Jorge Iván González, montañero rescatado

"La angustia de no saber qué hora era fue lo peor de la noche en San Donato"

Sufrió una luxación de rodilla cuando iniciaba el descenso y tuvo que pasar toda la noche en la ermita sin agua ni comida. Estuvo solo 16 horas hasta que llegó otro montañero.

“La angustia de no saber qué hora era fue lo peor de la noche en San Donato”
AmpliarAmpliar
“La angustia de no saber qué hora era fue lo peor de la noche en San Donato”DN
“La angustia de no saber qué hora era fue lo peor de la noche en San Donato”

CerrarCerrar

Gabriel González

Actualizado el 10/10/2017 a las 06:00

Pasó toda la noche en la ermita de San Donato (1.493 metros de altitud), a bajo cero, con una luxación de rodilla y sin agua, ni comida, ni teléfono móvil. Pero lo que peor llevó Jorge Iván González Alvárez, asturiano afincado en Pamplona de 45 años, fue el no tener reloj. No saber cuánto faltaba para que amaneciera el domingo y llegara el primer montañero para dar el aviso al 112.

 

Fue rescatado por el GREIM (Grupo de Rescate e Intervención en Montaña) de la Guardia Civil y trasladado al hospital con una luxación de rodilla, un golpe en las costillas e hipotermia. Jubilado tras sufrir un accidente de moto que le dejó dos hernias como secuela, y que le impiden seguir practicando el alpinismo y otros deportes de riesgo que antes realizaba, relata sus 16 horas en San Donato.


¿Cómo fue la subida?

Salí de Pamplona a la una y media de la tarde. Sabía que iba a llegar tarde, así que llevé algo de ropa de abrigo, un saco... No sabía si pasaría un día o dos, pero al final decidí que bajaría en el día. Tardé unas dos horas en subir, porque la anterior vez que lo intenté me quedé a 300 metros de la cima, así que me lo tomé con calma. A las cinco llegué arriba, merendé con unos montañeros y estuvimos viendo los buitres volando a nuestro lado. Era impresionante.


Cuando se accidentó iba solo.

Sí, la gente empezó a marcharse y yo fui el último. Para entonces ya me había quedado sin batería en el móvil, y a pesar de que siempre llevo dos cargadores portátiles, en algún despiste me los debí de dejar en casa. Pero sabía que si anochecía a las ocho, con empezar a bajar a las seis y media me daba tiempo. Abajo ya llamaría a mi pareja. Pero nada más empezar, el descenso resbalé y sufrí una luxación de rodilla. No podía flexionarla ni podía apoyarla. Por suerte fue a 200 metros y pude darme media vuelta, cojeando y con bastante dolor, y meterme en la ermita, que te resguarda del viento pero no del frío.

 

“La angustia de no saber qué hora era fue lo peor de la noche en San Donato”


¿Qué temperatura hacía?

Los montañeros que subieron a la mañana me dijeron que podía haber estado a menos cinco grados durante la madrugada. Llevaba un saco de verano que no abrigaba y para la parte de arriba sí que me llevé un forro polar. Pero todo el frío del suelo, que es de piedra, traspasó la ropa y el saco. Cuando llegué al hospital tenía 34,5 grados y tuvieron que ponerme una manta con aire caliente.


¿Cómo fue esa madrugada?

Bastante dura. Iba con un frontal y tenía luz, pero lo peor es que anochece a las ocho y amanece a las ocho. Es una noche de 12 horas. Además estaba sin comida ni bebida. Había comido a la subida y el sandwich que me había llevado de merienda ya me lo había comido. Y de agua, lo mismo. Me bebí casi toda subiendo y como había aparcado junto a una fuente no me preocupé. Así que iba muy justo. La soledad no me importaba porque sabía que esa ruta la hace mucha gente y que al día siguiente vendría alguien.


El tiempo pasaría muy lento.

Muy despacio, no sabes qué hora es. Si tienes un reloj, sabes cuánto falta para que amanezca y te puedes hacer una idea de cuánto queda. Pero el no tener ninguna referencia fue lo peor, la angustia de no saber la hora. Yo ahí tumbado, me dormía pero me despertaba al poco y no sabía cuánto había pasado. Se me hizo muy largo, y tampoco dormí mucho por el frío y los ruidos del ganado.


¿Cuándo llegó la ayuda?

A las ocho recuerdo estar ya allí sentado mirando al horizonte, pero no aparecía nadie... Pasaba el tiempo pero no sabía cuánto, y estaba cansado, con ganas de salir de allí. Pensé hasta en iniciar el descenso yo solo, y menos mal que no lo hice. Al rato vi a lo lejos una persona caminando y me relajé, me salió toda la tensión acumulada y me entraron ganas de llorar. Me dijo que eran las nueve y cuarto y con su teléfono llamó al 112. Él y todos los montañeros que iban subiendo me dieron agua, bocadillo, fruta... El GREIM llegó enseguida con el helicóptero y se portaron genial, muy profesionales.


¿Cómo van las lesiones?

Llegué mal al hospital, con la luxación, los labios agrietados por el frío y un dolor en el costado, aunque no recordaba haberme caído. En el análisis de sangre me dieron las encimas del riñón altas, lo que me podía haber provocado una infección renal. Por suerte ha quedado todo en una anécdota.

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora