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Consejos

Cómo sobrevivir a los compromisos navideños

Algunos expertos animan a las personas introvertidas a abrirse un poco a aquellos compañeros con la que no se tiene relación. Otros, sin embargo, son partidarios de negarse cortésmente y hacer respetar el deseo de cada uno

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Ilustración de cuatro personas
Publicado el 24/12/2022 a las 06:00
Sí, estamos en plena vorágine de compromisos sociales prenavideños. Como seguramente en nuestra agenda aún quedan unos cuantos -no hemos hecho nada más que empezar, quizá con alguna quedada de amigos o cena de empresa-, todavía no nos sentiremos muy saturados. Pero llegará el momento -cuestión de días- en que lo estemos, por muy extrovertidos y animosos que seamos. Si encima pertenecemos al grupo de los introvertidos, es posible que el hartazgo y la pereza estén apareciendo ya, porque la sola idea de tener por delante una batería de eventos ya basta para generar estrés. ¿Hay alguna forma de que los introvertidos salgan airosos y sufran lo menos posible en estos ‘retos’ sociales? “¡Marcarse un objetivo sobre el evento o compromiso en cuestión!”, indica Beatriz Maroto, experta en Protocolo Social del Grupo Escuela Internacional de Protocolo (EIP). ¿Objetivo? ¿Antes de salir de copas o de cenar con tus familiares? Sí, sí. Para esa parte de la población mundial que se autodefine como introvertida -hay estudios que afirman que el 50% así lo cree- la planificación de las salidas y demás compromisos es su gran antídoto contra el sufrimiento.
“Es conveniente tener claro que nos vamos a juntar con gente que, a veces, no elegimos y, además, se suelen formar grupos muy grandes, con personalidades que van a chocar”, describe la experta. Así que aconseja hacerse un dibujo previo de la situación, “tanto si la reunión es en un entorno semiprofesional, como una cena o comida de trabajo, como si se trata de una de esas reuniones familiares con mucha gente”. Así todo lo que se salga de los esquemas del introvertido no será una sorpresa. Y luego, otra clave: cuando llegue el día, el introvertido debe ‘colocarse’ bien: es decir, sentarse cerca de las personas que menos le puedan turbar (no al lado del locuelo del grupo), para asegurarse alguna zona de confort.
EXPERIMENTOS
Una vez posicionado, ¿qué debe hacer? “Intenta dar un poco más que de costumbre, pero sin forzar mucho”, añade Maroto. Arropados por la euforia y la ‘felicidad ambiental’ de estos días, no es mal momento para hacer el experimento de abrirse un poco a gente con la que no se tiene mucha relación... o incluso que aborrecemos. “Por un día, se puede hacer un ‘borrón y cuenta nueva’ y ver qué pasa, es decir, dar una oportunidad a ciertas personas”, aconseja la experta en protocolo. Ella asegura que, a veces, hay sorpresas (¿será el espíritu de la Navidad?). O no, pero es divertido intentarlo. “Si no resulta, una sonrisa irónica siempre es útil”, recuerda la especialista en protocolo social.
Aunque es positivo que los introvertidos se abran un poco en estos compromisos navideños, la profesora de Psicología de la Universidad Internacional de La Rioja Elena Petkari destaca que no deben dejarse llevar y acabar haciendo cosas que no quieren. Casi siempre hay opción de escaquearse de una cita de este tipo y, si no es posible, es mejor que, con buenas maneras, hagan respetar su manera de ser. Que lo harán. “Es que los introvertidos no son tímidos, son otra cosa. No se suelen dejar llevar para encajar”, asegura. De todos modos, ella recuerda que en estas fechas hay personas -introvertidas o no- que no lo pasan bien por distintas causas (“alguna pérdida, estar lejos de su familia, recuerdos...”), de modo que los cuadros depresivos y ansiosos aumentan, igual que en verano, impulsados también “por esa felicidad que ven en todos” y que ellos no sienten. Así que, por muy entusiasmados que estemos nosotros, nunca debemos ‘jalear’ a alguien que nos parezca triste, introvertido, preocupado... Esos estados se deben respetar (además, el común de los mortales no sabe ni distinguirlos). “Por ejemplo, los introvertidos parecen distantes pero son buenos oyentes y buenos observadores”, asegura Petkari. Y pueden estar tan felices.
Juan Nieto, responsable de formación del Instituto Europeo de Psicología Positiva, también destaca que suelen ser buenos organizadores, por lo que “pueden encargarse de cocinar, de los detalles...”, pone como ejemplo. “En estos roles se van a sentir cómodos y útiles”, sostiene. Y una última aclaración de Nieto: “Tienen mala fama, pero ni son frikis, ni asociales ni odian las fiestas, es solo que para estar bien necesitan un umbral de estimulación bajo, pocas interacciones sociales y enseguida llegan a su nivel de fatiga (el de ‘basta ya’), así que estos días estarán al límite, sí. Los extrovertidos, al contrario, necesitan muchos estímulos, socializar con mucha gente, para estar bien, para lograr la activación cerebral que precisan”. Ninguno de los dos perfiles es mejor que el otro, pero los introvertidos, digámoslo así, son más autosuficientes a la hora de activarse.
- ¿Y qué pasa cuando en una pareja uno es introvertido y el otro extrovertido?
- Hay que entender las necesidades del otro, favorecerlas... ¡Y llegar a acuerdos! Nada de imposiciones. Y eso vale para parejas y para todo choque entre introvertidos y extrovertidos.

Las peligrosas cenas de empresa, todo descontrol

Estamos en plena época, sí. Y es, sin lugar a dudas, el momento del año de mayor despiporre: incluso los que nunca se salen del tiesto (y quizá precisamente por eso) suelen protagonizar alguna escena que luego da que hablar el resto del año. Y los que ya suelen ser la alegría de la huerta van desatados. Estas ocasiones son una prueba de fuego para mucha gente y para un introvertido... pues quizá un calvario, porque encima, al tratarse de algo profesional (algo que nunca se debe perder de vista, aunque suele ser lo que ocurre), el no acudir les deja mal cuerpo o en mal lugar. “Lo que pasa en estas ocasiones es que las personas, que tenemos la inhibición del comportamiento en una parte del cerebro llamada el córtex prefrontal, la desactivamos en buena medida, casi siempre por el exceso de alcohol. Entonces, somos incapaces de anticipar el castigo, las consecuencias de lo que hacemos...”, explica Huete. En este punto de evitar metidas de pata en las cenas de empresa (azotar al jefe en un pub, ligar con un compañero, criticar a alguien a lo bestia cuando está a dos metros...) los introvertidos tienen alguna ‘ventaja’: lo pasarán mal (bueno, también pueden reírse por lo bajini de los demás), pero “tienen los procesos de inhibición del comportamiento muy altos”, con lo que es poco probable que se pasen de la raya.
Para sobrellevar ese exceso de energía y euforia pseudolaboral y ese compañerismo exacerbado, el psicólogo aconseja a los introvertidos que centren sus esfuerzos en mantener “una conversación muy superficial, aunque esté cargada de tópicos, que en estas situaciones es preferible pasarse de soseras que acabar haciendo o diciendo algo que luego nos pueda pasar factura”. Que los introvertidos, aunque tienen más autocontrol en estas ocasiones, tampoco son inmunes al alcohol y a otros estímulos que pueden desinhibirles y crear situaciones incómodas. Que pierda los papeles un ‘echao palante’, vale, pero el cortado de la oficina... Sería la comidilla durante meses. O años, según el nivel.

Tener que estar con alguien que aborreces

Si a un introvertido ya le cuesta socializar, más difícil todavía es que tenga que hacerlo con alguien al que aborrece (un cuñado, un compañero de trabajo...). Parece algo insuperable y que puede amargar los días previos al evento a cualquiera. ¿Hay manera de salir airoso de este trance? “Hay que tener astucia a la hora de sentarse a la mesa y estar alerta para colocarse lo más lejos posible de esa persona que te cae muy mal. Hay auténticos expertos en este arte. Pero si ya tenemos asignado el sitio, lo mejor es intentar relajarse y ponerse a hablar con los que se sientan enfrente o al otro lado, con una actitud de escucha activa”, explica el veterano Enrique Huete, recientemente elegido Mejor Psicólogo del Año. ¿Y al personaje odioso en cuestión, qué? “Nada, cortesía y poco más”, sentencia el experto. Es decir, lo que hay que hacer primero es evitar su proximidad y, si no se puede, centrarnos en las otras personas que tengamos cerca como si fuesen los seres más interesantes de la creación. Y, por último, echar mano de la cortesía (sin pasarnos). “Aunque, a ver, si lo vamos a pasar muy mal y no nos vemos capaces de manejar la situación, siempre tenemos que valorar si nos merece la pena acudir a esta cita...”, deja caer Huete. “Y, si elegimos no ir, hay que hacer respetar nuestra decisión, con educación, a quienes nos insisten, por mucho que nos llamen ‘muermos’. Una buena opción para disculparse es una sonrisa y un ‘no soy mucho de esas cosas’, que no se trata de ponerse de malas”.

Aguantar al motivado del grupo sin perder el ánimo

“En todas estas reuniones navideñas podemos encontrar algunos ‘singermornings’ (¿cantamañanas?) que van de risotada en risotada...”, afirma Enrique Huete. Y es mejor tener clara esta certeza empírica desde antes de ir. Especialmente si somos introvertidos, el ‘singermorning’ va a hacer presa en nosotros, nos va a querer hacer perrear, bebernos la copa del trago en plan vikingo, nos va a pedir que contemos un chiste... Ante esto, ¿qué se puede hacer? La brecha entre un ‘motivado’, que posiblemente ha sumado alcohol a su euforia navideña, y un introvertido (o incluso una persona normal) es enorme... Huete recurre a un término de la psicología para explicar qué tenemos que hacer: la inoculación de estrés o vacuna de estrés. “Antes de la cita, si ya suponemos lo que más o menos va a pasar, tenemos que pensar en ello (en los chistes malos, en la suegra que nos quiere convencer para que nos comamos tres cogotes de merluza...) para diseñar cómo responder a ello. Por ejemplo, decidimos de antemano que al de los chistes le vamos a reír la gracia para que se quede tranquilo y a la suegra vamos a decirle que es muy amable por querer cuidarnos, pero que no. Anticipando esos comportamientos y nuestra reacción (se llama acción razonada), tendremos percepción de control y de poderío... ¡Y hasta vamos a disfrutar cuando lleguen esos momentos, porque pensaremos ‘ya sabía yo, je, je...’!”.
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