

Aquella multitud en El Sadar
Actualizado el 26/12/2020 a las 06:00
Con El Sadar sucedía como con la juventud: bombeaba tanta vida que parecía eterno. La violencia del rojo, las lágrimas honestas, el rugido de las pasiones indescifrables, los cánticos espirituales… El descreimiento que cabalga Occidente ha convertido las gradas en los verdaderos templos de la era contemporánea. Y cuando se derrumba el templo… la incertidumbre nos atenaza.
He escuchado a más de un sabio renegar de las virtudes del cuero. Quizá tengan razón, ¿qué es el fútbol si no un gran becerro de oro? Pero qué becerro. Ni al monje budista más ascético le caben ya dudas del poder sanador que ejerce este paganismo tan maravilloso. Un gol del ejército propio en un campo embarrado alivia al enfermo e ilumina al deprimido. Es sólo un instante, pero funciona.
La pandemia ha tapiado la puerta de ese cálido refugio al que podíamos entrar cada quince días. Aquellas vallas verdes de hierro helado, los asientos de plástico duro, el olor a Farias, el hedor del orín en la pared cuando no había váteres en Graderío Sur… Ese es, para mí, el fuego de la infancia, el aroma de los días felices.
Me doy cuenta mientras escribo con la vista puesta en una multitud que hoy parece imposible. Trato de vaciar mentalmente cada butaca. Cuando logro imaginar El Sadar desierto, atisbo la respuesta. Es como en el libro del Tao: una habitación no sirve por sí misma, sino por lo que alberga. En este caso, la meta más noble que puede alcanzar una tierra tan política: la unión de sus habitantes. Monarquías, guerras, repúblicas, dictaduras, democracias… Jamás ha existido otro santuario capaz de reunir a los distintos.
No es sólo fútbol lo que vemos en la foto. Qué va. El Sadar es la historia de aquellos chavales que, un día hace cien años, dejaron atrás sus desempates para construir un sueño. El Sadar es la historia de los descamisados que dieron lo que había en su bolsillo para estrenar un ideal: el de la constancia y el sudor; el de pelear mucho teniendo poco. No se llamó Osasuna por la “salud” que disfrutaban, sino por la que iba a costarles.
Yo no elegí esta fe. Seguro que usted tampoco. Puede que hablemos distinto y que votemos diferente, pero ¡ay!, cuando miramos esta foto… la ceniza enrojece y alumbra la llama en nuestras entrañas. Falta un día menos para que las puertas se abran y gritemos por algo tan absurdo como el fútbol. Porque así asoma la felicidad. Cuando menos se la espera, cuando ni siquiera se merece, cuando uno es capaz de admirar algo tan aparentemente burdo como el esplendor de la hierba.
Daniel Ramírez García-Mina es periodista y escritor. Autor del libro ‘Porque somos Osasuna’ (Editorial Ken)