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Me quedo en el pueblo

Irotz, dieciséis hogares y un puente

Demasiado cerca de la ciudad, cuando los coches inundan la orilla del río Arga junto al puente del siglo XII; a veces lejos, cuando hay que tirar de coche para llegar a colegios y extraescolares, este enclave de Esteribar tiene un tesoro en sus diez niños

En las siluetas de la nueva simetría, desde la izquierda, Idoia Arteta, Leire Ripa, Omkar Carabia, Nebai Carabia, Iñaki Ripa, Enara Ripa, Miren Aginaga, Gema Cizur, Alfredo Lázaro Arricibita y sus hijos, Amaia  Eneko, Fermín Azkarate, Alberto Azkarate Iñigo Sanz. Con ellos, los perros Keiko y Adi.
En las siluetas de la nueva simetría, desde la izquierda, Idoia Arteta, Leire Ripa, Omkar Carabia, Nebai Carabia, Iñaki Ripa, Enara Ripa, Miren Aginaga, Gema Cizur, Alfredo Lázaro Arricibita y sus hijos, Amaia Eneko, Fermín Azkarate, Alberto Azkarat
Actualizada 14/06/2020 a las 06:00

Hay doce hogares, otros cuatro junto al puente. Para mí lo mejor es que puedes sentarte a leer un libro en la calle escuchando los pájaros; las conversaciones, largas, con los vecinos o con los peregrinos que cruzaban el pueblo antes del coronavirus y las caminatas por el monte, largas también, a pesar de esa maldita polilla que ha malherido al boj. Aquí el tiempo transcurre de manera diferente”, describe pausado Alberto Azkarate. Ha sido el cronista de este reportaje que busca una radiografía somera de Irotz, enclave del valle de Esteribar, a cuatro kilómetros de Huarte, a veces demasiado cerca de la ciudad, otras algo lejos.

Alberto Azkarate Equiza, 58 años, asoma discreto en la imagen, el segundo por la derecha, más bien dejando paso a los txikis, a quienes diseñarán el futuro de la localidad, que ahora se levanta colorida con los diez niños ya la calle, y la mirada cómplice de los abuelos que añoraban verlos jugar.

Nació en Elcano, cuando tenía 7 años la familia se trasladó a Burlada; allí conoció a su pareja, Marga Garralda Larumbe. “Cuando decidimos unirnos fuimos un año a la selva peruana de cooperantes y al regreso, hace 29 años, buscamos un lugar para vivir en el que se valorasen más las relaciones personales cercanas, la vida tranquila y el contacto con la naturaleza, encontramos una casa vieja que vendían en Irotz y la arreglamos con madera, puertas y tejas antiguas”, explica cómo se asentaron. Tras una trayectoria laboral en Gas Navarra, Alberto se dedica ahora a las labores del hogar y a saborear ese lugar que él considera un regalo. En estos siete años ha estudiado el grado de Antropología y ahora prepara un máster y se afana en la apicultura. Su pareja atiende una floristería en Burlada y él se desplaza a menudo porque mantiene amistades y cuadrilla, algo que valora mucho.

Sus dos hijos se independizaron pronto y Alberto considera que es complicado asegurar el futuro de los pueblos sin una red de transporte o escuelas en el entorno. “Los amigos y las cuadrillas se hacen en los colegios, y cuando son pequeños dependes demasiado del coche”, sostiene. Se felicita en todo caso de que este año en Irotz han aumentado población “con la llegada de jóvenes como Uxua, Amaia o Josetxo”. “Para mí es un pueblo encantador, con el río, sus campos los montes”. De su patrimonio destaca el puente románico en el camino de Santiago, “que sigue ahí desde el siglo XII, construido junto a la antigua ermita de Montserrat y ahora rehabilita la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona”.

“Pero lo más importante son las personas que lo habitan”, subraya Alberto. “Los trabajos se han transformado, los campos de cereal los trabaja la cooperativa y hay ganaderos que llevan sus yeguas y vacas a pastar al monte, pero casi todos los vecinos tienen otras ocupaciones, ahora con el teletrabajo hay más opciones. La llegada este mes de la fibra óptica nos ayudará para vivir aquí. Idoia organiza excursiones con ‘El viajero ilustrado’; Fernando diseña inventos; nuestra artesana Sara con sus tejidos o cosiendo mascarillas para protegernos del covid; Iñaki, el maestro fontanero, Javi con sus ricos tomates de Irotz; Omkar con la escuela de yoga ‘Amari’, Marga con las flores, la otra Marga con la huerta y Regina cuidando la iglesia. Elena y Ainhoa son otras personas teletrabajan y alguna se desplaza. Y adoran la huerta, como las de Juanishena, Gillentirena, Iturraldea, Recalde o Juanito, hay afición con buenas patatas, tomates o alubia”, disecciona el paisanaje.

La relación entre las personas, repara, “es intensa y cercana, para lo bueno y para lo malo”. “Está claro, nos tenemos que ayudar, ganamos todos. No me faltan los tomates de Gema y Norberto ni a ellos mi ayuda”, resuelve. Recuperan ahora el camino que comunica Irotz con Elgulbati.

“Aunque en un pueblo tan pequeño lo habitual es mantener la distancia social”, cumplen las normas del covid como si vivieran en una gran ciudad y se ayudan “como en una comunidad”. “En la ciudad ha sido peor. Pero dudo que nos envidien”, se descubren fisuras en el discurso compacto de Alberto: “La mayoría de la gente no se adaptaría a vivir en un lugar donde lo normal es el silencio y no el ruido, aquí viene el panadero a las 7 de la mañana y no hay tiendas ni lugares donde consumir”.

Y luego está el río, el puente y quienes lo atrapan con sus coches en los días de calor: “Si vienen a pie o en bici no nos molestan, así como nosotros vamos a la ciudad, ellos necesitan pasear por los pueblos, recoger setas, caracoles o pacharanes, pero no gusta tanto que lleguen en coche, el aparcamiento del río está más que saturado, son miles cada año, sin contar peregrinos. Es sencillo llegar en bici desde Huarte, Villava o Burlada”.


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