 3D durante las primeras semanas de la pandemia le ha valido a este estudiante de 1º de Bachiller uno de los premios que entrega el Instituto Navarro de la Juventud


Actualizado el 03/01/2021 a las 06:00
Nunca había tenido contacto con el mundo del voluntariado, pero llegó marzo, vio que la falta de material de protección sanitaria era un problema acuciante y se dijo: “¿Por qué no echar mano de mi impresora 3D y comenzar a aportar un poco a la sociedad?”. Lo hizo integrado en la iniciativa Ayuda Makers Navarra que, según calcula, pudo llegar a congregar a más de 500 personas que fabricaron de esta manera unas 22.000 pantallas faciales, las que surtieron en las primeras semanas de la pandemia a hospitales, centros de salud y residencias de mayores. Ese gesto altruista ha sido considerado por el jurado de los Galardones de Juventud 2020, otorgados por el Instituto Navarro de la Juventud (INJ), como merecedor del premio en la categoría de Persona Joven. Los otros reconocimientos han recaído en el colectivo Adardunak del barrio pamplonés de San Jorge (Galardón a la Participación Social) y el programa de sexualidad y juventud Gozamenez (Galardón a la Entidad).
¿Contento?
Sí. Además, fue todo un poco de sorpresa, porque a mí la desde la Casa de la Juventud, que es quien me presentó, únicamente me pidieron mis datos y después me dijeron: oye, que te hemos presentado. También sé que una de las personas del grupo con el que estuve ayudando había enviado una carta de apoyo.
¿Por qué le han dado el premio en concreto?
Por la ayuda que presté durante la pandemia a hacer pantallas faciales para los sanitarios cuando no había material.
¿Cuál fue su papel?
Me uní al grupo porque lo encontré por Internet, no recuerdo exactamente cómo. Estaba ya creado a nivel nacional, pero llegaron a las 13.000 personas y ya decidieron llevarlo a cada comunidad para que fuese todo más sencillo de organizar. Cuando me uní al de Navarra éramos unas 20 personas y se fue sumando gente. Cuando llegamos a las 300 personas, yo fui el que dije: se necesita un poco de orden aquí. Así que estuve hablando con el coordinador de Navarra, que la dejamos dividida en cinco zonas. Yo estuve tanto ayudando a hacer pantallas, como dando contactos, recibiendo las demandas de los centros sanitarios, dando las indicaciones para que todo eso se fabricara, etc.
Así que cada uno fabricaba las pantallas en su propia casa.
Sí, cada uno con su impresora y su filamento. Al principio lo costeábamos nosotros, nadie nos ayudaba. Después, el Colegio de Enfermería hizo un crowdfunding y nos donó material.
¿Qué material se utiliza?
Es filamento y se llama PLA. Es un plástico biodegradable. Hay otros, pero éste es el más sencillo de imprimir y el más barato.
¿Cuántas pantallas calcula que llegó a hacer?
Alrededor de 200. Sólo tengo una impresora, la exprimí a tope y eso es a lo que llegué.
¿En cuánto tiempo?
En unas dos semanas, pero día y noche, día y noche. Me despertaba de madrugada cada dos horas, a las tres, a las cinco, a las siete, para cambiar la impresora.
¿Cuánto tiempo cuesta hacer cada pieza?
Una hora más o menos, aunque había gente que las hacía en media. Pero la calidad de impresión es peor.
¿Y las pantallas que hacían son como otra cualquiera, protegen igual?
Sí, como cualquier otra. Es verdad que al principio los modelos que usábamos para imprimir dejaban marcas en la frente, no los habíamos optimizado. Nos costó unos tres días llegar a un modelo que no hiciese daño, lo unificamos para imprimir todos lo mismo.
¿Cómo transportaban todo ese material?
No podíamos salir de casa, pero teníamos en el grupo a gente del SAD (Servicio de Atención Domiciliaria) y de la DYA, así que ellos iban recogiéndolo por las casas. Después movilizamos a la Guardia Civil y demás, y venían los policías a casa a llevarse las pantallas. Una vez desinfectadas, se montaban con los acetatos, que es la lámina transparente, y e iban enviando a donde se necesitaban: hospitales, centros de salud, de mayores, etc.
En la vida pensó en verse en una de estas...
La verdad es que no.
¿Por qué solo dos semanas?
Yo estuve dos semanas, pero había gente que estaba desde antes y otra que siguió después. Para cuando paró todo el mundo habíamos hecho unas 22.000 pantallas.
¿Entre 300 personas?
Al final el grupo creció hasta más de 500 repartidas por toda Navarra.
¿Siguen en contacto?
Cuando todo esto pase, que esperemos que pase, queremos hacer una quedada. Lo que sí tenemos hablado es que seguimos dispuestos a colaborar, así que en el momento en que haga falta volver a imprimir, daríamos el aviso a los coordinadores. Esperemos que no haga falta.
¿Qué le movió a involucrarse en una iniciativa así?
Vi que la gente estaba ayudando y yo, al principio, no tenía nada que hacer. Así que me dije: voy a poner mi impresora y a intentar aportar un poco.
¿Había en el grupo otros jóvenes como usted o era la excepción?
Yo era el más joven. Cuando entré, tenía 15 años y había otro chico de 17. A partir de ahí, gente de todas las edades, hasta de más de 70 años.
¿Por qué cree que no había más gente de su edad?
No lo sé. O porque no tienen impresoras 3D en casa, o porque quien se inscribe es el padre aunque realmente estén los jóvenes también involucrados. No lo sé.
¿No por falta de implicación de la juventud?
No, no creo que vaya por ahí la cosa. De hecho, yo se lo comenté a mis cuatro amigos que tiene impresora 3D y los cuatro se unieron al grupo después.
¿Cómo se sintió aquellos días, qué sensación le generaba estar implicado en una iniciativa así?
Me gustaba porque estaba ayudando, pero es verdad que me daba flojera tener que levantarme cada dos horas de madrugada.
¿Qué le decía su familia?
Al principio me animaron, pero no sabían que esto iba a ser tan grande y que iba a estar día y noche pendiente. En un momento sí me comentaron que igual me estaba distrayendo un poco de los estudios y para que yo tuviera más tiempo, hasta me ayudaron un poco.
Porque mientras tanto usted tenía clases on line...
Sí, aunque en realidad eran ejercicios y poco más. Clases apenas teníamos. Fue bastante raro.
¿Recuerda el confinamiento con mucha claustrofobia?
No, porque al tener perro podíamos salir a pasearlo, al menos.
¿Discutían entonces por ver quién lo paseaba?
No, qué va. Discutíamos por no pasearlo, como siempre. Pero sí era raro salir y no ver a nadie, ni en Carlos III, ni en la Media Luna. No te cruzabas ni con otra gente con perro, parecía que nos poníamos de acuerdo para salir a distintas horas. Eso de ver la ciudad vacía sí me pareció flipante.
¿Ha cambiado mucho su vida por esta pandemia?
No demasiado. El tema de los estudios a distancia sí resultó bastante raro, pero se iba llevando. En cuanto a aficiones, me gusta volar drones, programar, hacer mis inventos... y eso no ha cambiado nada.
¿Y su relación con los amigos?
No, nada. Durante el confinamiento prácticamente todos los días hacíamos una vídeollamada, y, sino, por whatsapp. Ahora, básicamente lo que hacemos es lo mismo de antes, pero en vez de juntarnos 14, nos juntamos 6.
¿Cree que los jóvenes están siendo responsables?
Cuando voy por Pamplona con los amigos veo que todo el mundo lleva mascarillas y guarda las distancias. Si es o no por el miedo a la multa, eso ya no lo sé. No veo comportamientos más irresponsables que en otras edades.
¿Se han sentido culpabilizados por los adultos, es un tema que salga en sus conversaciones?
Yo no me he sentido así y no es algo de lo que hablemos.
Hace unos cinco años, en una feria en Baluarte vi a un chico con una impresora y me regaló un llavero. Después fui a la Casa de la Juventud y vi que tenían impresoras, y empecé a ir allí solo para diseñar e imprimir. Un día les pedía a mis padres una impresora 3D y compramos una. Y hasta ahora.
¿Y qué fabrica?
Lo que sea. Figuritas, llaveros, mecanismos, fundas de móviles, de todo.
¿Las diseña y las imprime?
Exacto.
Es un mundo con un potencial muy grande…
Sí. De hecho, se están haciendo ya casas con impresión 3D, pero de cemento. En vez de una pequeña línea de filamento, imprimen una línea gruesa de cemento y creo que hacen una casa que dura 100 años en 24 horas.
Pero es algo todavía muy excepcional, fuera de mercado, ¿no?
Sí, la gente todavía no las puede comprar.
¿Cree que de aquí a un futuro próximo todo este campo habrá avanzado mucho?
Yo espero que sí. Están haciendo distintas pruebas. Estaban hasta imprimiendo comida.
¿Usted a eso no ha llegado, no?
No, no. Sí que me entraron ganas de imprimir con chocolate después de ver un vídeo. Pensé: igual intento modificar la impresora a ver qué pasa. Pero nada, se me quitaron las ganas y al final no lo hice.
¿Por dónde quiere encarrilar su vida laboral?
Estoy en 1º de Bachiller y voy por la rama de Ingenierías Científicas. Me gustaría estudiar una Ingeniería, o Electrónica o Informática o Mecánica. Es lo que más me gusta.
¿Con alguna ocupación concreta en mente?
Todavía no lo tengo pensado.
Aimar Romeo Goñi nació el 16 de abril de 2004 en Pamplona. Es hijo de Luis Romeo y Lourdes Goñi, él empleado en Volkswagen y ella, en Kayaba, empresa que ha anunciado el cierre de su planta de Orkoien para 2021. Tiene dos hermanos y una hermana, todos mayores que él. Viven en Pamplona y estudia 1º de Bachiller en el colegio Sagrado Corazón de Pamplona.