Viejos conocidos, nuevas citas

Ardoi y Egüés optan por el ascenso. No hay rivalidad, solo recuerdos

Anton Savitski (izda.) y Jon Ganuza (dcha.) posan bajo una canasta en Mutilva, el pasado jueves
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Anton Savitski (izda.) y Jon Ganuza (dcha.) posan bajo una canasta en Mutilva, el pasado jueves
Anton Savitski (izda.) y Jon Ganuza (dcha.) posan bajo una canasta en Mutilva, el pasado jueves

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Miguel Cebrián

Publicado el 18/05/2024 a las 05:00

El baloncesto masculino navarro tiene este sábado una doble cita importante. Valle de Egüés y Mecagalcalzado Ardoi pelean en las dos semifinales, en el polideportivo de Maristas, para optar a un último billete que les ascienda, de nuevo, a la categoría EBA. Egüés se enfrenta a la Universidad de Deusto a las 16 y Ardoi, al Atlético San Sebastián a las 18.30. A dos días vista de sus respectivos lances, Jon Ganuza, técnico del Ardoi y Anton Savitski, jugador de Egüés, echaban la mirada atrás. Solo uno de los dos ascenderá este fin de semana. O no. Termine como termine, los dos admiten habérselo pasado muy bien.

Ambos son parte de la historia del baloncesto navarro por su calidad en la pista y su dedicación a fomentar el nivel deportivo de la Comunidad foral. El pasado jueves, en el bar La Era de Mutilva, Ganuza y Savitski repasaban de forma distendida la situación que viven ahora, lo que han pasado en sus carreras y lo vivido esta temporada. Y dejan claro que son mejores amigos antes que posibles rivales.

DA PARA LARGO

Antes de que llegara su “rival” al bar de Mutilva, Ganuza apuraba una cerveza. Acababa de terminar su jornada laboral y se merecía un descanso. Cuando se le pregunta por su orígenes en el baloncesto no puede evitar mirar para arriba. Recuerda botar un balón con 8 años y pasar por Maristas antes de que se extinguieran. Tras esa formación, le llamaron para ir a Egüés en liga regional, y formar parte del origen del club tal y como se le conoce hoy en día. En ese debut se quedaron a las puertas de ascender a interautonómica tras perder la final. Se mantuvo en el equipo varios años mientras lo compaginaba con su vocación de entrenador, algo que descubrió con 15 años y que continúa haciendo. “Ya son años”, asegura mientras se ríe. En total estuvo siete temporadas en Egüés como jugador, equipo con el que ahora tiene muchas papeletas para enfrentarse en la final de este domingo. Toca madera. Al rato, su posible rival Antón Savitski llega con paso tranquilo y sonriente al bar. “¿Quieres algo?”, pregunta Ganuza. Niega con la cabeza.

Tras una lesión en el tendón de Aquiles, Ganuza abandonó las pistas y se centró en su recuperación, pero antes de que eso sucediera, su carrera dio un vuelco. El Egüés pretendía contar con él como entrenador tras ascender, en categoría nacional, junto a Alberto Sáez. Accedió y lograron mantenerse en su primer año. Al año siguiente, emigró a San Cernin para continuar su carrera como jugador y también como entrenador de los juniors, con los que logró alzarse con el trofeo de campeones de liga. En ese equipo jugaba Javier Ojembarrena, actual pívot del Ardoi, del que Ganuza es técnico. Una vez más, todo queda en casa.

El navarro escaló puestos y terminó siendo coordinador de San Cernin durante dos años, trabajo que compaginaba con el de segundo entrenador del Ardoi de EBA donde se encontraba por aquel entonces Savitski. Ya lo conocía de antes, se habían enfrentado cuando eran juniors, pero es ahí cuando estrecharon su amistad. “Hasta que, a día de hoy, es mi mejor amigo”, dice con una sonrisa.

En las temporadas 2020-2021 y 2022-2023 fue entrenador del Navasket en primera regional e interautonómica, hasta que recibió una llamada de Pope Urtasun: necesitaban que volviera a Ardoi como primer entrenador en Liga Nacional. Reestructuró el equipo y este año ha logrado hacerles soñar con el ascenso directo, algo que podría haberse materializado la semana pasada de no ser por Tabirako. Ahora, con su equipo líder en números ofensivos, tiene la posibilidad de, si ganan su semifinal, enfrentarse a un equipo del que él ha escrito buena parte de historia y donde juega Savitski que ahora, como muchas otras veces, se prepara para contar su historia.

SUR Y NORTE

Cuando se le formula la misma pregunta a Savitski sobre sus inicios, en vez de mirar al techo directamente resopla. Ha vivido mucho. Zizurtarra, empezó su relación con las canchas en las categorías inferiores de Ardoi. Cuando cumplió la mayoría de edad y con un talento a día de hoy imperecedero, se fue a jugar fuera como profesional, pisando muchos vestuarios. No se acuerda de todos, muchos de ellos estaban por el sur. A los 26 volvió para jugar en Basket Navarra durante tres años y, después, regresó a Ardoi para prestar su talento en EBA durante nueve temporadas. Sus dos últimos años de carrera se han desarrollado en Navasket, con Ganuza como entrenador y ahora en Egüés. “He estado jugando más como aficionado que profesionalmente”, admite. Ahora, en su primer año como jugador en Egüés, el icónico jugador navarro se mide las caras contra el equipo que le vio crecer durante casi una década y donde, casualidades del destino, es entrenador uno de sus incondicionales de la cuadrilla.

A dos días de que cada uno tome rumbo a las semifinales, los dos fantasean con calma con la posibilidad de un derbi como final a una temporada apoteósica. “Hace falta mucho para ponerse nervioso a mis 38 años”, reconoce Savitski. Los chicos de Ganuza han sabido compaginar un talento único con un altísimo nivel donde el físico es el epicentro, mientras que el Egüés de Savitski ha sabido mezclar la experiencia que confiere una plantilla curtida con, también, un talento de época.

Ahora se toman el lujo de tomarse el pelo. “Yo le vacilaré cuanto pueda”, admite Ganuza mirando a Savitski. Él dice que piensa hacer lo mismo, y también están los dos de acuerdo en otra cosa: en el momento en el que el balón salga de las manos del árbitro, no hay amigos que valgan.

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