Lisboa 1755: cuando la Tierra tembló y Europa nunca volvió a ser la misma
Un seísmo, acompañado de un tsunami y de un incendio, destruyó la capital de Portugal y causó 100.000 muertos, sacudiendo los cimientos filosóficos y políticos de Europa


Actualizado el 18/02/2025 a las 16:28
Al pasear por los alrededores de muchas iglesias de Castilla, en lugares tan cercanos a Navarra como las provincias de Palencia o Burgos, no es difícil encontrarse con placas descoloridas, ennegrecidas u oxidadas a causa del paso del tiempo que tienen en común la referencia a un hecho legendario: el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755. En unas se informa de que aquella iglesia sobrevivió al terremoto; en otras, que incluso allí, tan lejos de la capital portuguesa, se percibió el temblor o en las más aparece reflejado que el edificio precisó ser restaurado después de una catástrofe que sacudió tanto las conciencias de la gente como los cimientos de los edificios.
Aquel terremoto ha quedado ligado a la ciudad de Lisboa con toda lógica: su epicentro estuvo en algún lugar en el Atlántico, al sur de la península ibérica, pero fue la orgullosa ciudad del Tajo, una de las más pobladas de la Europa del siglo XVIII, la que sufrió las más graves consecuencias. Allí, a la destrucción de iglesias, palacios y viviendas le siguió un incendio y, cuando los habitantes se congregaron en las orillas para escapar de la devastación, una serie de maremotos de hasta 20 metros de altura barrieron las playas y ascendieron por el río Tajo, atrapando a los vivos. Algunas estimaciones dicen que murieron 90.000 personas, un cuarto de la población de la ciudad.
No obstante, en Marruecos y en España también se registraron víctimas mortales e importantes daños materiales: en Ayamonte destruyó el castillo y se cita la muerte de medio millar de vecinos, en Sevilla afectó incluso a la Torre del Oro y en Cádiz se rozó la tragedia. Una ola gigante, tan grande o más que la que asoló Lisboa, chocó contra la expuesta bahía gaditana. Sin embargo, sus ciclópeas murallas y una feliz decisión del gobernador, que ordenó cerrar las Puertas de Tierra, evitó el desastre.
Con todo, la inusitada mortandad registrada en Lisboa y la circunstancia de que el suceso se produjera el Día de Todos los Santos provocó lo que hoy calificaríamos como "crisis de fe". Las ideas imperantes entonces, propagadas por filósofos como el alemán Leibniz, se sostenían en base a la "bondad de Dios", que permitía al hombre vivir en "el mejor de los mundos posibles". Sin embargo, la propia magnitud del suceso, el hecho de que las muertes en Lisboa se cebaran especialmente con los devotos católicos que atendían a los oficios en las iglesias y que el incendio se avivara en parte debido a las velas encendidas con motivo de la celebración religiosa sembraron la duda en pensadores como Voltaire y Kant. Los protestantes, por su parte, aseguraron que la "cólera de Dios" había castigado a los católicos.
Es difícil cuantificar cuánto tardaron en influir en la 'psique' de los europeos las nuevas ideas de los grandes pensadores citados. Sin embargo, hubo otras manifestaciones del cambio provocado por el terremoto más palpables. Por ejemplo, Portugal no volvió a ser la misma y sus mutaciones afectaron a las monarquías católicas del Mediterráneo.
El país que había sido motor de los Descubrimientos y que poseía colonias de inmensa relevancia en América, África y Asia vio truncadas sus ambiciones internacionales, lo que provocó que su carismático primer ministro, el marqués de Pombal, dirigiera su mirada al interior del territorio. Y Pombal inició un proceso de reconstrucción de Lisboa y de su gobierno basado en ideas ilustradas, modernas bajo el punto de vista actual, que influyeron de manera excepcional en la Europa de su tiempo.
No en vano, su despotismo ilustrado no tardó en extenderse por otros reinos, especialmente en la España de Carlos III, donde se copiaron medidas que llevaban su sello, como la expulsión de los jesuitas o la fiebre por embellecer la capital. Fue tras el terremoto cuando Pombal inició un enconado duelo con el predicador jesuíta Gabriel Malagrida, que culminó en 1759 con la prohibición de la Compañía de Jesús en Portugal y, dos años después, con la condena a muerte de su enemigo por parte de la Inquisición. Menos de una década más tarde, los jesuitas fueron expulsados también de España.
En el plano puramente urbanístico, el rey español Carlos III, conocido hoy día como "el mejor alcalde de Madrid", no quiso que su capital quedara eclipsada por la renovada belleza de Lisboa e impulsó una miríada de obras arquitectónicas que nos han legado emblemas como los monumentos de Cibeles y Neptuno, el palacio del Buen Retiro, el Jardín Botánico, el Hospital San Carlos (actual Museo Reina Sofía) y el edificio del Museo del Prado.
En solo un par de décadas, Lisboa, Madrid o Nápoles se convirtieron en ciudades que, por su aspecto externo, hubieran sorprendido a un habitante de 1750 y, lo que es más importante, había mutado para siempre la conciencia de pensadores y ciudadanos: de súbito, en 1755 y debido a un terremoto, ésta había abandonado los firmes raíles por los que discurría para tomar una nueva senda, un camino distinto, que paso a paso fue dejando atrás una Europa, toda una concepción del mundo, para crear uno nuevo, sin duda antecesor directo del presente en el que vivimos hoy.
