La Pamplona perdida (VII)
La primitiva estación del Norte de Pamplona
Un repaso por lugares de la ciudad que fueron importantes en su día pero de los que solo queda su recuerdo y alguna imagen


Publicado el 01/09/2024 a las 05:00
Parecen escenas sacadas de alguna vieja litografía del siglo XIX, pero no. Es la antigua estación del Norte de Pamplona, anterior a la actual. Ángel María Pascual, le dedicaba en mayo de 1946, en una de sus incomparables “Glosas a la ciudad”, este delicioso párrafo: “La estación de Pamplona tiene el color y el ambiente de sus locomotoras de larga chimenea y de sus antiguos vagones de alto bordo, con aroma de muchas bardenas en sus tableros con letras de latón”. Y así era, ciertamente.
De las dos fotografías que ilustran este artículo, la primera es una postal de hacia 1920, que muestra cómo era la fachada exterior de aquella estación, que databa del año 1860, y en la que se ven, delante de ella, varios carros con sus caballerías, el ómnibus que trasladaba a los viajeros hasta la Plaza del Castillo y algunos vagones del tren de El Iratí. La otra se obtuvo en 1951, una mañana cualquiera en que José Galle bajó a retratarla, como recuerdo y testimonio, poco antes de que se iniciaran las obras de derribo del viejo y destartalado caserón, que iba camino de cumplir los cien años. En las distintas vías se pueden ver antiguos vagones de mercancías de diferentes tipos, todos ellos de madera, de dos ejes, que dejaron de circular hace ya mucho tiempo. A la izquierda se ve la pequeña estación del tren de “El Irati”, que servía para enlazar con la red nacional de vía ancha y hacer el trasbordo de cargas de diversos géneros de una a otra compañía. Este servicio combinado venía a ser un antecedente del que ahora se presta en las modernas estaciones intermodales.


Unos años después, en 1951 y 1952 se reedificó por completo el edificio de la izquierda, que alojaba la sala de espera, despacho del jefe de estación, facturación de equipajes y cantina, y se derribó el que había enfrente, destinado a cocheras y servicios de vía y obras. Desapareció también para siempre la clásica cubierta decimonónica de armazón metálico y lumbreras de cristal, que resguardaba los andenes, que fueron testigo de tantos recibimientos y despedidas románticas en aquellos trenes de hacia 1860, a los que cantaron varios poetas, entre otros Ramón de Campoamor. Con ello se ganó espacio para nuevas vías de maniobras, tarea que, al igual que los trenes de mercancías, solía confiarse a vetustas locomotoras de alta chimenea, casi centenarias en su mayor parte. De todo aquel conjunto sólo permaneció en pie el depósito de máquinas con su rotonda y taller, que aparece al fondo, a la derecha de la foto.
Los planos de la antigua estación se conservan en Madrid, en el archivo del Instituto de Historia y Cultura Militar. El proyecto fue aprobado por una Real Orden de Isabel II de fecha 12 de noviembre de 1859 y consta de tres grandes hojas en las que aparecen muy bien delineados no solo el edificio principal, sino también el de almacenes, el depósito de locomotoras y otras dependencias. La estación se construyó para el Ferrocarril de Zaragoza a Pamplona y Alsasua -el ZP-, que en 1878, poco después de acabar la Guerra Carlista, fue absorbido por la compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España hasta la creación de RENFE por el régimen de Franco en 1941. El nuevo edificio, el actual, a pesar del inconveniente de su lejanía del centro urbano, fue en su día orgullo de la ciudad y de la empresa ferroviaria estatal por sus amplios andenes, atrevidas marquesinas de hormigón y luminosas instalaciones, entonces muy poco habituales en las estaciones de ferrocarril. «El antiguo armatoste, feo, sucio e incómodo -escribía en 1952 don Leoncio Urabayen en su Biografía de Pamplona- ha sido sustituido por una instalación de líneas modernas, de sencilla elegancia y esmerada construcción, que honra a sus proyectistas y a sus realizadores y donde todos los servicios se hallan perfectamente instalados».
Hace ya mucho tiempo que se viene hablando en los medios de una nueva estación de alta velocidad, que se ubicaría en la zona de Echavacoiz, destinada solo para servicios de viajeros. Desde la perspectiva de este ambicioso proyecto, cuya ejecución se viene retrasando inexplicablemente desde hace más de treinta años, he creído que podría resultar interesante y evocador recordar la clásica estampa, netamente ferroviaria, de aquella otra estación de 1860, lejana antepasada suya, que no conoció los modernos trenes Alvia, ni tampoco los plateados TAF de los años 50, ni los azulados TER de los 60, ni la electrificación de la línea Alsasua-Zaragoza inaugurada en 1976.