

El nacimiento del primer César
Diario de Navarra inicia hasta la final un repaso a los 13 navarros campeones. El pionero fue Juan Ignacio Retegui
Actualizado el 18/05/2022 a las 17:13
El primer alunizaje de 1969 supuso un antes y un después en el devenir de nuestro mundo. La odisea del Apolo 11 fue un viaje temerario hacia lo desconocido. Un salto al vacío sin precedentes en el que, finalmente, el astronauta Neil Armstrong hizo historia al convertirse en el primer hombre en pisar la Luna. Un año en el que Juan Ignacio Retegui (Erasun, 24 de junio de 1943) se encargó de encender la llama de la esperanza para los manistas del viejo reino. Nació el primer César.
El 30 de noviembre, el zurdo de Erasun sirvió de ejemplo a otros muchos pelotaris navarros, entre ellos su sobrino Retegi II, y convenció a los aficionados de que el palmarés del Manomanista dejaba de ser un coto vedado a guipuzcoanos, vizcaínos, alaveses y riojanos donde, hasta ese instante, habían sobresalido Atano III, Gallastegi, Barberito I, Soroa, Arriarán II, Ariño I, Ogueta, Azkarate o Atano X.


Fue su inquebrantable convicción en la victoria lo que le condujo a ser el primer navarro en alcanzar, a sus 26 años, una final individual en la élite de la mano profesional y conquistar para Navarra el primer título de esta índole. Rompió con una década e inauguró el inicio de una nueva época de dominio foral que prevalece hasta ahora.
Retegi I llegó a Bergara, lugar de la final, a bordo de un Peugeot 204 conducido por su botillero Martín Ezcurra. Logró sortear con éxito las inclemencias de un temporal de agua y nieve que atenazó Navarra y Guipúzcoa tres horas antes de que abrieran las puertas del frontón. Una borrasca que incluso sorprendió a su rival, Atano X, al cruzar el alto de Descarga.
A las doce menos cuarto de la mañana botó el primer saque de la final, la cual debía haberse jugado en mayo de no ser por los aplazamientos mes a mes a causa de un mal de manos del azkoitiarra. 49 minutos después y tras contabilizarse 172 pelotazos a buena, Retegi I tocaba el cielo al vencer por 8-22.
“Ganarle a ‘Atanillo’ era como tocar el cielo con los dedos. Ese día supuso una alegría indescriptible, me hizo sentir que ya había ganado todo en la pelota. Tenía el camino abierto para jugar con los mejores”, recordaba el seis veces campeón manomanista en una entrevista publicada en este periódico, coincidiendo con el cincuentenario de la hazaña.