El refugio de Maite Itoiz, un escenario de cuento
Pueblos, abadías, castillos, ruinas, bosques, ríos, rocas… "Todo parece diseñado por maestros élficos para dotarlo de una perfecta armonía", describe la cantante navarra


Publicado el 28/08/2026 a las 05:00
Fue hace más de una década, durante una visita a unos amigos, cuando Maite Itoiz tuvo la oportunidad de conocer la región de la Dordoña, al suroeste de Francia. Desde entonces, ha regresado en numerosas ocasiones. Pueblos, abadías, castillos, ruinas, bosques, ríos, rocas… “Todo parece diseñado por maestros élficos para dotarlo de una perfecta armonía”, describe la cantante navarra al evocar un refugio que para ella tiene toques de cuento de fantasía.
Además de la “tranquilidad y paz” que siente cuando está allí, son muchos los motivos que la llevan a volver: “Sus pueblos medievales perfectamente cuidados”, el tramo del Camino de Santiago salpicado de iglesias templarias “siempre abiertas y con música suave de fondo, en las que te sientes transportado a películas tipo El nombre de la rosa”; los castillos con sus jardines “delineados al milímetro”, las celebraciones locales y la gastronomía, enumera.
En estas escapadas suele viajar junto a su marido, el cantante John Kelly; su perrita y dos amigos que viven allí y se convierten en sus guías: “Cada vez que vamos, nuestros amigos nos sorprenden con nuevos e increíbles lugares que no conocíamos. Hay tanto por explorar y descubrir que parece que no se acaba nunca”, cuenta.
A la hora de desconectar, la Dordoña le ofrece dos experiencias aparentemente opuestas. Una, en contacto con la naturaleza y la calma del río Vézère: “Sentarte a orillas del río y verlo bajar tranquilo, escuchando los patitos, rodeado de árboles, puentes medievales y castillos”. La otra, bajo tierra, adentrándose en un mundo de oscuridad y silencio: “Disfrutar del sonido de las gotitas milenarias formando cascadas calcáreas brillantes como diamantes”, describe.
Las cuevas prehistóricas de la región merecen, para Itoiz, un capítulo aparte. “Me engancha ese mundo subterráneo, es como entrar en otro mundo de dimensiones inesperadas y de una belleza sublime donde curiosamente te sientes acogido”, explica.
Para disfrutar del arte rupestre, recomienda la cueva de Rouffignac: “Tiene un trenecito que te lleva hacia las profundidades de los túneles, donde descubres pinturas de rinocerontes lanudos, nidos de osos cavernarios y marcas de sus zarpas por las paredes”.
En su última visita, el destino fue Saint-Jean-de-Côle, considerado uno de los pueblos más bonitos de Francia. Visitaron la localidad coincidiendo con Les Floralies, una gran feria y mercado de plantas que se celebra durante el segundo fin de semana de mayo. En este marco, la localidad se transforma en un auténtico escenario de cuento, “con su puentecito engalanado con flores”, detalla Itoiz. Incluso los niños del pueblo participan en la celebración: por una propina, cargan las compras que realizan los visitantes en pequeñas carretillas decoradas y las llevan hasta los coches.
Esta última escapada tuvo también sus dosis de naturaleza, historia y gastronomía. Hubo caminatas, recetas de pato -producto estrella de la cocina local- y postres elaborados con nueces y miel ecológica, esta última “procedente de las colmenas de uno de mis amigos, que es apicultor”.
También recorrieron un canal construido por monjes cistercienses en el siglo XII para conducir el agua de un manantial de montaña hasta la abadía de Aubazine. “Estaba en perfecto estado y funcionando”, recuerda con asombro. La Dordoña también se puede admirar desde el agua, haciendo kayac por los ríos: “Ver los castillos y acantilados troglodíticos desde tu canoa es todo un espectáculo”, recomienda.