Tribuna cultural
Cuando Lovecraft tuvo pesadillas con la Pamplona romana
El autor recuerda el sueño que el autor estadounidense de relatos de terror tuvo tal noche como la de hoy sobre Pompelo


Publicado el 31/10/2026 a las 05:00
"Jamás me acercaré a Pamplona en la noche de Todos los Santos”. Con esta confesión resumió H.P. Lovecraft a un amigo el impacto de un sueño que tuvo tal día como hoy del año 1927. Mucho después, la impresión continuaba intacta: “Nunca he dejado del todo de tener sueños romanos de una vivacidad y un nivel de detalle sumamente desconcertante (…). Viví durante días como un romano en España (…) e incluso después de seis años, el recuerdo sigue siendo desconcertantemente nítido. A la luz de fenómenos semejantes, comprendo a la perfección las creencias sobrenaturales de épocas en las que aún no había nacido la ciencia psicológica (…)”. ¿Cómo es posible que el padre del horror cósmico tuviera pavor a pasar una noche como la de hoy en Pamplona?
Muchos no sabrán quién es Lovecraft. Fue un autor norteamericano de Providence, ignorado por los círculos literarios académicos, pero adorado en la actualidad por millones de amantes del terror y la ciencia ficción. Fue un personaje atormentado, erudito, abigarrado, incomprendido y muy problemático. Hoy en día genera millones de dólares en libros, juegos, películas o series de televisión y hasta se celebran grandes convenciones sobre él en los EE.UU.
Pero ¿de dónde viene su insólita relación con la capital navarra? Nunca vino a Pamplona, pero tuvo un sueño que él vivió como real, de una vida pasada. En él Lovecraft era un cuestor romano de finales de la República (siglo I a.C.). Su nombre era L. Caelius Rufus y estaba destinado en Calagurris (Calahorra). La narración arranca con la frase “Era una puesta de sol llameante en el pequeño municipio provincial de Pompelo...”. Al norte, en las montañas, habitaba un pueblo antiquísimo (the very old folk) que hablaba una lengua que ni los propios vascones lograban comprender. Celebraban unos ritos terroríficos las vísperas de las calendas de mayo y noviembre. Unos días antes, desaparecían personas para ser sacrificadas y ese año había motivos para esperar algo peor. Desde hacía un tiempo se oían tambores amenazantes en las montañas, y los pamploneses solicitaron ayuda a Rufus, quien convenció al gobernador para acudir con una cohorte. Una vez allí, Lovecraft describe la ciudad y la sociedad pompelonense, hasta que el gobernador dio la orden de iniciar la expedición de castigo. Se dirigieron hacia el norte siguiendo el sonido de los tambores, que sonaban cada vez más fuertes. Al llegar a un desfiladero, un viento fuerte les envolvió y aparecieron fogatas, y cundió el pánico entre los legionarios. Luego se desató la masacre. Todos murieron y se perdieron las águilas, el estandarte más preciado de la legión. La muerte del gobernador se describe de forma terrible, con la mirada en el cielo, describiendo las estrellas y pronunciando la frase “Malitia uetus est… Venit, tandem uenit”. En realidad, los pretendidos civilizadores resultaron ser las víctimas de ese año, tras haber acudido dócilmente al llamamiento.
El texto forma parte del canon oficial de escritos de Lovecraft bajo el título The Very Old Folk. A mí, que soy pamplonés, que me dedico al estudio de la Historia Antigua y conocía a Lovecraft, descubrirlo hace ya más de una década me causó una profunda impresión. Pude estudiar esta carta, encontré muchas otras que escribió sobre el mismo asunto, y he publicado y dado algunas conferencias en foros internacionales. Y no deja de impresionarme cómo el enorme poso durmiente de erudición de Lovecraft emerge en este sueño de forma inconsciente: La trama inicial que articula el relato (un funcionario en Calagurris atendiendo una solicitud de los pompelonenses) nos remite claramente a la inscripción de bronce procedente de Arre (119 d.C.) donde el jurídico Claudius Quartinus responde desde Calagurris a una consulta de los magistrados de Pompelo. Al describir el cielo de aquella noche, Lovecraft, un apasionado de la astronomía, menciona la estrella Fomalhaut. Ésta sólo se ve en el anochecer de Pamplona y Providence, su ciudad natal, en otoño e inicios del invierno. Finalmente, la masacre del gobernador y la cohorte en un desfiladero del norte de Navarra recuerda necesariamente a la batalla de Roncesvalles.
La investigación, como he dicho, me ha permitido localizar otras cartas. En una de ellas, señala que pensaba utilizar la historia para escribir un relato más extenso. Nunca llegó a hacerlo, pero dejó reflexiones como la siguiente, inédita y que publico aquí por primera vez, que merecen formar parte de los testimonios destacados de la literatura universal dedicados a la capital navarra: “Tendré que consultar Pampelona (sic.) en alguna guía o libro de viajes, y ver cuáles pueden ser sus antiguos relatos y supersticiones. Pero jamás me acercaré a ella en la noche de Todos los Santos -la víspera de las calendas de noviembre-. En el apacible verano sería interesante excavar en esas colinas arcaicas, y explorar cierto desfiladero en busca de las águilas, largamente sepultadas e incrustadas, de cierta cohorte olvidada”.
Ya saben: si están hoy en Pamplona, tengan cuidado esta noche.
Pablo Ozcáriz Gil. Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Rey Juan Carlos. Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia