Verano
El refugio de María Iraburu, rectora de la Universidad de Navarra, en plena naturaleza
La rectora de la Universidad de Navarra escogió este verano una ruta por el valle de Hecho y el ibón de Estanés junto a dos amigas investigadoras


Publicado el 31/08/2026 a las 05:00
No hace falta llegar a una gran cumbre para desconectar. A María Iraburu le basta con un sendero, unas horas por delante y la montaña alrededor. La rectora de la Universidad de Navarra, antes del inicio del nuevo curso, ha encontrado en la naturaleza y en la montaña su particular refugio de verano, “al igual que muchos navarros”. Para la rectora, estar al aire libre es ya sinónimo de “desconexión” como forma de huir de la rutina ordinaria.
Este verano volvió al valle de Hecho y al ibón de Estanés, al que llegó por Aguas Tuertas. No era un destino nuevo para ella porque nunca le preocupa repetir esa ruta. Esta vez, además, tuvo compañía: dos amigas investigadoras que estaban de paso por Pamplona durante el período estival se sumaron a la excursión.
El recorrido no defraudó. Después de disfrutar de las vistas de la cresta caliza de Secús, la niebla comenzó a ganar terreno y terminó cubriendo el paisaje. Al llegar al ibón, apenas pudieron verlo durante unos segundos, dejando todo el protagonismo al lago. “Casi como si fuera un regalo”, recuerda Iraburu. La escena terminó formando parte de la memoria de aquella jornada y, por extensión, del verano.
UNA PAUSA TAMBIÉN DOMINICAL
La montaña ocupa para la rectora un lugar parecido durante el resto del año: su relación con la montaña no se limita en exclusiva a las vacaciones estivales. Cuando la agenda se lo permite, procura escaparse al Pirineo, un destino al que acudir para salir por unas horas del ritmo habitual, y recuperar una perspectiva que, reconoce, a veces se pierde entre las obligaciones del día a día. Si no consigue pasar unos días en Formigal o en Cerler, busca una excursión de jornada completa. No se considera una montañera de grandes ascensiones. Lo suyo son las caminatas largas, especialmente aquellas que tienen un río o un lago como parte del recorrido.
No obstante, no hace falta desplazarse hasta el Pirineo para encontrar ese paréntesis. El Adi, el Saioa, el Irumugarrieta o la Peña Izaga son algunas de las cimas que suele elegir cuando solo dispone de una mañana de domingo. Unas horas de camino y esfuerzo antes de comenzar una nueva semana.
De esas salidas dominicales Iraburu valora precisamente la combinación del esfuerzo físico, el contacto directo con la naturaleza y la posibilidad de compartir el recorrido con otras personas. Más que una huida, las entiende como una “manera de regresar a la rutina con otra disposición”.
También como una oportunidad para reparar en un paisaje que, por cercano, puede pasar inadvertido. “A veces pienso que no somos conscientes —no soy consciente— del regalo que es tener tanta belleza tan cerca de nosotros”, afirma. Navarra permite pasar en pocos kilómetros de los núcleos urbanos a espacios naturales de gran valor, muchos de ellos vinculados durante generaciones a la actividad humana. Esa cercanía hace que la naturaleza forme parte de la vida cotidiana, pero también recuerda que no está exenta de riesgos.


UN MENSAJE PARA LA REFLEXIÓN
Los incendios de este verano han vuelto a poner de manifiesto la “fragilidad” de estos paisajes y la necesidad de conservarlos. Para Iraburu, disfrutar de la montaña también implica asumir esa responsabilidad y cuidar los lugares que ofrece.
Por eso, su refugio no está necesariamente en un lugar concreto. Está en volver a recorrer un camino conocido, compartir una excursión o detenerse unos segundos ante un lago entre la niebla. La montaña le permite desconectar y tomar distancia antes de regresar a la rutina.