Panticosa

Una navarra comparte en una carta su rescate al quedarse atrapada en la nieve

Isabel Armendáriz Monasterio se fracturó la tibia y el peroné mientras esquiaba en Panticosa

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Diario de Navarra

Actualizado el 08/04/2018 a las 06:00

Isabel Armendáriz Monasterio se fracturó hace unas semanas la tibia y el peroné en la estación de esquí Formigal-Panticosa. La navarra cuenta en una carta de los lectores de Diario de Navarra que se encontraba practicando esquí junto a cinco amigos, cuando la rotura y el dolor provocaron que quedara atrapada en la nieve, teniendo que pedir auxilio a los servicios de rescate de montaña de la Guardia Civil de Jaca. En el escrito, Armendáriz relata el buen hacer y la calidad, no solo profesional, sino humana, de los dos miembros de la unidad de rescate. Y agradece tanto su labor como la de sus amigos, igualmente claves por la gran ayuda y buena predisposición en el salvamento.

La carta
Siempre lo ves desde la frialdad de una pantalla de televisión, móvil u ordenador: todo rescate resulta impactante, pero deja de ser un conjunto de imágenes para convertirse en una auténtica vivencia cuando te ocurre en tu propia carne. He dejado pasar unos días, los suficientes para “bajar de la nube”; para no emborronar de sentimentalismos. El chasquido de mi tibia y peroné bajo la bota de esquí de travesía todavía resuena en mi cabeza; la caída parece ralentizarse en pequeños fotogramas. Sin embargo, suenan con más fuerza los nombres, uno a uno, de Suko, Lucas, Julio, Martín, Ainhoa; los amigos que más tarde se verían reforzados por dos miembros de la Guardia Civil del equipo de montaña de Jaca, Kiko Navarro e Iván Tuya. ¿Cómo no recordarlos? En principio, ni un gesto de intranquilidad: todo control y serenidad. Colocan el esquí perpendicularmente para sostener mi pierna, me arropan con sus plumas y la manta térmica; me acomodan en el mejor cobijo que ningún ingeniero es capaz de construir entre la nieve y los pinos. Los walkis comienzan a transmitir y en pocos minutos ya se han organizado. Da la sensación de que todo está previsto, todo fluye. Inmediatamente aviso de emergencia con la indicación exacta mediante GPS de donde nos encontramos (en el bosque de Foratulas). Unos bajan hacia el refugio de Casa de Piedra, Panticosa, para guiar a los guardias civiles hacia este punto. Antes de calzarse los esquís me besan en la mejilla o me susurran palabras de aliento al oído. La espera se hace larga. Apenas hablo. Solo observo inmóvil. Me dejo mimar. Las miradas son suficientes. Constantes las preguntas: “¿Sientes frío?, ¿cómo va el dolor?, ¿quieres agua?”. Yo respiro profundo, intentando controlar (es el mejor momento para aplicar las técnicas del yoga). Evito que los flases de pensamientos que se acumulaban en mi cabeza manden todo al traste. Sé que soy el centro de todo el montaje; no puedo defraudarles, debo estar a la altura de mis acompañantes. Sí que me permito decirles que me parece mentira esa situación, quizás esperando ilusamente una respuesta de que es pura ficción. De vez en cuando, Suko o Martín se aseguran de que estoy bien arropada. Nos miramos y esbozamos una pequeña sonrisa: complicidad. Entre las nubes sale el sol a mis espaldas, aunque todavía se escapa alguna chispita de nieve, siento calorcillo. Oigo voces. Ya llegan. Kiko e Iván; los miembros del equipo de montaña se interesan por mi estado y explican las dificultades del hacer volar el helicóptero. La presentación es cordial: nombre, lugar de procedencia y detalles de cómo ha sucedido el percance. A partir de ese momento parece que perteneciéramos a la misma “quinta” y que nuestra amistad se remontara años atrás. Kiko descuelga de su espalda una gran mochila con toda una serie de materiales para montar. Sin tener que consultar ninguna hoja de instrucciones tipo a los muebles de Ikea, comienzan a montar el “vehículo” que me descenderá al balneario. Todos se ponen manos a la obra. Yo de reojo, puesto que no me muevo ni un milímetro, admiro la capacidad para ir colocando las piezas; siempre he sido un desastre en lo que denominan visión espacial. Llega el momento de introducirme en aquella camilla. Tensión: me tienen que mover. Pregunto cómo puedo colaborar. Uno, dos y tres: ya estoy en aquel pseudotrineo y como en las competiciones, con casco incluido, me bajan las gafas de venticas para que las ramas que saltan al ras del suelo no me molesten. Ahora sí que les toca currar y coordinarse. Dejan parte del material. Mientras un miembro del equipo de montaña me asegura con una cuerda de 25 metros a los mejores agarres que van descubriendo por el descenso, los otros tres compañeros, hundidos de nieve hasta las rodillas, guían la camilla por el trazado que Suko y Ainhoa van a alisar derrapando con sus esquís. Echada a ras de suelo no se ve nada. Además, las gafas se empiezan a empañar y les distingo solamente por los colores y el tono de voz. Uno me da agua, otro me quita alguna rama u hojita de la cara. Mientras buscan otro punto de seguridad, me hablan para distraerme. “Isa, verás que pronto compartimos una ruta de esquí- comenta Kiko- es mi deporte favorito”. Estoy mudita. No hablo, pero tampoco me quejo. “Estás hecha una campeona”. Pero yo sé que los campeones son ellos. Escucho sus jadeos, se animan entre ellos: “¡Ya estamos!”.

Por fin llegamos. Frío y nieve cuando me introducen en la ambulancia medicalizada. Se despiden. Hemos llegado a la meta, aunque para mí empieza otra carrera. ¿Cómo podré agradecérselo? Aunque para Kiko forme parte de su trabajo, hay maneras muy diferentes de realizarlo. Agradecer; agradecer siempre. Aunque como apuntaba Javier Marías, la sociedad actual prefiera “exigir” a agradecer. En este caso, no hay nada más reconfortante que decir: “Gracias por todo, amigos”.

Isabel Armendáriz Monasterio

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