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Sevilla

Triunfo de Guillermo Hermoso de Mendoza y orgullo de Pablo en Sevilla

El joven torero de Estella se doctoró en la Maestranza y logró una merecida oreja tras una faena clásica y vibrante

Guillermo Hermoso de Mendoza, con el segundo toro de su lote, al que cortó una oreja.
Guillermo Hermoso de Mendoza, con el segundo toro de su lote, al que cortó una oreja.
EFE
  • Pablo García-Mancha
Actualizada 06/05/2019 a las 08:28

Guillermo Hermoso de Mendoza, apenas un niño vestido de blanco y plata. Pablo, serio, orgulloso y ceremonial, como si se entretuviera divisando el horizonte de tantos recuerdos sumergidos en la memoria del amarillo albero de una Maestranza casi llena y luminosa, una plaza rebosada de una luz primaveral y sedosa que competía con la armonía del toreo de su pupilo, que se envolvió sin pensárselo dos veces con la embestida de Sobrio, el toro de Fermín Bohórquez con el que se hizo doctor y que apenas le dio opciones de lucimiento en su presentación en Sevilla y en el escalafón grande del toreo a caballo. Orgullo de Pablo, que volvió a Sevilla nueve años después con toda la leyenda renovada en las ilusiones de Guillermo, que salvó a la postre una tarde de pesado afán por la inoperancia indolente de una corrida pasada de kilos y sobrada de pesarosas formas y fondo que se fue apagando por su vencida mansedumbre; toros que parecían competir con el vacío y que se fueron desinflando sin solución de continuidad. Por eso hubo que esperar al sexto, cuando se destapó el tarro de las esencias de Guillermo, con un Lucero negro de casi 600 kilos al que removió en sus entrañas de manisto aquerenciado con una faena juvenil y torera desde el único rejonazo con Barrabás hasta el descabello valiente con el que despenó al morlaco. Guillermo tenía que apostar y dejó claro que prefería dejar crudo al cornúpeta para apurar su bravura antes con las riendas que con los aceros.

No se arredró el joven torero, al que no pareció pesarle lo más mínimo ni la responsabilidad de tan señalada oportunidad ni la presión de una tarde de feria en Sevilla que gravitaba en torno a su presentación. Es el hijo de un mito y lo sabe y desde esa asunción de una responsabilidad infinita, planteó su faena con Disparate: en los medios del irregular anillo, todas las ventajas para el toro. Las batidas le salieron mecidas.

El castaño enroscado sobre sí mismo con en centro de gravedad de la suerte en el cimbreado tronco del torero. Ni una ventaja, la escuela del padre se aposenta en buenas manos, parecía dictar la cátedra con ese olé ronco de la aprobación y la mesura. Logró momentos muy buenos, pero se adivinan en Guillermo formas extraordinarias por el planteamiento cabal y mayestático de su toreo fundamentalmente clásico, sin caballazos, sin un aspaviento; todo le brota con donosura a pesar de que ese sexto toro de triunfo no fuera ni fácil ni de carril. Y ahí se recreció el toricantano de Estella, primero con Brindis y finalmente con Pirata, un tordo que atesora un corazón descomunal para detenerse un segundo mágico y literal en el momento único de la culminación del embroque para clavar tres rosas como tres soles en la Maestranza. Y quiso todavía más Guillermo, que no tuvo reparo en soltar las riendas y clavar un arriesgado par a dos manos que puso bocabajo el coso del Baratillo. Faena grande ante un toro de escaso relieve que multiplicó más todavía la importancia de una oreja a sangre y fuego. A sangre, por la excelente estocada, y a fuego, por el acertado descabello del que pendía la oreja que a la postre le pidió la plaza por aclamación. Presentación y doctorado con nota, sobrepuesto además al duro inicio con su primer cuatreño, que aunque era una pintura por la belleza de sus formas, se apagó tan de sopetón como lo hizo el resto de sus hermanos.

De hecho, Pablo sólo pudo lucir su maestría en el segundo de su lote con un nuevo caballo llamado Alabama, con tres espectaculares banderillas cortas. Fue un amanecer tibio del veterano jinete a que el palco le negó una oreja pedida mayoritariamente tras una gran estocada. También gustó mucho con Extraño, un caballo de origen luso-hannoveriano que ofreció una lección de lidia tratando de limar unas querencias indómitas e imposibles de su primer toro. Con Ícaro también ensayó las cercanías, pero la faena se terminó diluyendo en la mansedumbre del Bohórquez deshabitado de cualquier atisbo de bravura. Lea Vicens no pasó de convidada de piedra, aunque dispuso del lote de más opciones de triunfo. Se marcó una vuelta al ruedo en el quinto.

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