"Estoy orgullosa de ser adoptada; serlo me ha dado muchas cosas en la vida"
Abiertamente, sin tapujos, sin tabúes. Desde su propia experiencia vivida día a día y desde el conocimiento de psicóloga. También, desde el otro lado de la mesa, en la silla del que escucha y aconseja a otros en su situación o en otras. Así habla Cristina Negre de la adopción. De ello ha hecho su profesión y tema de su libro ‘Soy adulto, soy adoptado’. Nació en Pamplona y a los tres años le adoptó un matrimonio catalán. Desde entonces vive en Barcelona, donde se casó y ha tenido a sus cinco hijos, las primeras personas a las que le une un vínculo genético y a quienes, desde pequeños, les dice que su madre fue adoptada.


Actualizado el 09/04/2017 a las 06:00
Nació en Pamplona en 1970 y a los tres años la adoptaron en Barcelona. Y está orgullosa de ello. Dice que ser adoptada le ha aportado muchas cosas y que, ahora, desde su consulta como psicóloga en el centro catalán Aprop, especializado en la atención familiar y en adopción, puede ayudar a otros como ella a poner palabras a sus sentimientos, porque sabe de lo que habla. Cristina Negre Masià tiene cinco hijos biológicos, de los 19 a los 3 años, y es coautora del libro Soy adulto, soy adoptado. Vivir la adopción después de los 18 años. Ha estado recientemente en Pamplona, invitada por la Asociación de Familias Adoptivas de Navarra (Afadena), para presentar su libro y para impartir una conferencia sobre adopción, etnia y racismo. Antes de su intervención mantuvo esta entrevista.
¿Cuándo supo que era adoptada?
Siempre lo he sabido. En ese sentido, mis padres lo hicieron muy bien.
¿Ser adoptado le ha causado problemas en su infancia o juventud?
No. Pero obviamente en los niños adoptados hay momentos muy duros. Cómo afrontarlos dependerá del soporte familiar que se tenga y de los propios recursos personales.
¿Cuáles han sido esos momentos duros?
Sobre todo es la adolescencia. Porque es cuando los hijos tienen que legitimar a los padres. Los padres te adoptan cuando eres pequeño y tú les adoptas a ellos cuando los legitimas, cuando ya de adulto les reconoces como padres. De pequeño el niño adoptado, como cualquier otro, necesita a unos padres, pero cuando ya no existe otro vínculo más que el afectivo es cuando el hijo, ya adulto, reconoce a sus padres y a su familia adoptiva.
¿Por qué es duro ese momento?
Porque es el momento en el que tienes que terminar el proceso de saber quién eres y cómo encajas en la familia que te ha tocado. Es el momento de aceptarte y reconocerte como miembro de esta familia.
Y entonces, ¿qué pasa?
Depende de cada uno. Se puede reaccionar con la oposición, el conflicto, la búsqueda de orígenes, el acercamiento o la regresión hacia los padres, aislamiento...
¿Es posible pasar esa etapa sin dificultad?
Sí. Pero si se pasa sin dificultad es porque normalmente uno no se ha enfrentado a la propia identidad y lo tendrá que hacer en etapas posteriores. Es un proceso evolutivo, no es malo y el niño tiene que vivirlo, tiene que entender quién es formando parte de su historia biológica y su familia. Lo tiene que hacer en algún momento de la vida.
¿Usted ha tenido necesidad de buscar sus orígenes?
Sí. Pero en la época en que yo nací, la ley permitía el anonimato al parir, por lo que no tengo ningún hilo del que tirar a nivel administrativo.
¿Pero es tan necesaria esa información de la familia biológica?
No. Sí que es necesario saber que hay otra parte de ti que desconoces o que conoces y la integras. Saber que tú no eres solo este hijo adoptivo. Que eres más. Que hay más personas que han ayudado a crearte. La misma información la vas remodelando a lo largo de tu vida. Esto no acaba en la adolescencia. La búsqueda de orígenes es algo muy amplio. Tiene que ver con preguntarte cosas sobre ti mismo, viajar o interesarte por el país, buscar la familia de origen, información médica, de salud... Todo esto es más que buscar la madre biológica. Cada uno busca diferentes cosas. Como psicóloga trato de que sepan bien qué es lo que quieren cuando están buscando. Hay que trabajar las expectativas, porque puedes encontrar información que no es la que te esperabas, porque en la adopción todo es posible. Es necesario que esa búsqueda se haga sin pedir explicaciones, sin culpabilizar. Hay que comprender que fue una decisión tomada ante una situación determinada, que conocemos o no, que se consideró entonces lo mejor y que hay que respetar. Muchas veces, al hijo adoptado que está en un entorno estable le cuesta entender las situaciones tan difíciles por las que haya podido pasar su familia biológica. Es muy cómodo juzgar desde la situación de hoy.
¿Cuál es el otro momento duro de una persona adoptada?
Un momento muy significativo para mí es el hecho de plantearse la maternidad.
¿Por qué?
Te enfrentas a tu genética, desde todos los puntos de vista: salud, historia... Tienes la necesidad de cerrar un círculo. Tu hijo va a a ser la primera persona con la que tienes un vínculo genético, por lo que se convierte en un ser muy importante.
¿A sus hijos, cuándo les dice que es adoptada?
Al mayor empecé a decírselo desde que tenía algo más de tres años. Todos los niños, adoptados o no, empiezan a esa edad a preguntar por las barrigas de las embarazadas. Entonces, le digo que yo estuve en la barriga de otra señora. Ellos también forman parte de la rueda de adopción.
¿Son ‘impepinables’ los problemas en un niño adoptado?
No. A mí problema y adopción en la misma frase no me gusta. Podrá haber dificultades, eso seguro, hay momentos difíciles. Pero problemas no tiene por qué.
¿Consejos para abordar estos momentos?
Importantísimo es haber creado una base sólida de comunicación. Si en la familia se habla de todo, se aceptan y se legitiman los sentimientos del hijo, sean los que sean (porque a veces duele aceptarlos) el hijo tendrá la seguridad para contar con los padres cuando los necesite y, por tanto, fortalece el vínculo. Legitimar sus sentimientos es aceptarlos. Si cuando el niño explica cómo se siente, sus padres minimizan sus sentimientos, al final, o sigue diciéndolo pero enfrentándose por no encontrar apoyo o se calla. Ninguna de las dos son buenas soluciones. Lo ideal es alguien que te entienda y empatice. También es necesario que exista mucha comunicación sobre el país de origen, etnia, raza... No hay que ser ciegos al color y hay que trabajarlo. Y hay que seguir el ritmo del niño, no hay que forzar los procesos, hay que acompañarle y darles pistas, entonces ellos irán marcando las pautas.
Asocia todo lo relacionado con este proceso desde la positividad y el optimismo.
Porque ser adoptado te da muchas cosas positivas. Pensar en la adopción permite darse cuenta, desde muy pequeño, que la vida es más difícil de lo que parece, te ayuda a tratar con respeto las decisiones de los demás, porque no sabes qué llevó a algunas personas a tomar determinadas decisiones, te da una visión más amplia, respetuosa, más tolerante. Te da dos orígenes, dos culturas, te da mucho, pero tienes que saber aprovecharlo. Te ayuda a ver que la vida no siempre es fácil, bonita y estupenda, que hay gente que está en situaciones muy difíciles. Porque el niño adoptado no viene de una situación fácil, nadie deja un niño y se queda feliz. Los niños se dejan con dolor. Hay una historia difícil detrás. Todo esto hay que verlo de forma positiva, no en negativo. Yo en mi vida tengo estas cartas y con ellas voy a jugar la mejor partida. Tengo cartas distintas que los demás pero no quiere decir que sean malas. El objetivo es llegar a estar orgullosos de quiénes somos, de nuestras historias. Yo estoy muy orgullosa de ser adoptada. Me ha aportado muchas cosas positivas, mi familia adoptiva, la que he creado, mi trabajo.. Porque si yo he puesto palabras a mis sentimientos, ¿por qué no ayudar a otros que tienen los mismos y no saben cómo ni dónde colocarlos? Esa posibilidad me la da mi trabajo y mi condición de adoptada.
QUÉ CONTAR
¿Qué hay que contar al niño sobre su vida anterior?
La verdad, explicando que la verdad que tienes es la que pone en los papeles, que no es necesariamente la verdad. Muchas veces lo que pone en los papeles no es lo que ha ocurrido. Hay que utilizar expresiones como “a mí me han dicho que”, “en estos papeles pone que...”. Y si está interesado en saber más, decirle: “Yo te ayudo a buscar”. No hay que dar invenciones, ni explicar que en China funcionaba la política de hijo único como razón. Porque en China también hay abusos, pobreza... No hay que ir a los estereotipos. Si no lo sabes, no lo sabes. La información hay que darla de forma adaptada a la edad, de forma progresiva y a medida que vaya preguntando. Si el niño pregunta es que lleva tiempo dándole vueltas a la cabeza. Si no pregunta hay que ir motivando para que lo haga e ir sacando el tema. Hay muchas ocasiones para sacar el tema porque hoy la adopción está en todos los sitios, en el cine, series, publicidad...
¿En su consulta, ve muchos casos de racismo?
Más que cuestiones de racismo, veo cuestiones de identidad racial. El racismo explícito se da en casos puntuales. La mayoría de niños adoptados de otra raza lo que viven es el ‘microrracismo’.
¿Por ejemplo?
Van por la calle y alguien se cambia de acera o la señora mayor se coge el bolso más fuerte o en el autobús se pone en el otro lado. Son cosas muy sutiles que el que no lo vive o no va con alguien a quien le ocurre no lo percibe. También te encuentras casos de insultos. Por ejemplo, que en el patio del colegio llamen a un niño ‘negro de mierda’ o ‘asco de moro’. Estos insultos, que sí son racismo, ocurren de forma más puntual. Pero si ocurre que si tú vas con un negro por la calle, la gente mira o le pregunta de dónde es.
¿Por qué es negativo preguntar de dónde eres?
No tiene por qué haber malicia. Pero denota que están diciendo que no eres de aquí cuando uno siente que sí lo es. Es discriminación porque le estás haciendo la pregunta sólo por el color de piel. Otro ejemplo, los niños negros dicen que se cansan de que les toquen el pelo, sus rizos. El adoptado de la misma etnia va por la calle y nadie tiene que saber que es adoptado. Pero en el caso del adoptado de otra raza se sabe que lo es o, si no, se puede también suponer que es inmigrante. Pierdes la privacidad.
Pero también con un niño rubio y blanco se le puede preguntar de dónde es.
Pero son rasgos físicos bien valorados. No podemos olvidar, por mucho que duela, que en las sociedades las diferentes etnias están aceptadas de manera distinta.
Dentro de niños adoptados, ¿hay diferencias en la aceptación de razas?
Sí, una niña china está mejor valorada que un niño negro.
¿Por qué?
Porque todas la sociedades tienen un sistema de escala de etnias y normalmente, en casi todos los países, cuanto más blanco, mejor visto.
¿Es negativo decir niño negro?
No. Si es descriptivo, no. Si es despectivo, sí.
Cuando a un niño le dicen ‘puto negro’, ¿cómo hay que reaccionar?
Depende de cómo haya integrado su identidad racial. Si no la ha integrado lo normal es que se rompa por dentro y se ponga a llorar. A lo mejor no lo hace en ese momento por hacerse el fuerte. Lo importante es que pueda llegar a casa, contarlo, llorar con sus padres y que estos le pregunten: “¿Qué te hubiera gustado contestarle? ¿Cómo te has sentido?”. Así le vas sacando las herramientas para que pueda enfrentarse si se repite la situación. Hay veces que te tienes que callar. También los niños deben identificar situaciones de riesgo. Por ejemplo, si vas en el metro, se sube un grupo del que se sabe que es racista y eres negro... Déjate de tonterías, te bajas. Ahí no hay que defender nada, te bajas y ya está.
¿Decir ‘puto negro’ se entiende como una agresión?
Sí. Si minimizamos, no empatizamos y el niño se sentirá solo y no tendrá un lugar seguro al que volver.
¿Cómo deben reaccionar el colegio y la familia ante los insultos al niño?
Hay que darle importancia y hay que formar, en el respeto y la diferencia. Y no se está haciendo en los colegios, por lo menos, en Cataluña no se hace lo suficiente. No hay que darles charlas, hay que hacer talleres o ejercicios donde se tome consciencia de que hay cosas que, por ser blancos, se dan por supuesto. Por ejemplo, en un aeropuerto es más fácil que revisen el equipaje a un negro que a un blanco. Si no le damos importancia minimizamos y consentimos la agresión.