El olvidado noble navarro que fue clave en la Guerra de Independencia de EE UU

José de Ezpeleta, reconocido por su papel como virrey en Nueva Granada y en Navarra, desempeñó también un papel clave en las hoy célebres campañas de Bernardo de Gálvez en la guerra de Independencia de Estados Unidos

‘Por España y por el rey, Gálvez en América’, pintura de Augusto Ferrer-Dalmau que refleja el intento inglés de romper el cerco a Pensacola
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‘Por España y por el rey, Gálvez en América’, pintura de Augusto Ferrer-Dalmau que refleja el intento inglés de romper el cerco a Pensacola
‘Por España y por el rey, Gálvez en América’, pintura de Augusto Ferrer-Dalmau que refleja el intento inglés de romper el cerco a Pensacola

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Javier Iborra

Publicado el 23/10/2023 a las 05:00

Estados Unidos ha reivindicado con fuerza en los últimos años la figura del malagueño Bernardo de Gálvez como uno de los “Padres de la Patria”. Su papel en la guerra de Independencia de las Trece Colonias, coronado por la toma de las estratégicas plazas de Mobila y Pensacola a los británicos, ha recuperado el brillo y la consideración de la que gozó en su tiempo y que fue reconocida, entre otros, por George Washington. Además, en el ámbito académico estadounidense se ha desatado una auténtica “Galvezmanía”, que ha resituado al personaje a la altura de mitos como el marqués de La Fayette; ni más ni menos, donde estuvo hace dos siglos y medio.

En España también ha llegado, al menos, la espuma de esta gran ola. Se han publicado artículos, libros e incluso el pintor Augusto Ferrer-Dalmau ha inmortalizado algunos de los lances más conocidos de la campaña española en el golfo de México en obras como la que ilustra esta página. Pero este empeño por la justicia histórica no ha alcanzado al que fuera mano derecha de Gálvez, su amigo y compañero de mayor confianza, y el hombre que asumía el mando sobre el terreno allí donde el malagueño no llegaba: el noble navarro José de Ezpeleta y Galdeano Dicastillo.

Al conde de Ezpeleta de Beire se le recuerda en Navarra por su papel de virrey, cargo que desempeñó en la recta final de su vida y en el que ya había descollado anteriormente en la Nueva Granada americana (actuales Venezuela, Ecuador, Colombia y Panamá). Sin embargo, su etapa en el subcontinente norteamericano había corrido la misma suerte que la de Bernardo de Gálvez, cayendo en un injusto olvido del que, a diferencia del malagueño, no ha logrado escapar. Este artículo pretende subsanar esta injusticia, rescatando los principales hitos de Ezpeleta en la guerra contra los ingleses en la Luisiana y la Florida Occidental.

LA FORMACIÓN DE EZPELETA

José de Ezpeleta fue un navarro nacido en Barcelona. Allí estaba destinado su padre, capitán del regimiento Castilla, en 1742, cuando aquel niño vino al mundo, pero su linaje era navarro y noble por parte de sus dos progenitores: el padre Joaquín de Ezpeleta y Dicastillo había nacido en Pamplona, mientras que su madre, María Ignacia Galdeano y Padro, procedía de Olite. El primogénito de la pareja, Joaquín, heredó la jefatura de la casa de Ezpeleta de Beire, que incluía los señoríos de Beire, San Martín de Unx, Rada, Goñi, Amatrian de Aoiz y Dicastillo de Viana, y asiento en las Cortes Generales del reino por el brazo de la nobleza, pero a su muerte sin sucesor, en 1790, esta herencia recayó en José, que también accedió entonces al cargo de alcaide perpetuo de la Real Palacio de Olite y merino mayor de la Merindad.

Para entonces, aquel segundón ya se había ganado la gloria por la carrera de las armas, a la que accedió siendo un jovencito de 14 años. Ingresó como cadete en el Regimiento de Infantería de la Corona y a los 16 ya era subteniente. Su unidad fue destinada a Ceuta, una guarnición difícil en la que tuvo que luchar para levantar el sitio de la ciudad por parte de las tropas moras. Permaneció allí cuatro años.

En esa época se vivió lo más parecido a una guerra mundial que se había visto hasta entonces: la guerra europea de los Siete Años y sus contrapartes en América (guerra franco-india) y Asia (tercera guerra carnática). La contienda comenzó en 1756 y se extendió hasta 1763 con Francia e Inglaterra peleando por la hegemonía global. España, aliada del francés, intentó una invasión de Portugal que resultó fallida y en la que participó Ezpeleta entre septiembre de 1762 y febrero de 1763. Así, el Tratado de París certificó el triunfo inglés y España tuvo que ceder la Florida para recuperar La Habana y Manila, aunque a cambio recibió la Luisiana francesa.

Ascendido a ayudante mayor del Regimiento de Navarra El Triunfante, Ezpeleta fue enviado a Cuba, donde trabajó en la instrucción de las milicias locales. Al regresar a España, dos años después, ya era capitán y había llamado la atención del general Alejandro O’Reilly, quien, en 1774, fue nombrado director de la Real Escuela Militar de Ávila. Este centro, recién fundado para -literalmente- “la instrucción de oficiales de sobresaliente capacidad”, reclamó al Regimiento de Navarra, con Ezpeleta como segundo oficial de mayor graduación, para que fuera destinado a Ávila y sirviera de modelo para los alumnos. Y allí el navarro conoció a un grupo de jóvenes oficiales con ideas renovadoras, los llamados “barbilampiños”, que posteriormente demostrarían su valía. Lo formaban, entre otros, Bernardo de Gálvez, Francisco de Saavedra, Pedro de Mendinueta, Gonzalo O’Farrill, Esteban Miró y el propio Ezpeleta.

El navarro se distinguió en la academia y hasta el propio O’Reilly alabó en un informe sus aptitudes. “Este Sargento Mayor es el más sobresaliente de toda la Infantería, y se debe a su esmero y aplicación el haber instruido a mi vista y perfectamente el Regimiento de Navarra y anteriormente el de la Corona”, escribió. No obstante, el brillo de O’Reilly declinó con la fracasada campaña antipirática en Argel, en la que Ezpeleta tuvo una actuación notable en la siempre complicada retirada, lo cual le valió el ascenso a coronel. Tenía 34 años.

CAMPAÑAS DE LUISIANA Y FLORIDA

Por aquel entonces, la Ilustración iba a cruzar la frontera entre el ámbito intelectual y el político. Y lo haría con las armas por delante. En 1775 estalló la guerra de Independencia de EEUU, heredera por una lado de la guerra de los Siete Años y embrión de las futuras revoluciones europeas y americanas, por otro. España y Francia, siempre deseosas de debilitar a los británicos, sopesaban ayudar a los colonos pero temían que el triunfo de los revolucionarios se extendiera a sus dominios. Francia tardó dos años en entrar en la contienda; España no lo hizo hasta 1779.

El Regimiento de Navarra, comandado por José de Ezpeleta, había sido enviado a Cuba en previsión de que España declara la guerra a Inglaterra y Bernardo de Gálvez había tomado el mando en Nueva Orleans, la capital de la Luisiana, como gobernador. Las riberas del Misisipi eran un territorio con exigua presencia española y se consideraba que podía ser presa fácil para los británicos. Gálvez, sin embargo, optó por la ofensiva a toda costa, siguiendo la misma línea de pensamiento estratégico que Napoleón llevó a sus más altas cotas tres lustros después.

El primer objetivo de Gálvez fueron los fuertes británicos en el gran río, los cuales tomó por sorpresa tras una penosa y heroica marcha por los inhóspitos pantanos de Luisiana. A continuación, se dirigió a Mobila, la segunda mayor plaza británica en el golfo de México, y la capturó en otra brillante operación. Ezpeleta debía haberle ayudado en esta campaña, pero el capitán general de Cuba no le permitió embarcar a sus tropas a tiempo. No obstante, cuando llegó al lugar, Gálvez no dudó en nombrarle gobernador de Mobila.

A partir de ese momento, el navarro demostró su enorme valía como comandante de tropas y hombre de absoluta confianza para Gálvez. En enero de 1781, consiguió que sus tropas repelieran un ataque británico que pretendía reconquistar el fuerte perdido y, además, causó graves bajas al enemigo al estorbarle su retirada. Pero no estaba llamado a permanecer a la defensiva. Quedaba una gran plaza británica en la Florida Occidental, Pensacola, y el gobernador Gálvez estaba determinado a rendirla. En caso de lograrlo, el golpe para el enemigo inglés sería durísimo, ya que de facto quedaría enclaustrado en la fachada oriental atlántica, y al mismo tiempo supondría un gran espaldarazo para la causa revolucionaria.

Norteamérica en 1775
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Norteamérica en 1775

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El plan de Gálvez parecía, una vez más, demasiado atrevido. Contaba con entrar por mar en la bahía de Pensacola por su estrecha boca, extremo que no parecía posible debido a los bajíos y a los cañones británicos que protegían el paso. Pero una vez logrado esto, quedaría lo más difícil: asentarse en el terreno, recibir hombres de refuerzo desde Mobila y La Habana, defenderse de los hostigadores indios, avanzar por tierra costeando la bahía y, finalmente, asediar -mediante la construcción de trincheras y paralelas- los fuertes que protegían la ciudad. Solo la presencia en Cuba como enviado real de Francisco de Saavedra, miembro de la camarilla de Gálvez y Ezpeleta, permitió que la operación tuviera luz verde.

El papel de Ezpeleta en este plan consistió en conducir a casi un millar de hombres (de los regimientos de Navarra, del Príncipe, de España y del Fijo de la Habana) desde Mobila hasta Pensacola atravesando 90 kilómetros de pantanos, ríos y bosques repletos de indios hostiles. De alguna manera, lo logró. Sin embargo, la historiografía ha quedado subyugada por la valentía de Gálvez al lanzarse en barco al interior de la bahía en una acción casi suicida, la cual ha eclipsado la gesta del navarro. Por suerte, este tuvo más suerte en vida que con la severa mirada de la Historia ya que Gálvez dejó blanco sobre negro en su informe tras la campaña, publicado en la Gaceta de Madrid, la relevancia de la acción de su subordinado. Y también de las siguientes, porque lo mejor de Ezpeleta estaba por llegar.

Tras cubrir por mar los últimos 16 kilómetros de la ruta a Pensacola, el navarro y sus hombres fueron utilizados como avanzadilla en las sucesivas maniobras de aproximación a los fuertes de la ciudad. Primero, en una operación anfibia, que sirvió para establecer una cabeza de playa en el interior de la bahía con la que aislar el primero de los fuertes británicos, el de Red Cliffs, que protegía el acceso a Pensacola desde el océano. Después, por tierra, debieron avanzar 6 kilómetros sufriendo continuos ataques de indios hasta establecer una base en la que albergar la llegada del grueso de los soldados de Gálvez. Y en un tercer impulso, Ezpeleta llevó a sus regimientos al otro lado del Bayou Chico, un arroyo que estorbaba el acceso por el oeste a Pensacola.

Ya frente a los últimos tres fuertes de la ciudad (Queen’s Redoubdt, Prince of Wales y George), los españoles iniciaron las laboriosas tareas propias de un asedio. El objetivo era situar las baterías al alcance de los muros del Queen’s Redoudbt, pero los británicos y sus aliados indios atacaban los trabajos e incluso en una ocasión llegaron a causar 30 bajas y clavar cuatro cañones. Gálvez resultó herido y Ezpeleta, entonces, asumió el mando.

El azar se puso de su parte: un disparo voló el almacén de pólvora del fuerte y sembró la confusión entre los ingleses. Ezpeleta organizó dos columnas con celeridad y lideró un improvisado asalto. Los defensores se rindieron; dos horas más tarde, el comandante inglés de Pensacola ordenó enarbolar la bandera blanca. Gálvez tenía su billete para la Historia; Ezpeleta, el brillante segundo, se quedaría sin él.

Un virrey ilustrado

Al acabar la guerra de Independencia de EEUU, Ezpeleta contaba con 41 años. En la carrera militar, había sido ascendido a general de brigada y no tardaría en recibir uno de los cargos de mayor importancia en la América española: en 1785 fue nombrado gobernador y capitán general de Cuba. A partir de entonces se abría de par en par para el navarro una nueva carrera, la de las tareas de gobierno, y en ella su labor fue tan brillante o más que en la de las armas, amén de que esta vertiente de su legado permanece (o debería) algo menos enterrada en el olvido.

En 1789, ya como mariscal, fue designado virrey de Nueva Granada, donde impulsó hitos nunca vistos hasta entonces en la gestión americana (inédito superávit en la Hacienda, fundación del primer periódico, expediciones botánicas…). Permaneció en el cargo 8 fructíferos años.

De regreso a la península ibérica, fue efímero gobernador del Consejo de Castilla y capitán general de Castilla la Nueva, al tiempo que recibía el título de conde de Ezpeleta de Beire y el grado de teniente general.

Asentado por fin en Olite, parecía destinado a disfrutar de una tranquila vejez en su tierra, donde se le conocía como “manzanica” por su tez sonrosada, pero los tambores de guerra con Francia le llevaron a ser nombrado capitán general de Cataluña en 1808, donde poco pudo hacer para detener al ejército napoleónico. Tras pasar cinco años en Montpellier como prisionero y ya finalizada la contienda, recibió la Gran Cruz de Carlos III y alcanzó el culmen del escalafón militar, la capitanía general del ejército, pero sobre todo consiguió el ansiado cargo de virrey de Navarra, en el que se mantuvo hasta el pronunciamiento de Riego, en 1820.

En sus últimos años, su suerte fue tan veleidosa como el rumbo político de la España de su tiempo. Tan pronto esquivó gracias a su mala salud un destierro a Sevilla como, seguido, renunció - por idéntica razón - a retomar el cargo de virrey en Navarra. Así, un ya anciano José de Ezpeleta vivió en Pamplona hasta el día de su fallecimiento, el 23 de noviembre de 1823. Estaba cerca de cumplir los 82 años. Sus restos reposan hoy, junto a los de su esposa, en la iglesia de San Millán, en Beire.

Abuelo del fundador de la Guardia Civil

José de Ezpeleta se casó en La Habana con María de la Paz Enrile y Alcedo, matrimonio que tuvo cuatro hijos y seis hijas. Durante su estancia en Navarra antes de la Guerra de la Independencia, José gustaba de reunirse en Pamplona con su viejo amigo Jerónimo Girón y Moctezuma, capitán general y virrey de Navarra, y fruto de estas reuniones surgió el desposorio entre la hija mayor de José, María de la Concepción, y el primogénito del virrey, Jerónimo Girón y Las Casas. Estos fueron los padres de Francisco Javier Girón y Ezpeleta de las Casas y Enrile, II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas, fundador de la Guardia Civil.

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