REPORTAJE

La voz del campo

Aparcó su trayectoria musical hace dos décadas por una operación de nódulos y la necesidad de dedicar tiempo a su familia

La voz del campo
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La voz del campoNURIA G. LANDA
La voz del campo

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Natxo Gutiérrez

Actualizado el 04/12/2016 a las 06:00

Es como si el cielo, al escuchar su voz atronadora, callase y concediese una tregua en su descarga impetuosa de un día de lluvia en la Ribera. Por un camino entre almendros, al volante de su tractor, José Luis Jiménez Sola entona Nessun Dorna con un torrente que, por un instante, recuerda a Luciano Pavarotti. El poder de su voz, que eriza la piel de los pocos privilegiados que en ese momento le escuchan, se eleva sobre el otoño que desnuda la tierra de todo resto de verdor. En ese momento, José Luis proclama al viento una sensación humilde de victoria interior, retratada en la sentencia que remata la melodía: “Vincero”. En el tiempo, como también en su memoria y en el recuerdo de sus vecinos de Cascante queda su imagen, micrófono en mano, que enmudeció a España entera cuando supo de su fuerza innata que le sale de dentro como el volcán de un apasionado al que la música le colma de dones y bienes sensibles.

“Aquello parecía que iba a ser misión imposible”, admite con solo recordar su acceso al primer casting de La Voz. “¡A mis años!” (Tiene 59), remata su impresión sin perder la jovialidad que se le adivina en el brillo de sus ojos en el ejercicio de reminiscencia.

Los jurados de las diferentes pruebas quedaron rendidos a sus cualidades hasta darle su beneplácito en el proceso que le condujo a abrir las puertas del silencio que acerca al plató de televisión. Sólo el taconeo de sus pasos, en la intensidad de su soledad, rompieron la monotonía de su comparecencia ante los coaches. Los primeros acordes de E lucevan le estelle atemperaron sus nervios como si la música, siempre fiel aliada, le procurase el bálsamo de la seguridad en los tiempos de prueba y dificultad. Cuando vio girarse a Melendi, una alegría inmensa inundó su interior. Estaba dentro de La Voz, y aunque en programas posteriores quedase eliminado, aquello fue inmenso. “Compensó -en palabras suyas- el esfuerzo a toda una vida”, comparable al pentagrama de notas graves y tonalidades agudas del carrusel cíclico que envuelve a todo ser humano con buenos y malos momentos.

La aparición en la pequeña pantalla de José Luis, que derrocha sudor en el cultivo de campos de cereal, almendros, viñas y olivos como principal fuente de recursos, se produjo en una etapa de reencuentro con la música. Fue una segunda juventud, celebrada con un talante humilde, afable y alegre, que nunca perdió ni siquiera cuando, con 36 años de edad, su voz quedó quebrada por la detección de unos nódulos en sus cuerdas vocales.

Una operación y el posterior período de convalecencia interrumpió de golpe una progresión meteórica, siempre cuidada con esmero y una delicadeza especial por su afición predilecta. Hubo además coincidencia de circunstancias que le hicieron reflexionar y aparcar un capítulo importante de su vida. Por aquel entonces, hace exactamente 23 años, “la orquestas funcionaban muy bien”. Con Scala 2000, José Luis hacía al año más de 130 bolos, como dice. Ni qué decir tiene que cuando no estaba en el escenario se encontraba doblando el espinazo en el campo. Al descanso, tras la operación de nódulos, hubo de añadir el asesoramiento de una logopeda y sesiones de técnica de canto.

Había otro motivo de igual o mayor importancia en el discernimiento al que se vio abocado para aclarar su futuro. “Voy a dar a mi familia todo el tiempo que le he quitado”, pensó en su período reflexivo, consciente del esfuerzo multiplicado y la dedicación que concedía a la agricultura y la afición musical. No había descanso semanal para poder compaginar ambas obligaciones. “Venía Nochebuena -recuerda su mujer, Alicia Álava Fernández-, y se iba a cantar a Cadreita con el grupo. Hasta había gente que pensaba que era viuda porque siempre me veían con los tres hijos”. La realidad se impuso en el cambio de rumbo por estar cerca de su mujer y sus hijos, Abel, Paula y Saray, que por aquella época contaban con 10, 4 y 3 años, respectivamente. Aunque al principio le fue costoso, como confiesa, se mostró satisfecho con la elección. Nunca perdió el buen ánimo, aun hubo de empezar de nuevo para recuperar su timbre de voz. “Me daba pena que lo dejase. Desde que le conocí con 14 años siempre le vi cantando y me gustó”. Hay una mezcla de sentimientos en la mujer, que le hacen retroceder a la adolescencia cuando quedó prendada de una de las primeras audiciones del que sería su espejo en el que mirarse cada día.

AQUEL NIÑO QUE CANTABA
 

 

En los avatares refrescados de su memoria, no puede menos que evocar el mandato que le dirigía, siendo niña, la madre de José Luis. “Vendía huevos y me acuerdo que me decía: ‘¡Anda niña, ve a buscar a José Luis que ha ido con la guitarra donde los curas!”.

“Mamá llévame al conservatorio, que quiero aprender música” era la súplica que elevaba a su madre el cantante en ciernes, con los imponderables de la distancia entre Cascante y Pamplona que dificultaban cualquier intento por satisfacer sus ilusiones.

Para cuando compartió sus deseos profundos, ya había experimentado el cosquilleo seductor del canto. “No sé de dónde me venía. En la familia de mi madre había gente que cantaba. A un tío mío le llamaban Caruso, por su voz fuerte y bonita. Mi madre cantaba muy bien pero nadie se dedicó a la música”.

Con seis años, su voz atiplada de infante acompañaba a la comitiva de los entierros, cuando “los ataúdes se llevaban a hombros por la calle” y el sacerdote marcaba los pasos de un séquito de niños cantores. Un mohín de alegría contrarrestra el recuerdo luctuoso. “Al llegar a la iglesia nos daban una propinilla y encantados”. Cuenta José Luis que le pidió al organista de la parroquia de La Asunción ayuda para adquirir nociones básicas de canto sin lograr su propósito.

A medida que se desarrollaba su cuerpo fue creciendo su entusiasmo. “Tendría doce o trece años cuando, con unos amigos, creamos un grupo. Se llamaba Spreen Glory (Gloria de primavera). Cantábamos algunas canciones en inglés, pero también teníamos propias. No duró mucho”. Lo curioso del caso es que aquella formación inicial reforzó una amistad duradera con quien es hoy su acompañante en los recitales líricos que ofrece. Jesús Caballero participó de aquella primera etapa fugaz pero animosa, a la que sucedió una experiencia de mayor cuajo en plena adolescencia.

“Continué aprendiendo guitarra y a cantar”. Su empeño, pero sobre todo su ilusión alimentada por lograr un sueño, le valieron para suplir una vacante temporal en Los Nítidos. Fue su bautismo en un “escenario diríamos profesional”. A Los Nítidos le siguieron Los Rombos y el impulso definitivo con Scala 2000, la orquesta que le consagró en el escaparate de actuaciones itinerantes por ciudades y pueblos.

Para esa época ya había tenido que despejar una primera incógnita en el siempre difícil dilema de la elección en la encrucijada de los caminos de la vida. Había completado COU en el instituto de Tudela y ante él se presentaba un futuro universitario o el sendero inseguro pero apasionante de la música. No hubo dilación de cavilaciones ni quebraderos de cabeza porque la opción ya estaba hecha. Además estaba el campo, que también ejercía de atracción en sus emociones al igual que su entorno conocido, en el que no podía faltar su novia Alicia.

“La universidad -dice- se quedó en proyecto. Nunca me pesó. Me veía entonces como músico y ya ves, acabé dedicándome de lleno a la agricultura”.

Al tiempo de retirarse de los escenarios, cuando no atisbaba en el horizonte inmediato un regreso, una segunda oportunidad le brindó la ocasión de avivar los rescoldos de su juventud. “Me dijeron en la Escuela de Jotas si me animaba. Acudía los sábados por la tarde y me alegraba el fin de semana”. Luego a su encuentro llegó la Asociación de Música y Canto (AMIC), con la que continúa aprendiendo técnica de canto y colaborando en conciertos de lírica. Tras dos décadas de ausencia de apariciones públicas, su reconciliación con el canto llegó hace seis años.

Hoy, además de sus recitales líricos con Jesús Caballero, actúa con el Mariachi Castecan, cuyo nombre se inventó en un ejercicio libre de unión de su pueblo -Cascante- y sufijos de habla mejicana. “Hay ciudades y nombres en México que acaban en can. Y se nos ocurrió que vendría bien el nombre de Castecan”, aclara.

SU GRAN PUEBLO
 

 

El nombre de Cascante asoma en la conversación con recordar el reproche que se hizo cuando, al ser preguntado en La Voz por su procedencia, se refirió a “un pequeño pueblo de Navarra”. “Si nos referimos a su título nobiliario es ciudad. Para mí, mi pueblo siempre será grande”, apunta. En el adjetivo que utiliza repara en la empatía y el apoyo incondicional de sus gentes, que al fin y al cabo es lo que aboca a un pueblo a ser lo que es más allá de sus dimensiones o de su densidad demográfica.

Su participación en el programa de Telecinco fue todo un acontecimiento popular y motivo de orgullo de pertenencia local. “Se sintieron orgullosos”, apostilla. En su encuentro con sus vecinos no pudo menos que escuchar algún lamento, hecho con afecto, de quienes esperaban su aparición en el primer programa y experimentaron una pequeña frustración, aliviada una semana después. El silencio compartido con todos los concursantes, en ajuste a los dictados de confidencialidad del programa, le privó desvelar el mínimo secreto.

La difusión de su don para el canto halló un pilar firme en la iniciativa de su entorno cercano, que no cesó en transmitirle ánimos para que diese un primer paso y probase en los casting de selección. Con empeño decidido de su hija Paula, acabó convencido. Fue como si su familia se aliase para dar un espaldarazo necesario en un instante de dudas, consciente como estaban todos sus miembros de las cualidades que atesora y, sobre todo, de la ilusión que le podía hacer pisar un gran escenario dos décadas después de su renuncia personal.

Aunque llueva o no en la Ribera, José Luis riega el campo con su voz. Al hacerlo, germina la semilla de la música que desde niño cultivó y supo cuidar más allá de éxitos y quiebros. “Vincero”.

Entrevista al cascantino José Luis Jiménez, participante en 'La Voz'

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Entrevista al cascantino José Luis Jiménez, participante en 'La Voz'

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