José Ángel González Sainz: "Siempre se ha mentido, y se ha mentido mucho, pero hoy nos han enseñado a amar la mentira"

El escritor soriano regresa este jueves a Pamplona para presentar su último libro, ‘Por así decirlo’, un retrato inquietante de los tiempos que nos ha tocado vivir

José Ángel González Sainz, este miércoles en Pamplona
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José Ángel González Sainz, durante una visita anterior a Pamplona
José Ángel González Sainz, este miércoles en Pamplona

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Eugenio Martinez

Actualizado el 06/11/2024 a las 19:32

Su anterior obra, ‘La vida pequeña’ (un “breviario para tiempos de miseria”, en palabras del crítico Andreu Jaume), que propugnaba una nueva mirada sobre nuestra maltrecha realidad, obtuvo un gran eco durante la pandemia. Hace unos meses publicó ‘Por así decirlo’, un singular artefacto narrativo que recoge cuatro fábulas desasosegantes sobre el poder y la impostura. Este jueves lo presenta en Pamplona (Librería Walden, 20.00 horas).

Muchos de los asuntos que abordaba en ‘La vida pequeña’ vuelven a comparecer aquí, pero pasados por el tamiz de la ficción.

Se trata de una línea paralela de trabajo, con la fantasía y la imaginación, que yo he cultivado siempre, desde ‘Un mundo exasperado’. Los temas y los motivos son en buena medida coincidentes, pero el tratamiento es distinto.

Pese al certero diagnóstico de los males del mundo, en ‘La vida pequeña’ se vislumbraba un horizonte luminoso. En este libro, sin embargo, se diría que prima una mirada escéptica, por momentos desesperanzada.

Son textos bastante desasosegantes, sí. Los dos primeros (‘El acontecimiento’ y ‘Echar los dados’), tienen un matiz más social, incluso político. Los críticos han visto alegorías de la situación contemporánea, de nuestras instituciones, del modo perverso en que se ejerce el poder. Son historias que pueden leerse como mero argumento en sí, en su faceta casi anecdótica, pero que al mismo tiempo están trabajadas para que admitan un abanico amplio de interpretaciones. Le corresponde al lector interpretarlas como vea, como pueda y como sepa.

Hablemos de esos motivos recurrentes de su escritura. El poder.

Es un asunto que a mí siempre me ha importado mucho. El poder y los peligros que comporta, sobre todo cuando está usurpado (como ocurre en ‘El acontecimiento’) y se ejerce mal, pasando por encima de las personas y de sus circunstancias.

Ese poder que no duda en avasallar con cuanto se le pone por delante. En estas páginas vemos cómo los personajes se ven arrastrados por individuos sin escrúpulos. “Hay personas que, si no se imponen a los demás, les parece que no son nadie; sólo son o parecen ser si los demás no son”, leemos.

Carlos Fernández Zafra sale de su casa y, como bien dices, por la intervención de un personaje sin escrúpulos, entra en un descenso a los infiernos, en una situación en la que no puede decidir por su cuenta. Nos ocurre a todos, nos vemos envueltos en situaciones así por la falta de consideración ajena.

En ‘La vida pequeña’ mencionaba también esa pérdida de sustancia de lo real que caracteriza a nuestra época. La vida convertida en un puro espectáculo, en ocasiones grotesco. Es inevitable pensar en ello al leer ‘Echar los dados’.

El texto narra la peripecia de una persona que va a depositar su voto. Ese acontecimiento fundamental de la democracia, uno de los logros más altos de la cultura política occidental, acaba siendo también banalizado y convertido en otra mascarada. Late ahí una denuncia que espero que resulte poderosa. Muchos han decidido no verlo, y pasar sobre ascuas.

Además del fraude que supone esta cultura del simulacro en la que vivimos instalados, hay otro asunto a mi juicio capital: el desprecio a la belleza. Es una realidad que se describe a la perfección en ‘El acontecimiento’.

Así es. Poco a poco, las personas que habían ido a disfrutar de un concierto, de ese momento álgido en la historia de la civilización -un director orquesta una serie de instrumentos distintos para conseguir una armonía, una obra de arte complejísima que ilumina nuestra existencia- se ven arrastradas, por la intervención de un farsante, a un desbarajuste y, como se intuye, a una situación trágica y violenta. Y es que en la mentira siempre anida, como un huevo de serpiente, el fantasma de la violencia.

Hoy en día, la palabra relato, tan manoseada por los políticos, ha acabado por adquirir una significación siniestra.

Hasta tal punto me da alergia esa palabra que no he querido que aparezca en la solapa del libro. Se ha avinagrado tanto, se ha malversado de tal manera -queriéndola independizar de toda coherencia, de cualquier ajuste con lo real- que ya no significa nada. No en vano, vivimos en esta época de lo que se llama postverdad. Lo que importa es el relato, no los hechos. Siempre se ha mentido, y se ha mentido mucho, pero hoy nos han enseñado a amar la mentira, a que esta se presente como una creencia válida. El que mejor relate, el mejor mentiroso, es el que se lleva el gato al agua. Esto no puede traer nada bueno, las consecuencias van a ser por fuerza funestas.

Pese a la negrura que respira el libro, hay un punto de luz: la íntima resistencia de los personajes a dejarse llevar por la corriente. Quizás no sean estos tiempos de grandes heroicidades, pero al menos sí queda ahí un resto de dignidad.

En efecto, hay un fondo de residuo moral en los personajes. Cuando todo va en una determinada dirección, y uno sabe que se trata de un camino equivocado, saber bajarse, hacerse a un lado, es una gran heroicidad. Una proeza de la conciencia individual frente al arrastre de la farsa.

Junto a esa negativa a participar de ciertos enjuagues y de la marrullería generalizada, brilla en el libro otro asidero moral, el poder de la palabra. En una doble acepción: el lenguaje como fundador de la realidad y la integridad que hay detrás de esa expresión, tan hermosa, de ser "un hombre de palabra".

¿Qué significa ser un hombre de palabra? Ser alguien que cumple lo que dice. Son dos caras de la misma moneda, la coherencia en el discurso se corresponde con la coherencia de los hechos. Por eso me parece fundamental la vuelta a la filosofía antigua, que establecía una correspondencia entre lo que era instruir en el conocimiento -es decir, el orden del discurso- y llevar una vida virtuosa -poner en orden la conciencia-. El filósofo antiguo era el que llevaba una vida virtuosa, el que cumplía con sus hechos lo que decían sus pensamientos, su actividad dialéctica. Hoy, parece que esas dos realidades se han independizado por completo. Puede haber discursos extraordinarios, pero sin ningún trasfondo ni asiento con lo real. Esto tiene derivaciones políticas terribles.

Nuestra aspiración debe pasar, pues, por ser -en la medida de nuestras posibilidades- hombres de palabra: cumplir con lo que decimos, decir lo que hacemos con el relato más ajustado a los hechos posible y vigilar que los malintencionados no se apoderen de las palabras. En definitiva, que no nos lleven del ronzal de sus discursos máximamente ideológicos y tacticistas. Tener claro que, por mucho que embellezcan la realidad, por mucho espectáculo con que la adornen, el rey sigue estando desnudo.

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