Silvia González, víctima de maltrato: "Sé que vendrá a por mí"
Abrió los ojos, rehizo su vida y su familia, frente al acoso de su expareja y solo confía en su perro para protegerla


Actualizado el 19/12/2018 a las 09:20
Una rebeldía de juventud se convirtió en su condena. Pamplonesa, hija de militar, se “escapó” con 17 años detrás de un hombre que le robó primero el sentido y más tarde la dignidad. Lo conoció en Pamplona, cuando éste hacía el servicio militar y se fugó con él a su Girona natal. “La cagué”, reconoce. Desoyó advertencias, rompió amarras con su familia e inició una espiral de maltrato psicológico y físico que la llevó al hospital en numerosas ocasiones por las “palizas”. Nunca fue feliz. Pero nunca lo denunció. Siempre volvía con él. “Yo era una sumisa”, se disculpa con los ojos de ahora. “No quería verlo. Una vez fui al hospital con la cara marcada, el cuerpo reventado. La policía me decía que lo denunciara. Pero me daba lo mismo. Sólo quería verlo a él, a él y a él”, cuenta el enganche sentimental. Nunca se casaron.
La pareja vivía en granjas donde ella trabajaba como comadrona porcina.“Él, cuando quería, me ayudaba”. Vivían en medio del monte. “Ahí nadie te oía”. Aún así, cambiaron de pueblo en ocho ocasiones. Recita los nombres de las localidades, todas en las provincias de Girona y Barcelona. “Nos han echado de todos, porque siempre me la liaba: broncas, peleas...” Con ella y con vecinos.
Las palizas y vejaciones continuaron después de nacer su hija Paula, que hoy tiene 18 años. Siguió sin denunciarle. “Cada juicio que tenía con él, lo tenía al lado. Sabía que al llegar a casa, me esperaba otro palizón”, se justifica.
Cuando nació su segundo hijo, un chaval que hoy cuenta 14 años, los servicios sociales de la Generalitat le “quitaron” la custodia de los niños, hartos de tanta denuncia de médicos y mossos d’esquadra por violencia familiar. “Tendrían 7 y 3 años”, calcula ella. “Entiendo que se los llevaron para protegerlos, pero no que se los entregasen a la familia de él”, dice resentida. Los acogió su tía, una hermana del padre.
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A su agresor terminaron condenándolo por maltrato e ingresó en prisión, donde estuvo 8 años hasta diciembre de 2016. “Pero salía y entraba. No cumple las condenas, porque las va recurriendo”, cuenta. Cuando salía, reincidía en el acoso a Silvia. También desde la cárcel. “Consigue la tarjeta de otros internos y llama”. A la condena inicial de 5 años se le fueron sumando nuevas detenciones.
En 2009, Silvia recapacitó. Llamó a su hermana mayor pidiendo ayuda y regresó a Pamplona. Ella le ayudó a establecerse, le buscó un trabajo -se empleó como guarda de seguridad en un local comercial-y le dijo: “Ahora tienes que luchar por tus hijos”. Había pasado cinco años sin ellos. Cinco años en los que “no faltó nunca al punto de encuentro”. A 600 kilómetros.
Volver a Pamplona fue catártico para ella. Hasta conoció a un hombre “bueno”, que “no le chilla, ni le pega” con el que se casó en 2011. “De no ser por él, mi vida sería una mierda”, cuenta de Karlos, su marido. Él es su memoria: quien aclara las fechas, las denuncias, las causas de las condenas. Porque el relato de Silvia es atropellado y desordenado, como si ese periodo de su vida estuviera mezclado como en una nebulosa. Él le dio el dinero para traer a sus hijos. Fue en 2013.
El chico no tuvo problema en adaptarse al nuevo entorno, un pueblo en la Zona Media. La hija, ya adolescente, sí sufrió el cambio. “Me la traje en el coche engañada. No le dijeron que venía conmigo para siempre. Me tuve que comer yo ese marrón”, confiesa.
Hoy, todos están bien. Son una familia y solo con pensar que eso peligra, ella tiembla. La orden de alejamiento no afecta a sus hijos, pero Silvia teme por ellos. Por eso, cuando sale, prefiere ir con su perra adiestrada para protegerla y dejarles a ellos su pulsera. La que pita cuando su maltratador está a menos de 500 metros. “La policía me dice que es una locura. Sí, pero una locura que puede salvar a mis hijos la vida”.