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me quedo en el pueblo

María vive y trabaja en Gaskue

María Larrañeta es una ingeniera y paisajista para la que el pueblo fue “la primera escuela”. Pasó parte de su infancia en Gaskue, Odieta, donde “la creatividad bullía, la roca era la casita y los charcos, calderos de pócimas mágicas”

María vive y trabaja en Gaskue
María vive y trabaja en Gaskue
Actualizado el 18/02/2018 a las 13:55
Las ventanas de casa de María no tienen cortinas, tampoco hay cuadros en las paredes, porque el paisaje al otro lado del cristal es ya un óleo natural que cambia en cada estación. Lo explica en la cocina y sostiene que, de este modo, “la casa es como una prolongación del paisaje”, encaja en la diminuta trama urbana de Gaskue, concejo de Odieta donde viven 49 personas, entre ellas diez niños menores de 16 años. Son el 20,5% de la población, uno de cada cinco vecinos. Solo hay una casa vacía, y tampoco del todo porque la habitan fines de semana o en verano. Es, a trazo grueso, la demografía de un pueblo que en los últimos años ha rejuvenecido, y la de María Larrañeta Oyarzun, 40 años, una de las familias jóvenes que decidieron echar raíces en Gaskue.

Ella nació en Aizoáin, de donde es su padre. Su madre vivió en Gorrontz (Ultzama), luego en Leazkue (Anué) y desde los 14 años en Gaskue, en la antigua posada. Se conocieron en una romería en San Urbano y se instalaron en Aizoáin. “Pero mis padres trabajaban y yo pasaba fines de semana y veranos en Gaskue, con mi abuela y con mi tío. Por eso cuando me preguntan de dónde soy, a veces digo que de la carretera”, sorprende María. “Mi madre tenía 8 hermanos, éramos 24 primos, todos vinculados a Gaskue y lo que aprendí aquí me ha ayudado mucho”, cuenta de su trayectoria como ingeniera agrícola y paisajista porque “el pueblo es creatividad, es imaginar: la roca era la casita, ibas al río y un charco era un caldero para hacer pociones mágicas”. “Veías al abuelo hacer un carro con varas de avellano o al tío inventar alguna herramienta para el campo con dos palos y un hierro. Adquieres capacidad de trabajo y no aprendes que casi todo se consigue pagando con dinero”, reflexiona. María estudió Ingeniería en Pamplona, y Paisajismo en Barcelona, donde vivió durante cuatro años. “En la comunidad de vecinos éramos más que en Gaskue”, sonríe. Su trabajo le ha llevado a Budapest, a la Provenza y a Menorca, desde donde decidió anidar en Gaskue. Fue hace una década, cuando rehabilitó la casa familiar. Llegó ya con pareja, Imanol Rezabal, donostiarra de la calle Getaria. Del centro de la ciudad, al corazón del valle de Odieta, casi sin paradas. “Para él el cambio fue mayor, pero se adaptó muy bien”, dice de un ingeniero amigo de la montaña, al que le gusta trastear e inventar con su herramienta en la bajera, cuando regresa del trabajo en la capital guipuzcoana, a una hora y diez minutos en coche.

Gaskue es joven y plural”. “Recuerdo a mi abuela, la casa no acababa en la puerta , barría la calle hasta arriba. Eso ni lo imagino en la ciudad...Pero en el pueblo es distinto. A la entrada hay un pequeño jardín comunal, la vecina de al lado lo tiene siempre con flores, lo cuida precioso y nunca ha pedido nada por ello”, pone otro ejemplo.

El pueblo “es la primera escuela”, opina María, una mujer de gestos pausados que tiene su oficina en casa. “Al principio en la familia no lo entendían bien. ¿En el desván donde guardábamos las pacas, las txistorras y el jamón, vas a montar ordenadores? me decían, pero hago el 70% del trabajo en casa, los profesionales independientes lo podemos abordar”, explica de Paisatge, su empresa. Se desplaza, normalmente, dos días por semana para reunirse, visitar los proyectos o impartir clase en Arquitectura y Ciencias, en la Universidad de Navarra.

Tienen dos hijos, Oihana, de 7 años y Eneko, de 5. Dos pequeños artistas que decoran la pared de la cocina con sus dibujos de la escuela. Estudian en Larraintzar, en Ultzama, escasos veinte minutos en autobús. “Nos subvencionan el transporte y el comedor, la verdad es que tenemos servicios y también ocio, con los Viernes Culturales”, apunta con permiso de las nuevas tecnologías. Su casa está en una pequeña hondonada y la señal de internet no llega bien, de modo que el satélite fue la única “y cara” opción. “Y..., bueno, el pueblo te tiene que gustar. En invierno, a las cinco está de noche”. Pero eso parece agua pasada cuando los pájaros cantan al sol de la mañana de febrero y María saluda al vecino. Es Gorka, el padre de Eider Iraizoz Arrieta, la vecina más joven. El 13 de abril cumplirá un año.
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