Historias familiares

Los argumentos de la vida

Hablar en público no solo sirve para ser diputado o presidente del Gobierno sino para vivir y defender tus propios argumentos

Escena de la película 'El discurso del rey', en la que se cuenta la historia del monarca británico Jorge VI, de su tartamudez y dificultades para pronunciar un discurso por la radio.
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Escena de la película 'El discurso del rey', en la que se cuenta la historia del monarca británico Jorge VI, de su tartamudez y dificultades para pronunciar un discurso por la radio.DN
Escena de la película 'El discurso del rey', en la que se cuenta la historia del monarca británico Jorge VI, de su tartamudez y dificultades para pronunciar un discurso por la radio.

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Sonsoles Echavarren

Publicado el 25/10/2026 a las 05:00

Me ha sucedido más de una vez. Estar presentando un libro, moderando una mesa redonda o al frente de una jornada y quedarme de repente en blanco. Por unos segundos. Sin las palabras en mi boca y el miedo en la del estómago. Quizá no se haya notado porque enseguida retomo el hilo y lo enredo por otro lado. Pero solo de volver a pensar en esa sensación rompo a sudar. Con ese sudor frío que te deja las frases al borde de un precipicio. 

Así que cuando me toca hablar en público, prefiero pensar que no hay personas escuchando y que solo converso con mi interlocutor mientras me tomo un café. Y hasta puedo escuchar el tintineo de la cucharilla contra la loza de la taza. 

Todas estas situaciones me han venido estos días a la cabeza durante el Torneo de Debate de Bachillerato organizado por la UPNA y el Parlamento de Navarra y en el que han participado más de un centenar de estudiantes de veinte colegios e institutos. Entre ellos, mi hijo mediano. 

Cada vez que él subía al atril a exponer una tesis, argumentar o refutar al equipo contrario temía que los latidos de mi corazón se escucharan por toda la sala. De los nervios que acumulaba.

Y me he dado cuenta de lo importante que es saber desenvolverse en público. No solo para ser diputado o presidente del Gobierno. Ni siquiera para dirigirte a tu clase de Lengua o de Matemáticas. Sino para vivir. Porque, ¿qué es más importante que escuchar al otro y defender nuestros argumentos? 

Aplaudo iniciativas como esta de la UPNA para promover el debate entre los bachilleres. Una costumbre, cada vez más arraigada en los centros escolares, pero que en nuestros tiempos, o sea hace más de cuarenta años, resultaba una utopía. Más allá de las conferencias sobre perros y gatos que debíamos preparar en EGB. Tampoco recuerdo que en el instituto ni en la universidad se fomentaran estrategias o habilidades para disertar con fluidez. Algo que sí ocurría en otros lugares, como Estados Unidos o los países latinoamericanos, en los que la oratoria se enseñaba y enseña desde las aulas de Educación Infantil.

El arte de la retórica es tan antiguo como la humanidad. En la antigua Grecia, el buen orador alcanzaba prestigio y poder político y en la escuela sofista se enseñaba a los alumnos a argumentar y persuadir. ¡Ojo! No lo veamos como algo negativo. Porque alguien persuasivo no engaña sino que insiste y te convence de que tiene razón. ¿Supone o no un arte?

Los romanos, como en todo, siguieron con la tradición griega. El poeta, filósofo y orador Cicerón escribió tratados de oratoria que aún se estudian y el pedagogo y abogado Quintiliano fue el primer profesor de retórica con cátedra pública en Roma.

Desconozco si los bachilleres que han participado en esta XVII edición del concurso de debate han escuchado hablar de ellos o les suenan sus obra. No sé tampoco si sabrán que el líder del movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos Martín Luther King consiguió que su discurso I have a dream (Tengo un sueño) pasara a los anales de la retórica. Como la famosa frase de “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas” con la que el primer ministro británico Winston Churchill arengaba a las masas al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. O la inspiradora disertación del creador Apple Steve Jobs, en su discurso de graduación en la Universidad de Stanford; o la de Malala, activista paquistaní por la educación femenina, en la ONU.

Lo sepan o no, los jóvenes oradores han demostrado coraje y determinación para hablar en público. Una experiencia que les servirá de por vida. Y quizá así no tengan miedo a quedarse en blanco. Sabrán colorearlo con sus propios argumentos.

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