Sudáfrica baja a Inglaterra de la nube y logra su tercera Copa del Mundo
Los Springboks extienden la hegemonía del Hemisferio Sur en los Mundiales con la victoria más abultada en una final (12-22) desde 1999


Publicado el 02/11/2019 a las 13:44
Inglaterra podrá salir de la Unión Europea mediante el Brexit del Reino Unido, pero no abandonará el Hemisferio Norte. Y hablando de rugby no son buenas noticias. De las nueve ediciones de la Copa del Mundo disputadas, ocho se las han llevado selecciones australes: la última, Sudáfrica, tras imponerse este sábado a la propia Inglaterra por 12-32 en la final disputada en Yokohama.
El XV de la Rosa no alcanzó a repetir contra los Springboks su excepcional actuación de las semifinales, en las que eliminó contra pronóstico a Nueva Zelanda. No en vano, firmar dos partidos por encima de las capacidades naturales en un lapso de siete días entra dentro de la categoría de lo muy poco probable, pero es que además Sudáfrica planteó a Inglaterra un desafío completamente opuesto al que le presentaron los All Blacks. Uno más difícil de combatir con las armas con las que cuenta el plantel de Eddie Jones.
Sudáfrica e Inglaterra repetían este sábado la final de 2011. Y en cierto modo, tras casi una década de dominio de la "escuela neozelandesa" y su juego de fantasía, el rugby ha regresado en este Mundial precisamente a esos tiempos en los que Bakkies Botha y Victor Matfield campaban a sus anchas por los campos aplicando la sempiterna visión de este deporte en la punta africana: dominio aplastante del juego cerrado, uso (o abuso) del pie para ganar territorio y defensa granítica. Inglaterra usó esta kryptonita para debilitar a Nueva Zelanda hace siete días; Sudáfrica no solo se mostró inmune, sino que dejó claro que nadie destila con más precisión este plan que ellos.
La primera parte fue una tortura para la delantera inglesa. Sufrió tres penalizaciones en los scrums, perdió un line out y a duras penas rascó algún metro de ventaja a la defensa sudafricana con sus voluntariosas embestidas. Ni siquiera cuando se plantaron a cinco metros de la línea de ensayo llegaron a quebrar la muralla rival y se tuvieron que conformar con sumar seis puntos gracias a dos penales transformados por Owen Farrell en 40 minutos. Los de Rassie Erasmus, mientras, se sentían cómodos en casi todas las fases del juego y no les preocupaba ser incapaces de encontrar la ventaja con el oval en la mano. Ni tienen jugadores para ello ni está en su ADN. Con 12 puntos con el pie de Handre Pollard les bastaba para doblar a su rival en el marcador al descanso.
INGLATERRA, SIN IDEAS
Inglaterra necesitaba reaccionar, encontrar una salida del atolladero, pero sobre todo minimizar sus errores. Los scrums los arregló como por ensalmo la entrada de Joe Marler por Mako Vunipola, que operó una impresionante transformación en el pack inglés, el cual paso de dominado a arrollador, mientras la televisión enfocaba al pilier de Saracens en el banquillo. Y para esquivar las pérdidas en el juego a la mano, Inglaterra intentó imitar, una vez más, la trinidad de la táctica sudafricana: patada a seguir, pelear el balón en el aire y ganar territorio.
El choque entró en una fase de rugby-tenis en la que Inglaterra no podía ganar. El medio scrum sudafricano, Faf de Klerk, correteaba feliz campo arriba y campo abajo, consciente de que ese juego no ponía en peligro una ventaja sudafricana que Pollard había ampliado a nueve puntos (6-15). Era cuestión de tiempo que su rival cometiera un fallo. Y en el minuto 66 se abrió la puerta. La línea inglesa, muy cansada y agitada por el vaivén de las continuadas patadas, dejó un hueco en su flanco derecho. Malcolm Marx -un talonador- encontró a Mapimpi con un pase que rozó el adelantado y el ala rompió la línea por primera vez en 65 minutos de juego. Una sencilla combinación, tuya-mía, con Lukhanyo le permitió anotar el primer ensayo y romper la final (12-23).
Inglaterra no había encontrado ni un sola fisura en la defensa sudafricana y, con 15 minutos por jugar, necesitaba dos ensayos. Sabía que era una empresa hercúlea, que excedía sus capacidades. Entregó la cuchara. El otro ala sudafricano, Cheslin Kolbe, hurgó en la herida con un ensayo en una jugada individual, tras aprovechar un error -uno más- en el juego a la mano inglés. Puso el 12-32, certificó el triunfo de Sudáfrica en el Mundial e hizo temer que la selección europea fuera a encajar la derrota más abultada en una final. Por suerte, solo hubo tiempo para que Pollard hiciera un postrero guiño a la tradición sudafricana con un intento de drop. El oval estuvo cerca de salir por la banda, pero seguro que Jannie de Beer sonrió. Francois Pienaar, el legendario capitán de la selección del 95 -inmortalizada por Clint Eastwood en Invictus- ya celebraba en la grada el tercer título para su país. Sudáfrica, doce años después, vuelve a reinar.