Fernando Trueba: "De Alfred Hitchcock vivimos y viviremos todos los directores"
El ganador del Oscar regresa a los cines con 'Isla perdida', un ejercicio de cine negro: “No tengo fascinación por los malos ni por los dictadores”. Si rodara una película sobre la España de hoy “sería un musical en el que todo el mundo tenga un móvil en la mano, en todo momento”


Publicado el 22/08/2024 a las 05:00
Fernando Trueba (Madrid, 1955) se encomienda a San Alfred Hitchcock y Santa Patricia Highsmith en ‘Isla perdida’, ejercicio de cine negro que une a un misterioso americano perdido en una isla griega y a una chica española que se busca la vida. Matt Dillon y Aida Folch protagonizan el decimonoveno largo del ganador del Oscar con ‘Belle Epoque’, en los cines desde mañana.
En 1989 rodó ‘El sueño del mono loco’, su primer ‘noir’. ¿Adora el cine negro?
Lo considero el género cinematográfico por excelencia. El musical y la comedia tienen raíces en el teatro y otros géneros en la literatura, pero el suspense es el cine puro. Hitchcock lo representa, aunque tardaron en darse cuenta: hasta que los franceses lo reivindicaron, llamarle artista era una extravagancia. La crítica y los cineastas apreciaron en sus películas un trabajo cinematográfico, con aspectos visuales esenciales en la narración. En el drama, la cámara no importa tanto como en el género negro, donde es un personaje más. De Hitchcock vivimos y viviremos todos los directores.
Su cine dista del de Almodóvar pero, como él, muestra los libros y la música que le gusta.
Sí. Saco un ejemplar de ‘El temblor de la falsificación’, de Patricia Highsmith, libro sobre el que tuve una opción de rodaje hace 30 años. Pero me asusté. Soy un lector enamorado de Highsmith. Cuando viví en Francia, en el 81, la entrevisté. Entonces no la conocía nadie. Jorge Herralde, el editor de Anagrama, compró dos novelas suyas e inauguró la colección Narrativas. Me pidió presentarlas.
¿Cómo era Patricia Highsmith?
De una timidez patológica, como Woody Allen, por su soledad radical. Me cayó muy bien.
El personaje de Dillon tiene un punto del Ripley que Netflix ha puesto de moda.
En la literatura de Highsmith hay más americanos perdidos en Europa: en ‘Las dos caras de enero’, ‘El temblor de la falsificación’, ‘El juego del escondite’... Es recurrente. Ella era una americana dando tumbos por Europa y hubiera contado esta historia desde el punto de vista del personaje de Dillon. Yo la cuento desde la mirada de la chica normal que llega a la isla.
A Matt Dillon y a usted les une el amor por el jazz cubano.
Él ama la música tradicional cubana. Es un erudito y me da mil vueltas. Una autoridad. Toca las congas e hizo un documental sobre el gran Fellove. Una habitación de su casa es como un museo de la música cubana.
¿Le daba miedo trabajar con una estrella de Hollywood?
Nos conocimos en Los Ángeles a través de un amigo común, Chico O’Farrill. Coincidimos varias veces y me entendí muy bien con él. Es un tipo normal. Estudié a los actores de su generación y concluí que era perfecto para esta historia.
¿Ha sentido el impulso de huir, de retirarse a una isla griega como el personaje?
No. Necesito la ciudad. Me encantaría estar un mes donde rodamos, leyendo y paseando. Pero soy muy urbano; necesito cines, librerías y cenas con los amigos. El aislamiento no es para mí. Lo que sí experimenté desde adolescente es la necesidad de reinventarme. Cambiar de colegio, de ambiente, de amigos. Sabía que debía escapar de mi barrio, que mis intereses estaban fuera.
¿El cine cada vez tiene menos importancia en la sociedad?
La gente ve más películas que nunca, pero se ha perdido el hábito de ir a las salas. No hay nada como ir al cine. No se me ocurre nada mejor. Presentamos ‘Isla perdida’ en Valencia con el cine lleno y sentí una alegría... Que no se pierda nunca.
Las salas lo están pasando mal.
La gente volverá. Ver una peli en tu casa puede ser placentero, pero nada como verla en una gran pantalla rodeado de gente. Irte a tomar una cañas y charlar sobre lo que has visto... He crecido con eso, y es importantísimo.
Netflix aparece en los créditos de ‘Isla perdida’. ¿Las plataformas no son el enemigo?
Son otro aliado, como las televisiones, que se convirtieron en una pantalla para exhibir cine y en financiadores. Las plataformas saben que estrenar una película sin pasar antes por las salas no tiene tanto valor. Pasa rápido y se desvanece. Si pasa por festivales, se escribe sobre ella y se estrena en cines, se revaloriza. A las plataformas les conviene que los cines existan.
Su hijo Jonás estrena ‘Volveréis’, en la que usted tiene un papel.
Había aparecido alguna vez en cine, pero nunca como personaje. Me daba mucho miedo. No quería estropearle la película. Jonás insistió y ha sido muy emocionante trabajar con él.
Su hijo ya es un cineasta con una carrera y una mirada. ¿Qué tipo de director es?
Para mí el más independiente de los independientes y el más libre de los libres.
Nunca le ha fascinado el malo de la película.
No. A la gente le gusta Hannibal Lecter o el estrangulador de Boston. Yo suelo ir con el bueno. Cuando veo a Richard Widmark tirar a la abuelita por las escaleras en ‘El beso de la muerte’, una película cojonuda, no me fascina. Me impresiona. No tengo fascinación por los malos, ni por los asesinos, ni por los dictadores.
Si rodara hoy ‘Ópera prima’ (1980), espejo de la España de su tiempo, ¿cómo sería?
Un musical donde todo el mundo tenga un móvil en la mano. En cada escenas y durante toda la película.
¿Sigue sin móvil?
No lo diga, porque soy un privilegiado. Unos lo usan por gusto y otros por necesidad en su trabajo. Cada vez valoro más charlar con alguien en persona, verle la cara, abrazarlo. El otro es muy importante, pero el de verdad, no virtual.