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El hacha de Patxi recita

El aizkolari Patxi Larretxea acompaña a su hijo poeta, Hasier, en eventos donde uno recita mientras el otro corta madera. “Jamás hubiera creído esto con mi hijo”, reconoce. Este miércoles estarán en Villava, en Metáfora, I Festival de Poesía en Navarra

El hacha de Patxi recita

Patxi Larretxea, fotografiado ante un cedro a la entrada del Señorío de Bértiz con su hacha en una mano y el último libro de su hijo Hasier, De un nuevo paisaje, en la otra.

08/11/2016 a las 06:00
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Dice que ha hablado más con la naturaleza que con las personas, que a la primera es capaz de revelar más sobre él que a los humanos. Y lo confiesa escudándose en su carácter cerrado de hombre del norte, cuando ya ha terminado la entrevista. Una entrevista concertada para hablar de poesía, la que escribe su hijo, y de deporte rural, el que él ha practicado durante décadas y que ahora exhibe en especiales eventos junto a su primogénito. Porque sí: la poesía ha unido a padre e hijo. “Jamás lo hubiera imaginado hace unos años”, reconoce el progenitor, Patxi Larretxea, el aizkolari y harrijasotzaile de Arantza, que vive en Arraioz y que dirige en Oronoz-Mugaire una escuela de herri kirolak con su hermano Donato. Ese próximo evento especial es mañana, en Villava: ambos participan en Metáfora, el Primer Festival de Poesía en Navarra. Mientras Hasier lee poesías de sus publicaciones, Patxi levanta piedras o corta troncos. Según ritmos, según sonidos, según silencios. Con la mirada se entienden. Lo cuenta durante la entrevista. Porque el carácter cerrado de hombre duro a veces se abre.


Búsqueda en el archivo de este periódico: “Patxi Larretxea”, dos últimos años. Prácticamente todas las noticias que aparecen lo relacionan con la poesía. Quién se lo iba a decir hace un tiempo... “Pues sí. Pero en el transcurso de los años la persona tiene que hacer otras cosas”, responde, defendiendo que la poesía por la que sale ahora en las noticias es tan autóctona como el deporte rural que ha practicado décadas.


Le costó acudir a las presentaciones y recitales de su hijo. “Asuntos profesionales”, aclara. Pero ir cumpliendo años le abrió los ojos. “Sé que cuanto más deje, más voy a perder”. A sus 61 años, ir desligándose del trabajo le está permitiendo conocer la trayectoria de Hasier, conocer a personas de otras culturas “y demostrar a todos lo bueno que es estar padre e hijo juntos”.


Porque está orgulloso del camino que un día decidió Hasier. Y eso que él trató de que le emulara. “Veía que Hasier iba creciendo y que venía muy sanote, muy fuerte, que podía seguir los pasos que yo había dado”. Pero, aunque no se lo dijera, reconocía al mismo tiempo “el arte que tenía con la escritura”. “Escribía en cualquier esquina de cualquier papel”. Su obligación primera, recuerda, fue transmitirle su legado del deporte rural. “Y Hasier lo intentó, lo probó. Pero su habilidad real era otra”. La literatura era su cobijo. “Yo lo veía, no estaba ciego. Pero intentaba inculcarle el deporte rural al máximo”.


Hasta que un día, hace 17 años, Hasier participó en un campeonato en el que terminó con las manos ensangrentadas y sin acabar de cortar todos los troncos. “Cortó cuatro, empezó el quinto, pero las manos le fallaron. No es el primero al que le ha pasado, ni será el último. No hizo el ridículo. No fue vergonzoso. Yo lo vi normal. A mí también me han pasado cosas. Quienes hemos andado así en el deporte hemos tenido días no muy fuertes. Y a Hasier le tocó uno de esos días”.


Pero para el hijo, aquella situación fue determinante. “Había que prepararse mucho físicamente, muy duro, y él no estaba dispuesto a entrenar tan fuerte. Su cabeza estaba siempre con su escritura. Y su cuerpo no le pedía aquel esfuerzo físico. Era como no tener hambre”, compara el padre. “Para mí no fue tan duro. ¿Sabes qué pasa? Que escuchar el apellido Larretxea tiene carga, tiene paquete. Si Hasier no hubiera sido hijo de Larretxea, habría sido para él más ligero, no le hubiera dolido tanto”.


"¿Y SI ACTÚAS CONMIGO?"

Hasier vive en Madrid desde hace diez años. “De no tener algo concreto que hacer allí, no era fácil que yo fuese”, reconoce el padre riendo. De aquello habla en pasado. Las cosas han cambiado. Cambiaron el día que Hasier le propuso la performance, como le había hecho ver un amigo. Viéndolo con perspectiva, Hasier se supo trabajar a su padre. “Él fue hábil y yo no fui torpe”. De hecho, no le pareció nada rara la propuesta. “Son dos culturas diferentes pero salen de la misma tierra, y además de la misma casa. Y las dos se pudieron unir muy fácilmente. La poesía es muy sensible, muy penetrante. Se adentra más que la aizkora [el hacha]”. Por eso la presentación en Madrid fue emotiva. “Nunca he visto a Patxi emocionado, y aquel día, sí”, cuenta su mujer y madre de Hasier, Rosario Gortari, que, por primera vez, también tendrá presencia en el evento de mañana (y de los de Zaragoza y Barcelona, esta misma semana). “Hasta hace unos años”, añade él, “jamás hubiera creído esta historia con mi hijo. Me siento muy contento de estar los dos juntos delante del público y hacerle sentir bien”.


Patxi no cree que la poesía de su hijo y esta relación especial a partir de la poesía le hayan cambiado. Pero la respuesta es totalmente contraria cuando la pregunta se dirige a su mujer y a su otro hijo, Garikoitz, ocho años menor que Hasier. “Claro que le ha cambiado”, apunta ella. “Se le ve más tranquilo, más activo en todo lo que tenga que ver con Hasier. Está dispuesto a cualquier cosa que Hasier prepara”. Es que antes, se defiende Patxi, “no tenía motivación”.
¿Entiende Patxi más a su hijo con la poesía? “No, sin la poesía le entendía perfectamente. No me ha hecho falta leer sus libros para entenderle”. ¿Y le escucha más? Sí, a eso sí le ha ayudado la poesía. “Es que es en eso en lo que has cambiado: ahora escuchas más”, le replica su hijo Garikoitz. El padre se lo toma bien: suelta una sonora carcajada. Y habla: “La vida tiene diferentes etapas. Cada diez años, una persona cambia de rosca, hacia atrás o hacia adelante. Y yo he ido hacia adelante. Esto ha sido una rosca doble. A ver hasta dónde llegamos”.

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