EN SINGULAR
Un periodista de Diario de Navarra cuenta cómo ha pasado una semana sin azúcar
Quien me conoce sabe que mi idilio con el chocolate dura desde el principio de mis días, de ahí el reto


Actualizado el 05/05/2018 a las 09:08
Hace un tiempo, y en vista de la cantidad de glucosa que me inyectaba a diario, decidí hacer un experimento: pasar una semana entera, empezando por un lunes que escogí de forma aleatoria, sin probar el azúcar. No me refería a cualquier tipo de alimento que la contuviera en mayor o menor medida, sino a esos que son puro azúcar: leche con cacao, chocolatinas, repostería, bollería industrial, galletas, etcétera. Quien me conoce sabe que mi idilio con el chocolate dura desde el principio de mis días, de ahí el reto.
Me lo propuse y, como capricornio que soy, lo hice. Para conseguir mi objetivo, solo podría volver al azúcar el domingo por la tarde, no antes. Lo que sigue es un resumen de mi experiencia. Esta fue mi vida sin azúcar durante los días más largos que recuerdo, a los que sobreviví a base de té caliente.
Un lunes como otro cualquiera. Así fue. Igual de perezoso. Pero sin leche con cacao por la mañana ni por la noche (rutina que sigo desde hace años). Un café a primera hora, sin leche ni azúcar, zumo también sin azúcar con sabor a agua, y la dieta normal para comer y cenar: verdura, pescado, huevos. Primer día sin merendar algo dulce, pero llevadero.
Un martes como otro cualquiera, pero con el mono asomando. Segundo día y primer desayuno a base de té. Una buena taza sin azúcar igual de dulce que el café solo del día anterior. Jamón de york para almorzar y merendar, más zumo insípido, legumbres y un filete de ternera a la plancha. La noche fue el momento más duro del día: segundo día que renunciaba a mi vaso de leche con cacao y cuarta vez que lo hacía esa semana. Tardé en dormir, pero al día siguiente desperté con un “solo faltan cinco días para terminar”. No me lo creía, pero ¿qué remedio me quedaba?
Miércoles de fuerza de voluntad a prueba de balas. Cometí el error de salir a merendar con unos amigos sabiendo que no podría merendar lo mismo que ellos. “A una tetería”, propuse, pensando en acorralarles con un par de litros de infusión al gusto como arma. Error: al entrar, varias tartas, pasteles y bollos artesanos nos dieron la bienvenida desde el expositor de la barra. Y tuve que pasar el trago, nunca mejor dicho, con otro dichoso té de menta, a punto de llorar mientras les veía disfrutar de todos esos manjares y un chocolate con churros de propina. Al llegar a casa, sufrí la primera crisis y a punto estuve de terminar con la despensa, pero fui testarudo: bebí otra infusión y me metí en la cama con ganas de que al despertar fuera ya domingo.
Jueves. Poco puedo decir de este día porque lo pasé con fiebre y sin apetito. Debí de resfriarme el día anterior, no sé si porque me tocaba o porque mi organismo empezaba ya a dar síntomas serios de debilidad. Creo que más bien por lo segundo. El caso es que sobreviví porque, como todos sabemos, la temperatura alta te quita el hambre. La única vez en mi vida que he dado las gracias personalmente a la fiebre por llegar a mi cuerpo en el momento más idóneo.
Viernes de Dolores. Literalmente. Ni rastro de la fiebre. La dieta libre de azúcares, intacta, empeñada en gritarme desde dentro lo débil que era y la necesidad que tenía de seguir adelante con ella. Lo hice y, con el té en el cuerpo, me dispuse a hacer vida normal. Tenía que ir a la compra pero al final tuve que reducir la lista sobre la marcha. Jamás había sentido los músculos de esa manera. No era dolor, eran agujetas, pero agujetas extrañas porque el dolor se prolongaba sin más y al margen de que moviera los brazos y las piernas. Lo sentía, incluso, sentado tranquilamente en el sofá. Solo hoy sé que aquello se debía a la falta de azúcar en mi organismo, por la sencilla razón de que no he vuelto a sentir esa sensación desde entonces.
Sábado de atracón. Ese día comí más de lo que mi organismo podía digerir solo por la convicción de que, quizá así, mi cuerpo no echaría en falta los azúcares. Otro error. Solo conseguí una indigestión y sumar náuseas al dolor articular y muscular. Sexto día sin glucosa en el cuerpo y primera noche en la que no logré pegar ojo.
Domingo de resurrección. Me levanté de la cama con la sensación de haber corrido una maratón durante horas pero satisfecho por haber (casi) conseguido el reto. En unas horas, sería libre de tomar todo el azúcar que quisiera, y a mis espaldas dejaba una experiencia dura pero terriblemente autoconsciente. El caso es que esa tarde no salí corriendo en busca de un bollo hipercalórico, me conformé con merendar un café con una cucharada de azúcar y una tostada con mantequilla. Y aprendí muchas cosas, entre ellas que, a partir de ese momento, reduciría la ingesta de azúcar procesado todo lo posible.
Conclusión 1: solo nosotros decidimos con qué contaminarnos.
Conclusión 2: quien no se contamina es porque no quiere.
Conclusión 3: no me gustaban las infusiones y, a partir de aquel momento, pude jurar (y juro) que no volveré a probarlas, pero en cambio tomaré menos azúcar.