Historia
El militar roncalés que tuvo cinco vidas: mercenario, corsario, ingeniero, conde y renegado
Su habilidad como corsario le valió el apodo de ‘Roncal el salteador’. En 1500 se incorporó al ejército del Gran Capitán, quien le dio el título de conde. Uno de sus grandes éxitos fue la conquista de Orán. Finalmente fue encerrado en Castel Nuovo (Nápoles)


Actualizado el 26/11/2025 a las 16:51
Tradicionalmente los valles del Pirineo han destacado por alumbrar más población de la que han podido sostener, obligando a los excedentes a emigrar como pastores trashumantes o soldados. Desde el año 1412 el valle de Roncal había conseguido que Carlos III el Noble reconociera a todos sus habitantes la condición de hidalgos y confirmara el derecho a gozar de los pastos de las Bardenas Reales. A la vez les imponía la obligación de defender a los reyes de Navarra como los demás infanzones o hidalgos. Sancionaba así la doble vía ganadera o militar que se ofrecía a los roncaleses para el medro. La hidalguía universal no garantizaba un nivel de vida elevado en una sociedad excedentaria desde el punto de vista demográfico. Esta realidad debe tenerse en cuenta a la hora de entender la trayectoria vital del personaje.
Hay que añadir una localización para entender la primera referencia a su persona. Se trata de Sangüesa, que en los siglos XV y XVI se convirtió en centro de confluencia del mercado maderero y lanero de los valles pirenaicos tanto navarros como aragoneses, pues en ella confluyen los ríos Irati y Aragón, junto con las cañadas roncalesa y salacenca hacia las Bardenas. Los principales protagonistas de esta actividad mercantil fueron los Añués, que acabaron encumbrados a la nobleza.
Esto explica que en torno a 1475 unos mercaderes genoveses estuvieran en Sangüesa y un joven roncalés llamado Pedro Bereterra, nacido en Garde en torno a 1460, se uniera a ellos como criado o como mozo de guarda, pues era corpulento. No en vano años después se le describe como “alto, de tez morena y de ojos, barba y cabellos negros”.
MERCENARIO Y EXPERTO EN MINAS EN ITALIA (1475-1487)
Lo primero que hizo en Italia fue cambiar su apelativo. Bereterra era difícil de pronunciar en italiano. Optó por sustituirlo por el del valle originario. Durante un cuarto de siglo, hasta 1500, será Pedro de Roncal, con el también designará en 1510 a su padre, su hermana y su sobrina. Dentro del valle era ilógico utilizarlo, pues todos sus habitantes eran de Roncal. Fuera del valle permitía incluso reivindicar un origen en la baja nobleza y medrar en la vida militar.
Pasaron muchos años hasta que comenzaron a emerger noticias de Pedro de Roncal. Probablemente ya como hombre de armas estuvo al servicio del cardenal Juan de Aragón, hijo del rey Fernando I de Nápoles, pero la muerte de este purpurado en 1485 le dejó sin amo y le obligó a buscar otro puesto como mercenario.
En 1487 Pedro de Roncal sirve a Florencia en su guerra con Génova e intenta volar con una mina la fortaleza de Sarzanella. No lo consiguió, pero quedó acreditada su pericia en la técnica de excavar un túnel para colocar un explosivo que derribara la muralla situada encima. Si no fue el inventor de esta técnica, como a veces se le considera, su figura responde a un precedente de ingeniero militar.
CORSARIO DESDE CROTONA (1487-1500)
Tras esta guerra mantuvo su dedicación a las armas, pero dando un giro geográfico y tipológico. Se trasladó al sur, a la costa oriental de Calabria y se puso al servicio del marqués de Crotona como corsario. El marqués era Agustín Centellas, un valenciano casado con la marquesa que ejercía el corso con patente extendida por los reyes de Nápoles, para asaltar naves turcas o sarracenas, pero también venecianas o de otro origen. Pronto demostró su habilidad como marino y corsario, hasta ser conocido como “Roncal el salteador”. Los perjuicios causados a los venecianos hicieron que en agosto de 1497 el almirante Andrés Loredan lanzara una expedición de castigo que atacó la flota de Pedro Roncal en Roccella Ionica, cercó el castillo de Crotona y devastó el entorno.
Por entonces ya se había planteado la pugna entre Francia y España por el control del reino de Nápoles, gobernado por una rama bastarda de la casa real aragonesa. El marqués de Crotona se inclinó del lado francés y, cuando el Gran Capitán derrotó a los franceses, perdió su feudo. Tampoco tuvo suerte como corsario, pues fue apresado por los turcos, que le dieron muerte. Su viuda e hijo dieron un barco a Pedro de Roncal, que siguió como corsario por su cuenta. Tampoco tuvo excesiva suerte, pues en un enfrentamiento con una nao portuguesa fue herido y perdió parte de las nalgas.
Se refugió en Civitavecchia, el puerto de Roma, para curar sus heridas. La convalecencia le permitió analizar la situación de Italia con frialdad. No era posible mantenerse como corsario o mercenario por su cuenta. Francia y España se enfrentaban por el reino de Nápoles y por el control de Italia. Sólo cabía ofrecer sus servicios a una u otra potencia.
AL SERVICIO DEL GRAN CAPITÁN: CONDE DE OLIVETO (1500-1507)
El 5 de junio de 1500 el Gran Capitán salió de España en dirección a Sicilia con 51 naves y un ejército para impedir que los turcos pusieran pie en Italia. Además, España y Francia negociaban el reparto del reino de Nápoles, que acabaron acordando en el Tratado de Granada (11 de noviembre de 1500). Para tan ambiciosos planes el Gran Capitán necesitaba reforzar sus tropas. En Mesina se le ofreció el militar roncalés y en agosto o septiembre de 1500 Gonzalo Fernández de Córdoba lo incorporó a su ejército, convencido de sus dotes como guerrero, experto en minas y marino. Fue un cambio esencial: dejó de ser un corsario y se convirtió en miembro de un ejército español en Italia. Y eso se reflejó en el nombre, como un gesto para borrar los trazos negativos de su trayectoria; desde entonces Pedro de Roncal pasó a llamarse Pedro Navarro, el nombre definitivo con el que alcanzaría gloria y pasaría a la historia.
El primer objetivo del ejército y la flota del Gran Capitán, en coalición con Venecia, fue atacar a los turcos para arrebatarles la isla de Cefalonia, situada en el mar Jónico, a la salida del golfo de Lepanto, que Venecia había perdido en 1479. 9.000 españoles, 2.000 venecianos y 600 franceses sitiaron el castillo de San Jorge durante tres meses. La actuación de Pedro Navarro fue crucial, pues construyó la mina que provocó el derrumbe de la muralla y permitió el asalto y la conquista de la fortaleza y toda la isla, que volvió a manos de Venecia hasta 1797.
A partir de entonces Pedro Navarro figura como capitán de infantería, al mando de varios centenares de soldados. Pero es un comodín militar: fabrica minas, es marino, actúa como fuerza de reserva… Así se inicia una etapa crucial en su vida, definida por la guerra entre Francia y España por el control en exclusiva del reino de Nápoles. En el extremo adriático del territorio inicialmente asignado a España se encontraba Manfredonia. Pedro Navarro la conquistó y fue nombrado gobernador de su castillo. El siguiente episodio fue la defensa de Canosa de Puglia, atacada por el duque de Nemours y 5.000 franceses. Después de rechazar 14 asaltos y hacer más de 1.000 bajas al enemigo, Pedro Navarro recibió permiso para capitular, pero consiguiendo que su guarnición fuera respetada. 150 hombres salieron con las banderas desplegadas y gritando “España, España”. Fue recibido con abrazos por el Gran Capitán y su hazaña inspiró versos.
Cuando recibió refuerzos, el Gran Capitán pasó a la ofensiva. La primera victoria en campo abierto fue en Ceriñola (28 de abril de 1503). Pedro Navarro fue probablemente el encargado de realizar el sistema de trincheras, foso y talud que ordenó el despliegue del ejército español en torno a la colina donde se situó la artillería que él dirigía, formada por 13 cañones. Los arcabuceros y la artillería diezmaron a la caballería pesada francesa. Cuando una explosión de pólvora inutilizó la artillería, Pedro Navarro se unió a la infantería de García de Paredes, que protagonizó la carga frontal que dio paso al desastre colectivo del ejército francés, que ya había padecido la muerte de su jefe, el duque de Nemours, en los inicios del combate.
La victoria de Ceriñola permitió que el Gran Capitán conquistara la ciudad de Nápoles, pero los franceses mantuvieron las dos fortalezas, Castel Nuovo y Castel dell’Ovo. El Gran Capitán salió con el grueso del ejército y dejó a Pedro Navarro como gobernador de Nápoles, con mil infantes y la artillería. En veinte días el roncalés logró tomar ambas fortalezas (11 de julio de 1503), destacando tanto por sus minas como por su participación en la primera línea de los asaltos. Tras ello, se unió al grueso del ejército, que cercaba Gaeta. Para premiarle, cuando le recibió, el Gran Capitán le elevó a la categoría de conde: “Señor Pedro Navarro, no será menester alabar vuestro esfuerzo; mas vuesa merced es desde hoy conde y yo sé de dónde”.
Para consolidar el frente español ante los franceses liberó de su cerco a Roccasecca y Roca Guillermina, además de participar en la toma y saqueo de la abadía de Montecassino. En la batalla decisiva del río Garellano, Pedro Navarro volvió a participar en la vanguardia del ataque inicial de la infantería con García de Paredes y Mateo de Alviano. Tras la victoria, el Gran Capitán concretó el rango nobiliario de Navarro, adjudicándole el condado de Oliveto, en la actual provincia de Salerno, a 112 kilómetros al sureste de Nápoles. El proceso de atribución del condado de Oliveto fue cuando menos particular, pues el Gran Capitán era virrey de Nápoles y no estaba autorizado para otorgar títulos nobiliarios, facultad exclusiva del rey. Por eso la concesión no adquirió plena vigencia hasta que Fernando el Católico la confirmó en un documento en que encomió sus méritos y fijó sus prerrogativas (Segovia, 1 de junio de 1505).
Desposeído del gobierno de Castilla por su yerno Felipe el Hermoso, Fernando el Católico viajó a Nápoles, donde permaneció siete meses (1 de noviembre 1506- 4 de junio 1507) para revisar toda la actuación del Gran Capitán y asentar su dominio sobre el reino de nuevo unido a su corona de Aragón. Premió a algunos de los colaboradores de Fernández de Córdoba, pero a otros les privó de concesiones. A Pedro Navarro lo ratificó como conde de Oliveto y le amplió las rentas (25 de mayo de 1507). Al Gran Capitán le concedió el ducado de Sessa (1 de enero de 1507), pero finalmente lo cesó y le hizo volver con él a España.
AL SERVICIO DE LA EXPANSIÓN ESPAÑOLA EN ÁFRICA (1508-1511)
También volvió a España Pedro Navarro al servicio del rey Católico. Su primer trabajo fue someter a nobles contrarios a la nueva regencia de Fernando. Rindió Burgos y sometió en Santo Domingo de la Calzada al duque de Nájera. Fue una de las dos veces en que se acercó de nuevo a Navarra, aunque sin pisarla, por más que su familia seguía en ella. Fernando le reconoció el rango de “capitán general de la infantería” (25 de febrero de 1508) y le confió la realización de uno de sus objetivos estratégicos más importantes: el control de la costa de África mediante la conquista de plazas y puertos que permitiera controlarla y evitara cualquier acoso a España. Su primer éxito fue la conquista del peñón de Vélez de la Gomera (23 de julio de 1508). Luego socorrió al rey Manuel I de Portugal en Arcila y rechazó pasarse a su servicio.
1509 estuvo marcado por uno de los grandes éxitos militares de su vida: la conquista de Orán, la plaza más importante de la costa occidental de Argelia. La expedición estuvo sufragada con las rentas del arzobispado de Toledo y el cardenal Cisneros quiso presidirla y dirigirla. Los enfrentamientos fueron constantes entre el cardenal y Pedro Navarro, que tenía encomendado el mando militar. El cardenal tuvo que quedarse rezando, sin participar en la toma de Orán, que dirigió el roncalés y cuyo gobierno asumió “a nombre del rey”.
En 1510 Navarro condujo otra expedición que conquistó Bugía, en la costa oriental de Argelia. Ambas plazas permitían controlar Argel, que quedaba entre ellas. Ese mismo año Pedro Navarro dio un nuevo y sorprendente paso al conquistar Trípoli, la actual capital de Libia. Fue el punto culminante de su trayectoria militar. Su éxito se quebró por el pequeño fracasos de no poder tomar la isla de Gelbes (Túnez).
PRISIONERO DE LOS FRANCESES (1512-1515)
Al formarse la Liga Santa entre España, el Papado y Venecia para luchar contra Francia, Fernando el Católico envió a Pedro Navarro a Italia como jefe de la infantería, pero sometido al virrey de Nápoles, Ramón Folch de Cardona, a Fabricio Colonna y al duque de Urbino. La disparidad de criterios entre estos provocó la derrota de la Liga en la batalla de Rávena (11 de abril de 1512), en la que murió el general francés Gastón de Foix, nuevo duque de Nemours. Navarro volvió a brillar con su infantería y dirigió una ordenada retirada, pero fue hecho prisionero por los franceses. Después de pasar por Bolonia y Milán, fue encerrado en el castillo de Loches (Turena).
Los intentos de liberarlo chocaron con la oposición de Luis XII, que temía que volviera a acaudillar victoriosamente a los ejércitos españoles. El prolongado cautiverio y el desconocimiento de las fracasadas gestiones para su liberación debilitaron su resistencia. En 1515 renunció a su condición de general español y al condado de Oliveto, aceptó la propuesta de Francisco I y pasó a servir a Francia. El 22 de diciembre Fernando el Católico adjudicó el condado de Oliveto a Ramón Folch de Cardona. Veinte días antes falleció en Granada el Gran Capitán.
GENERAL FRANCÉS Y PRISONERO DE LOS ESPAÑOLES (1515-1528)
Después de una fugaz estancia en Bearne, pasó a formar parte del ejército francés que invadió Italia (1515). Conquistó Novara, la importantísima plaza de Milán y, tras largo asedio, Brescia. Tras esta provechosa campaña, su estrella declinó mientras España y Francia se mantuvieron en paz. Cuando se reanudó la guerra volvió a figurar en el ejército francés derrotado en Bicocca (1522). Fue capturado por los españoles cuando conquistaron Génova a principios de 1523 y fue liberado en febrero de 1526 a consecuencia del tratado de Madrid.
Reanudada la guerra franco-española, Pedro Navarro dirigió una flota y luego acaudilló una expedición francesa que desde Roma llegó a cercar Nápoles (1527). Una epidemia le obligó a retirarse y fue capturado por los españoles, que le encerraron en Castel Nuovo. Al parecer Pedro Navarro fue asfixiado por el gobernador de la fortaleza, Luis de Icart, que le admiraba y le quiso evitar una ejecución en plaza pública (28 de agosto de 1528). Fue enterrado bajo humilde losa en la iglesia de Santa María la Nueva.
EPITAFIO FINAL
Medio siglo más tarde Gonzalo Fernández de Córdoba, nieto del Gran Capitán, III duque de Sessa y almirante del reino de Nápoles, ordenó poner una lápida que honrara la memoria de Pedro Navarro con el siguiente texto: “A los huesos y a la memoria del cántabro Pedro Navarro, muy esclarecido en el ingenioso arte de expugnar ciudades, Gonzalo Fernández, hijo de Luis, nieto del gran Gonzalo, príncipe de Sessa, honró con el piadoso obsequio de un sepulcro al caudillo que siguió el partido de los franceses, teniendo en cuenta que el valor preclaro debe ser admirado hasta en el enemigo. Falleció el 28 de agosto de 1528”. No sólo honraba a un enemigo. También honraba a un soldado que había servido a las órdenes de su abuelo para conquistar el reino de Nápoles, que permaneció en manos de España durante dos siglos, hasta el tratado de Utrech (1713).
Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza Doctor en Historia Miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia