Tribuna histórica

Garcilaso de la Vega en Pamplona

Hace cinco siglos el poeta español del Renacimiento fuera armado caballero en lo que hoy es la iglesia de San Agustín de Pamplona. El autor, que recuerda la historia que llevo a Garcilaso a la capital navarra, propuso que se colocara una placa conmemorativa

El interior de la iglesia de San Agustín
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El interior de la iglesia de San Agustín
El interior de la iglesia de San Agustín

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Juan José Martinena

Actualizado el 19/11/2023 a las 09:33

Algunas iglesias de Pamplona guardan entre sus muros, junto con el eco de las oraciones y el suave perfume del incienso, el recuerdo de distintos episodios de la historia de la ciudad que son en su mayor parte desconocidos para los pamploneses de hoy. Sin ir más lejos, fue para mí todo un descubrimiento cuando hará cosa de cuarenta años me enteré, leyendo un artículo de José María Huarte, que el insigne poeta Garcilaso de la Vega, una de las grandes figuras de las letras españolas, fue armado caballero en la iglesia de San Agustín un jueves 11 de noviembre del año 1523.

Si tenemos en cuenta el prestigio que en aquel tiempo lejano tenían las órdenes militares, aquella ceremonia tuvo que suponer todo un acontecimiento en la vida social de nuestra ciudad. Dos meses antes, con fecha 16 de septiembre, el emperador Carlos V había despachado en Burgos una real merced, por la que distinguía al ilustre soldado y poeta con el hábito de la Orden de Santiago, las más antigua y noble de las que había en Castilla. La cédula venía refrendada por el secretario Francisco de los Cobos.

El documento que contiene el acta del Cruzamiento, como tradicionalmente se denomina la investidura de los caballeros, se conserva -o al menos se conservaba hace un siglo- en el archivo de los duques del Infantado. Por éste testimonio, que según mis averiguaciones no se halla en el expediente del Archivo Histórico Nacional, conocemos algunos detalles de la ceremonia. Ofició el ritual de la bendición del hábito e insignias de la Orden don Jorge de Morales, capellán de honor de Su Majestad y caballero de Santiago, y fueron testigos don Luis de Portocarrero, conde de Palma y otros nobles. Y tuvo el honor de armarle caballero, por designación expresa de Su Majestad, don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, que más tarde sería virrey de Nápoles y a quien Garcilaso dedicaría una de sus églogas más inspiradas:

Tú, que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin segundo,
agora estás atento, solo y dado
al ínclito gobierno del estado

¿Qué hacía en Pamplona Garcilaso de la Vega? El erudito marqués de Laurencín encontró en 1914 una serie de documentos inéditos, que dan luz acerca de algunos aspectos poco conocidos de su biografía. Entre ellos, su testamento, que otorgó en Barcelona el 25 de julio de 1529 y que da noticia de algunos episodios de su carrera militar. Como es bien sabido, el poeta -para muchos el mejor de nuestro Renacimiento- nació en Toledo en 1503 y era hijo de la noble familia de los Suárez de Figueroa. A los 17 años entró al servicio de Carlos V y como soldado de la guardia noble peleó en las huestes del Emperador contra la sublevación de los comuneros en la batalla de Olías y participó en la campaña de Navarra y luego en la toma de Fuenterrabía.

Junto con su amigo, el también poeta Juan Boscán, tomó parte en la fracasada expedición a la isla de Rodas, en cuya defensa resultó herido en 1522. Al año siguiente fue nombrado gentilhombre. En 1531 sufrió un destierro, por haber intervenido en la boda de un sobrino suyo a la que se oponía Carlos V. Obtenido el perdón real, gracias a la intervención de su amigo el duque de Alba, residió algún tiempo en Nápoles a las órdenes del virrey don Pedro de Toledo, donde tuvo ocasión de conocer la poesía italiana del momento, lo que luego se llamó aquí “el itálico modo”. Participó en 1535 en la expedición a Túnez, en cuya campaña recibió dos heridas. Por último, como colofón de su brillante hoja de servicios, en 1536, recién promovido al grado de maestre de campo, durante el asedio a la fortaleza de Muey, en la Provenza, recibió un arcabuzazo en la cabeza -según otros el golpe de una piedra arrojada desde lo alto de la muralla- resultando gravemente herido. Evacuado a Niza, murió poco después, en la flor de la vida, a los 33 años de edad. Por cierto, que uno de los que le asistieron en aquel trance fue el marqués de Bombay, que más tarde sería elevado a los altares como San Francisco de Borja. Fue enterrado en la iglesia de San Pedro Mártir de Toledo, y en su sepultura está representado en actitud orante, ataviado con su capa de caballero y su armadura, en una escultura que recuerda la de Carlos V en su monumento funerario en El Escorial. En los manuales de literatura se dice que Garcilaso fue quien introdujo la lira, renovando con ello la poesía castellana. De no haber muerto tan prematuramente, su obra poética habría llegado a las más altas cotas de perfección y de belleza.

Tan diestro con la espada como con la pluma, su valor en el campo de batalla le valió, en plena juventud, la codiciada distinción del hábito de Santiago. Cuando fue armado caballero en San Agustín de Pamplona contaba poco más de veinte años y no era todavía el renombrado poeta que había de ser años más tarde. Era sencillamente un hombre de armas, que acudía allí donde le requería el servicio a su patria y a su rey. Pero junto a las grandes empresas, también se ocupó de otras cosas más corrientes y cotidianas. José María de Huarte anotó que en una de sus mandas testamentarias dejó encargado a un amigo suyo, residente en Pamplona, que pagase en su nombre cierta deuda que había contraído durante el breve tiempo que pasó en nuestra ciudad.

En 1523 esta iglesia no era todavía parroquia. No lo sería hasta tres siglos y medio después, hasta 1882. En la época a la que nos referimos era la iglesia del convento de los agustinos calzados, que había sido fundado en este lugar por el rey Carlos II de Navarra en 1355. En el siglo XVI el templo tenía ya la misma planta y configuración que ahora, aunque la fachada exterior era mucho más sencilla, como correspondía a una orden mendicante. No hace falta decir que los altares y la decoración han variado desde entonces completamente.

Angel María Pascual escribió en una de sus Glosas a la ciudad que esta iglesia ha tenido de siempre una especial capacidad para la ornamentación con damascos y colgaduras. Su planta de salón, con una nave amplia y diáfana, permite a los fieles una perfecta visión del altar y de los oficios que se celebran. Por otra parte, sabemos que en los siglos XVI y XVII radicaban en este templo varias cofradías de los soldados de la guarnición de Pamplona, muchos de los cuales se enterraron en las “fuesas” o sepulturas que entonces había bajo el pavimento, como todavía se puede ver en otras iglesias de la ciudad, como San Cernin, San Nicolás o Santo Domingo. Hasta 1946, en una de las capillas laterales, la de San José, se podía ver la lápida sepulcral del capitán Alonso de Cosgaya, que mandó la primera guarnición de la ciudadela en 1571. En la actualidad permanece en ese lugar la de su mujer doña Ana de Antillón y Beaumont.

Muchos años después, en 1758, Fernando VI dispuso que los caballeros de Santiago que residiesen en Pamplona debían celebrar el cumplimiento pascual en San Agustín, asistiendo en cuerpo capitular, vistiendo el hábito y la capa con la cruz e insignias de la Orden. De todo ello se deduce que esta iglesia tuvo de siempre una vinculación histórica con los caballeros santiaguistas, de los que no tengo noticia si en la actualidad reside alguno en nuestra ciudad. El último que yo conocí fue don Tiburcio Mencos y Bernaldo de Quirós, marqués de la Real Defensa, que cuando fue teniente de alcalde al final de los años cincuenta, todavía solía lucir la cruz de Santiago sobre el frac del traje de etiqueta consistorial, en una bizarra estampa que nos hacía recordar gloriosas épocas pasadas.

Pamplona ha sido tradicionalmente una ciudad poco amiga de colocar lápidas conmemorativas. Las que recuerdan los primeros bautismos de San Saturnino, la herida de San Ignacio o la Coronación de Santa María la Real, se hicieron de suerte que casi se confunden con las tapaderas de las alcantarillas o los registros de las fuerzas eléctricas. Si no me falla la memoria, creo que colocadas en fachadas sólo existen la de Sarasate en la calle de San Nicolás; las del palacio de la Diputación en la fachada de Carlos III, que tienen equivocada la fecha de su construcción; la del cardenal Ilundáin en su casa de la Calle Mayor y la del general Zumalacárregui en el portal de Francia.

A pesar de ello, en un artículo que publiqué en este periódico en marzo del año 2002, me atreví a proponer que se colocase en la fachada de la parroquia de San Agustín una inscripción, cuyo texto podría ser el siguiente:

EN ESTA IGLESIA DE SAN AGUSTIN
​FUE ARMADO CABALLERO DE SANTIAGO
​EL INSIGNE POETA GARCILASO DE LA VEGA
​EL 11 DE NOVIEMBRE DEL AÑO 1523

La lápida efectivamente se colocó algún tiempo después, no sin antes tener que superar algunas reticencias y dificultades. Pienso que la notoriedad histórica del personaje y la calidad literaria de su obra merecían sobradamente este pequeño homenaje, en una ciudad con tres universidades, un ateneo y numerosas entidades culturales.

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