Jornada

Las mujeres, a la cabeza de 8 de cada 10 familias monoparentales

Solteras o divorciadas con hijos a su cargo, con la covid tienen más dificultades para trabajar y cuidar de los menores

Una madre lee cuentos a sus hijos en su casa.
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Una madre lee cuentos a sus hijos en su casa.Eduardo Buxens
Una madre lee cuentos a sus hijos en su casa.

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Sonsoles Echavarren

Publicado el 09/11/2020 a las 13:53

Mujeres cabeza de familia. Sin pareja y con hijos a su cargo. Con o sin empleo y con grandes dificultades para cuidar de los pequeños y salir al mundo laboral. Una situación que se agrava aún más para las féminas inmigrantes. Que dejaron su país y su familia, huyendo de la crisis económica o la violencia de género, y que aquí carecen de redes de apoyo. Una realidad que se torna más dura para ellas, en estos tiempos de pandemia por la covid. Y por el nuevo confinamiento perimetral en el que ahora vivimos, que ha supuesto, entre otras realidades, el cierre de la hostelería, una de sus principales fuentes de ingresos. Con el título ‘Mujeres que sostienen familias’, la Asociación de Mujeres Integradoras para Lograr la Igualdad Psicosocial (AMILIPS) organizó recientemente en Estella una jornada sobre familias monomarentales, las que tienen una mujer al frente.

Una realidad que afecta en Navarra a 17.000 familias, el 84% de las 20.000 con un solo progenitor. En España son 1,8 millones las unidades familiares con este perfil de un único adulto al cargo de menores o mayores. Esta asociación y la de mujeres separadas ‘Juntas y revueltas’ organizan alternativamente las jornadas. Las de este año han versado sobre la realidad de estas familias con una mujer migrante al frente.


Carolina Urbina Salazar, venezolana que lleva un año viviendo en Estella y una de las portavoces de este colectivo, insistió en que las mujeres migrantes son “el eslabón más débil de la cadena”. “Muchas han venido huyendo y están aquí solas”. Ella tiene pareja e hijos pero conoce, por su propia experiencia, lo difícil que es comenzar de cero en otro país. “Y más con la pandemia. En circunstancias normales, resulta un problema. ¿Pero ahora? Mucha gente no encuentra trabajo y han vivido en pisos compartidos y habitaciones pequeñas con niños que tenían que hacer las tareas escolares”.


DIVORCIADAS O SEPARADAS


El grueso de las mujeres que están al frente de su familia, continúa Carolina Urbina su explicación, son separadas o divorciadas (34%). Les siguen las solteras (14%) y las casadas que tienen que hacerse cargo de sus padres mayores, hermanos con discapacidad (52%)... A las que, insiste, también hay que considerarlas al frente de una familia monomarental.


Además de la dificultad económica (falta de empleo, exparejas que no pasan la pensión...), está también, recalca Urbina, la psicológica. “Muchas tienen la autoestima por los suelos y se creen que no sirven para nada”. Algunas, continúa su relato, viven de la renta básica, aunque lo que quieren es trabajar y ganar su propio sustento. “Además, hay quienes desconocen qué ayudas les corresponden y dónde solicitarlas”.


En el caso de las mujeres solteras que, voluntariamente, han decidido formar su propia familia y que cuentan con un buen puesto de trabajo, enfatiza Urbina, no siempre las circunstancias serán favorables. “Aunque tuvieran un buen empleo, ganaran bien y dispusieran de abuelos-canguro, la situación puede variar. Quizá con la covid, la empresa ha quebrado. ¿Y quién saca adelante a la familia?”.


Durante el confinamiento, añade, muchas mujeres al frente de sus propias familias que trabajaban en el sector sanitario (enfermeras, auxiliares...) han sufrido mucho para cuidar a sus hijos, a los que temían contagiar. “Algunas que trabajan en residencias de ancianos se confinaron con ellos y no salieron”.


La directora de Políticas Migratorias del Gobierno foral, Patricia Ruiz de Irízar, recordó que en Navarra se calcula que hay 8.000 familias monomarentales con hijos menores de 18 años a su cargo. De ellas, solo 1.235 han solicitad la acreditación de serlo hasta agosto. “Es una cifra muy baja. La primera barrera que debemos superar es la falta de información”, criticó. También intervinieron la directora del Instituto para la Igualdad (INAI), Eva Istúriz; la integrante de la Plataforma Navarra de Mujeres por la Abolición de la Prostitución Yolanda Rodríguez; y la representante de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) Ohiana Van der Waes, entre otras ponentes.

Juana Rojas, boliviana que vive en Estella con cuatro hijos a su cargo: “Trabajo en la hostelería pero, por la covid, no tengo empleo”
Juana Rojas es la protagonista de una vida muy intensa. Y eso que aún va por la mitad de la historia. En sus 40 años ha recolectado una emigración para mejorar su economía, dos parejas, cuatro hijos, un nuevo cambio de domicilio, el peregrinaje por trabajos duros en cocinas de bares o limpiando en domicilios... La pandemia de la covid aún ha puesto su vida, ya complicada de por sí, más del revés. “Me quedé sin habitación y puse el colchón de mi cama en el suelo para que mis hijos pequeños brincaran y dieran volteretas por allí”, recuerda unos meses de confinamiento “muy duros” en un piso alquilado de cincuenta metros cuadrados en Estella. “Y ahora no tengo trabajo. En el verano me llamaron de un restaurante pero ahora... No hay nada”, lamenta unos meses de pandemia conflictivos y más ahora, con el cierre total de la hostelería. Juana Rojas Rodríguez nació en Santa Cruz de la Sierra, al oeste del país andino. Y a los 23 años dejó a su familia y voló ella sola a Madrid, donde conoció a sus dos parejas. Con el primero tuvo a su hijo mayor, de 10 años; y con el segundo, a los otros tres, de 8, 7 y 5. “Pero ya no podía aguantar más la violencia y en 2016 me vine a Navarra”.


Fue el encuentro casual de una de sus amigas bolivianas por Facebook el que la llevó a la ciudad del Ega. “Yo quería irme de Madrid y ella me ayudó a instalarme aquí”, recuerda. Sus cuatro hijos estudian ahora en el colegio público Remontival. Sin trabajo, con un alquiler y los gastos de cuatro menores a sus espaldas (“los padres no me pasan nada”), Juana vive ahora de las ayudas oficiales, la llamada Renta Básica. Como son cinco de familia, recibe 1.130 euros al mes. “Mucha gente me critica y dice que he venido a España para cobrar las ayudas. ¡Pero no es así! Yo lo que quiero es trabajar, ganar mi dinero y mantener a mis hijos”.


Durante el pasado verano, en el que estuvo trabajando como pinche de cocina en un restaurante de la zona, contrató a una chica para que cuidara de sus hijos. “Porque son muy pequeños y no puedo dejarlos solos”. Una situación que, además de los problemas económicos que atraviesa, la ha perjudicado psicológicamente. “Yo me he sentido como la peor persona del mundo. Totalmente inútil. Como que no valgo nada. He sufrido mucho”.

Yolanda Hernández, hondureña con cuatro hijos que vive en Estella: “Me vengo abajo a diario pero tengo que seguir”
Yolanda Hernández García ya no se acuerda de qué es el tiempo libre. El suyo lo dedica por completo a sus hijos. Desde que nació la mayor (17 años) y los siguientes, tres chicos de 14, 11 y 8. Pero aún más desde su marido los abandonó en Honduras, en su ciudad natal de Intibucá. “Yo tenía tanto dolor que quería irme de allí y empezar de cero. Al principio, no pensé en mis hijos y me vine, sin más, yo sola”. Así, se estableció en Estella, donde vivía la hermana de un vecino hondureño que le ayudó con el papeleo para viajar. Ahora, con 38 años, es auxiliar de geriatría a media jornada en el Monasterio de Alloz, donde cuida de monjas mayores. El resto del día, lo pasa atendiendo a sus hijos y a su hermano enfermo.

Los dos primeros años trabajó como interna cuidando de una señora mayor y ahorró lo suficiente para traer a sus hijos. “No me arrepiento de nada. Haber venido a España es una bendición. Mis hijos tendrán más oportunidades”. A su trabajo en el convento de 9 a 13 horas, por el que recibe 430 euros al mes, se suma el importe que percibe de la renta básica hasta alcanzar los 1.200 euros mensuales, de los que 500 ya son para el alquiler. “Esta vida es muy complicada. A diario, me vengo a abajo. Pero tengo que seguir adelante.

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