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Viloria

La savia del carbonero

En primavera, cuando amaina la amenaza de las nubes, humean las carboneras en Viloria. Sin las prisas de otros años por el paréntesis en la actividad de restaurantes y asaderos, Miguel Lander Asarta hace carbón con ajuste a una tradición heredada

Ampliar Sin las prisas de otros años por el paréntesis en la actividad de restaurantes y asaderos, Miguel Lander Asarta hace carbón con ajuste a una tradición heredada
Sin las prisas de otros años por el paréntesis en la actividad de restaurantes y asaderos, Miguel Lander Asarta hace carbón con ajuste a una tradición heredada
Actualizado el 30/05/2020 a las 06:00
La crisis sanitaria que ha gripado el motor de la economía ha aportado algo de calma al carbonero de Viloria Miguel Lander Asarta, con medio siglo en sus espaldas en el oficio que aprendió de su abuelo. La sabiduría de la vida, que dicta poner pausa y espantar prisas, aviva estos días los rescoldos de la conversión de leña en carbón. A fuego lento. El estrés, que a estas alturas del año acompañaba su rutina, ha menguado sin la demanda a trompicones de asaderos y restaurantes que obligaba a disponer del género a la mayor premura.
No hay bien que por mal no venga reza su actual estado, satisfecho como siempre del oficio y del deber cumplido con la respuesta dada a dos clientes fijos. Ahora que es primavera y el día amanece sin atisbo de agua que ahogue el trabajo interior de las carboneras, es cuando él, su mujer, Merche García de Eulate y su hijo, Arkaitz; andan finos. El carbón exige de pericia.
AL AMANECER
Con el sol esforzándose por escalar montañas al socaire del frescor de la mañana, Miguel, de 57 años, saluda el nuevo día regalado con una sonrisa más intensa por haber podido ahuyentar el dolor de una piedra en el riñón que le traía por la calle de la amargura. Días atrás, sintió como si de las entrañas de las carboneras saliesen un tropel de demonios y se aferrasen a su piel.
Aplacada la dolencia, no descuida la evolución de tres carboneras que humean en Viloria, con la sierra de Lóquiz a su espalda. El cuidado de cada fase de producción es señal de respeto a sus antepasados. Aunque se hayan incorporado adelantos, como el tractor para arrastrar madera o recoger el carbón, no se desvía del proceso sostenido en la tradición de “200 o 400 años”, como señala con el orgullo del portador de un legado y la humildad de un carbonero. Atrás quedan los meses, de octubre a febrero, de corte de la madera, “cuando la savia está abajo” en el árbol. Troceado el tronco, la carbonera se transforma en una pirámide con la madera más gruesa en su base y la más fina en las líneas escalonadas que dan forma a la figura geométrica. “Un grado de inclinación” es preciso “para que la tierra aguante”, recubierta de “ramas de encino, enebro y paja”.
Por el orificio abierto en lo alto de la estructura nutre su interior con fuego. La experiencia señala que “el carbón se hace de arriba a abajo. Porque abajo no hay fuego sino calor”. Cuando la temperatura es extrema en la parte inferior, el conjunto “se refresca. Se espera cuatro días a que se enfríe”. La apertura descubre el milagro de la transformación de la leña en carbón. Al año, calcula Miguel, podrá alcanzar una producción de 14.000 kilos. Nunca ha tenido ningún percance por saber donde pisar, como buen carbonero que se deja guiar por su instinto y las huellas de sus mayores. El fuego lento de la carbonera sigue encendido. Como la vida misma.
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