Montaña
Hay un pico 'Navarra' en la tierra de los vikingos
Cambiaron la arena y el calor del desierto del Sahara por el hielo y la gelidez de Groenlandia. Se cumple medio siglo de la primera expedición foral a la ‘tierra verde’, la segunda gran expedición de la historia del montañismo navarro y que culminó con 14 escaladas


Publicado el 29/06/2023 a las 06:00
Cambiaron la aridez, las temperaturas infernales, las arenas del desierto del Sáhara y un largo viaje en jeep en las tierras de los tuareg por el hielo, las temperaturas gélidas, las paredes de terreno mixto y un traslado que, después de varios cambios de transporte, culminó en un pesquero esquimal a Groenlandia, la tierra de los inuit y colonizada por vikingos como Erik el Rojo a finales del siglo X.
Dos años más tarde de la primera gran expedición de la historia del montañismo al macizo africano del Hoggar, diez montañeros navarros firmaron en julio y agosto de 1973 las primeras escaladas forales en la isla de convirtiéndose en la segunda expedición de referencia en la historia del montañismo navarro. “El Hoggar abrió la puerta y Groenlandia fue el siguiente paso en el camino que continuaron el resto de expediciones forales en los siguientes años en las grandes cordilleras del Planeta.
UNA PLAYA DE UPERNIVIK
“Entonces ir a Nepal o a Andes era algo prohibitivo por el precio y los problemas que conllevaban. Hasta entonces, se iba a Etxauri, a Pirineos... a Alpes como mucho. Pero tras el Hoggar, que fue el gran inicio, una aventura impresionante e innovadora, buscamos otro objetivo y, a través de distintas publicaciones, planteamos el proyecto de ir a Groenlandia, un punto que, dentro de lo complicado, era más asequible”, recuerda ahora, medio siglo después, Daniel Bidaurreta Olza, que repitió como responsable de aquel viaje al igual que había hecho en el pionero periplo al sur de Argel.
A la tierra verde acompañaron a Bidaurreta, nueve montañeros más. Iñaki Tapia, Gregorio y José Ignacio Ariz, Abel Alvira y Carlos Santaquiteria repitieron tras la primera aventura de 1971 y, en esta ocasión, se les unieron Miguel Valencia (como médico), Javier Aldaya, Javier Garreta y Ángel Martínez.


“Groenlandia es un buen país para el alpinismo”. Una opinión del montañero aventurero británico Edward Whymper, tras recorrer en 1872 la costa oeste de la considera la isla más grande del mundo, que los navarros tomaron al vuelo para presentar un plan que la sección navarra del Grupo de Alta Montaña de España (GAME) en septiembre de 1972 y que fue aceptadp.
Pero, ¿dónde ir? Con sus 2.175.600 kilómetros cuadrados, el grupo se guió por los libros y publicaciones de expediciones, caso de las de la Universidad San Andrés de Escocia, para encontrar la isla Upernivik, en la costa oeste, que no había sido visitada por españoles y que ofrecía una zona con numerosas cumbres “cercanas o de más de 2.000 metros”.
“Fueron unos diez días de viaje desde Pamplona”. Los tres primeros para cruzar Francia en coche hasta Copenhague, después en un avión DC 8 a Söndre Strömfjord -ya en Groenlandia- y en helicóptero hasta Egedesminde -a 200 kilómetros más al norte- para llegar a Umanaq el 7 de julio tras día y medio de navegación “en una motonave”. Pero ése no sería su destino final. El grupo fue trasladado 80 kilómetros más al norte por un “pesquero local” hasta una playa pedregosa en la desembocadura del glaciar Sermeq Oiterdleq a la que llegaron el 11 de julio.
“No fue un viaje tan peligroso y de aventura como el del Hoggtar pero sí mucho más complejo y agotador por la logística y los cambios de transporte”, rememora el montañero navarro.
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MIEDO A SER 'ROBINSONES'
Allí, y tras recibir todo el material y víveres que dos meses habían enviado desde Bilbao (más algunos comprados en Umanaq), la expedición navarra se dividió en dos para explorar las posibilidades en dos zonas: el propio glaciar en el que habían instalado el campo base y en otro más al norte llamado Qungulertussup Sermia.
“Llevamos una zodiac deshinchada por seguridad, para poder trasladarnos a algunos asentamientos esquimales cercanos en caso de problemas, y la utilizamos también para poder explorar”, reconocía Bidaurreta. “No contábamos ni con guías ni con indicaciones claras de hacia dónde ir y, al contrario por ejemplo de lo que ocurría en los Alpes, los pasos de los glaciares eran muy peligrosos por las trampas que tenían en forma de grietas”, apuntaba Bidaurreta.
Tras modificar la situación de su campo base a una mayor altitud para evitar los porteos y el riesgo de esas zonas “donde el hielo estaba más quebrado”, la expedición se dividió en dos para iniciar las ascensiones, que presentaban fuertes desniveles ya que, partiendo casi al nivel del almar, rondaban los 2.000m.
En total fueron catorce cumbres escaladas -de ellas cuatro vírgenes- “en terreno mixto, en hielo y una roca terrible, descompuesta, peligrosa y de muy mala calidad”. De ellas -en picos coronados previamente como Gorm o Palup Qaqa- destacaron las aperturas de Iglodssuit (1.750m) y bautizada así en honor a un cercano poblado inuit, o Navarra, una cumbre de 1.820 metros que resultó “la más atractiva” de las primeras ascensiones que realizaron.


“Ahora Groenlandia ha dejado de ser un punto de atención para las expediciones alpinísticas. Las facilidades de transporte hace que Andes o Himalaya sean los grandes focos donde, con dinero, puedes ahcer trekking o cumbres. Pero, en aquellas décadas, Groenlandia era un punto importante de atención para montañeros italianos o británicos. Y nosotros quedamos muy satisfechos con lo conseguido”, explicaba el pamplonés quien, además, destacaba “la relación que mantuvieron con los locales” a pesar de que el idioma groenlandés era “inasequible”. “Nos entendíamos con las autoridades en inglés y ellos contactaban luego con los locales. Por eso, tuvimos mucho miedo de convertirnos en unos Robinsones -en referencia al náugrafo Robinson Crusoe- porque no teníamos nada claro que el pescador que nos llevó, y al que entregamos una nota con un mapa y el día exacto de cuándo tenía que volver a buscarnos no se olvidase de nosotros en aquella playa”, reconocía Bidaurreta quien llegó a labrar buena relación con un groenlandés que les acogió unos días en Usabaq y que, al tiempo, visitó Pamplona junto a su esposa inuit invitados por el montañero en Sanfermines.
El robo en un parque de Copenhague
“Fue una estupidez por nuestra parte, un exceso de confianza pero que casi nos cuesta la expedici´pon”. Daniel Bidaurreta no olvida el único incidente que, realmente, puso “en peligro” el viaje y que, paradójicamente, ocurrió sin llegar a pisar Groenlandia. “En el viaje de ida fuimos en coche hasta Copenhague porque no tenemos el dinero para el avión. Y al llegar encontramos un parque muy bonito. Con unas mesas, unos bancos... un sitio muy tranquilo. Y decidimos coger los sacos y pasar la noche allí. Pero nos robaron. Nos quitaron el dinero y cámaras de fotos pero también mapas, distintos materiales... Tuvimos suerte porque, bastante cerca de allí, tiraron todo lo que no era el dinero y las cámaras pero que eran imprescindibles para nosotros. Al final, compramos a prisa y corriendo una cámara y pudimos seguir”, recordaba el navarro.