Obituario

Riaño era Humphrey Bogart

Jesús, como tantos veteranos formados en la máquina de escribir, aporreaba el teclado del ordenador con la pasión del delantero en la boca del gol

Jesús Riaño
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Jose Murugarren

Actualizado el 11/12/2021 a las 17:51

Hay quien entiende el trabajo como una carga imprescindible para ganarse las alubias. Una penalidad para tirar adelante. Están quienes ven objetivos elevados de servicio, solidaridad o realización personal y hay sesudos sociólogos que cuando analizan el ADN de la actividad laboral solo descubren una rutina que suma días a los años en una etapa larga de la vida. Luego están los forofos. Esos son tipos para dar de comer aparte a quienes de nada sirven las teorías de los expertos. Personas que en algún momento se chutaron en vena una capacidad especial para hacer del trabajo la vida o de la vida el trabajo, que probablemente es lo mismo y disfrutarlo. Jesús Riaño, periodista con mayúscula, era de estos últimos. Se ha marchado sin revelar cuál era la verdura, la fruta mágica o la pócima que se metía en el cuerpo y le imprimía pasión por el oficio y por los colores de Osasuna. Jesús, como tantos veteranos formados en la máquina de escribir, aporreaba el teclado del ordenador con la pasión del delantero en la boca del gol. Muchos llegábamos a la Redacción todos los días. Él aterrizaba con el ruido de su conversación como un “boeing” en la entrada del periódico. Venía pegado al auricular de la radio o del teléfono. Voceaba su hiperactividad, sus conversaciones con entrenadores, técnicos, futbolistas a quienes no dejaba descansar hasta lograr el nombre, el dato, la fecha..., la noticia. Sentado en su mesa se perdía entre el manojo diario de papeles, sus previas , sus investigaciones de periodista. Saludaba y se despedía con latiguillos a todo el mundo “¿qué pasa pequeño?, hasta luego Lucas”. Daba igual que te llamaras Adriana, Fernando o Iñaki cuando él se despedía todos éramos Lucas. Genio y figura. Venía de un tiempo en el que fumar farias en la Redacción no era pecado sino marchamo de solvencia. Y eso que había compañeros que llevaban mal el humo, el olor a puro, el tabaco en general. ¿Pero quién hubiera exigido a Humphrey Bogart que dejara de fumar? Riaño en el Diario era un Humphrey de ojos claros. Un periodista, oiga. DEP

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