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Historia y Patrimonio

Toda, la historia de una gran reina

Fue una de las reinas más influyentes en su época, en el siglo X. Toda Aznárez consiguió que su esposo Sancho Garcés se convirtiese en el primer rey de la dinastía Jimena, le ayudó a llevar las riendas del reino y tuteló a su heredero, García Sánchez

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Toda Aznárez, tal y como se la pintó en el siglo XVI en la Genealogía de los Reyes de PortugalARCHIVO
  • Pedro del Guayo
Publicado el 23/01/2023 a las 06:00
Toda Aznárez nació allá por el año 876. Hay quien concreta que fue el 2 de enero el día en el que vino al mundo, aunque realmente no conocemos con certeza este dato. Y es que al hablar de ella nos estamos moviendo por unas etapas muy antiguas y con escasa documentación escrita. Mucho de lo que conocemos proviene de las crónicas musulmanas del momento; coetáneas a los hechos, pero escritas por manos sitas en la vecina al Ándalus y que jamás conocieron a Toda.
Sus padres fueron Aznar Sánchez, señor de Larraun, y Onneca Fotúnez, hija del rey pamplonés Fortún Garcés. En su hija se unían importantes aspiraciones y derechos que le llevarían a dirigir el futuro el reino de Pamplona. Y es que la historia de su vida vendría marcada mucho antes de su nacimiento. Su tatarabuelo, Iñigo Arista, supo hacerse un sitio entre francos y musulmanes para plantar la semilla del nuevo reino. Este, con ayuda de su hermano uterino, Muza ibn Muza, líder de la cada vez más poderosa familia de los Banu Qasi (que llegó a controlar buena parte de las tierras de la depresión del Ebro), consiguió inaugurar una larga lista de reyes que gobernarían al llamado reino de Pamplona y posteriormente de Navarra. Los tratos entre Íñigo y Muza eran cordiales y de cooperación, pues ambos buscaban libertad de movimientos e independencia respecto a los poderes externos. Pero con la muerte del monarca navarro y la ascensión al trono de su hijo, García Íñiguez, esa política de cooperación desaparece. Fue capturado por los vikingos en el 859, facilitando ello que surgieran lazos de amistad entre el rey pamplonés con el de León, siguiendo por ello en adelante un proyecto de unidad religiosa deseado por la Iglesia. Buscando intereses territoriales comunes, ambos reinos combatirán juntos en numerosas ocasiones contra el poder musulmán.
PARENTESCO CON ABD AL-RAHMAN
Será en este contexto de lucha cuando el heredero del trono pamplonés, Fortún Garcés, es hecho prisionero mientras defendía la plaza de Milagro. Tenía por entonces unos treinta y cinco años de edad. Fue apresado y conducido como rehén a Córdoba junto su hija Onneca. Pasarán allí casi veinte años retenidos para evitar levantamientos del rey García Íñiguez contra los musulmanes. Ese largo cautiverio dorado marcará muchísimo la mente y el alma tanto del padre como de la hija. Sabemos que Onneca se casó con el príncipe Abd Allah, con quien tuvo al menos un hijo llamado Muhammad. Este será asesinado por su hermano al-Mutarrif, hijo de otra esposa del ahora esposo de la navarra. Pero antes de fallecer ya había tenido un hijo al que llamará Abd al-Rahman, el tercero de su nombre y que se convertirá, en el 929, en el poderoso califa de al-Ándalus. Por lo tanto, los nietos de Fortún Garcés, y entre ellos nuestra protagonista Toda Aznarez, serán parientes del califa musulmán.
Cuando el monarca pamplonés García Iñiguez es derrotado y muere durante el ataque a Aibar, al parecer fue sustituido por el noble García Jiménez, miembro de una importante familia local que acabará rigiendo al reino. Esto fue así hasta que Fortún, tras ser liberado, regresa a Pamplona para ponerse al frente del gobierno. Con él volverá también su hija Onneca, quien se casará con Aznar Sánchez y tendrá una hija llamada Toda Aznarez.
Nada sabemos de la infancia de la pequeña. Mientras crecía, su abuelo Fortún gobernaba de una manera no apreciada por todos. Según parece no le interesaban demasiado los asuntos terrenales y pasaba grandes temporadas de retiro en su querido monasterio de Leyre. Tal vez queriendo estar junto a su difunto padre y su abuelo Íñigo, ya que según la tradición estaban allí enterrados. Es de suponer que los más de veinte años de cautiverio en Córdoba hiciesen profunda mella en él, pues habría visto y conocido un mundo totalmente diferente al de su tierra natal y convivido con diferentes formas de pensamiento religioso y filosófico. Al regresar a Vasconia no solo vino un hombre dos décadas mayor y desconocido para muchos, sino alguien que jamás terminó de encajar en ese mundo del norte, más limitado, más oscuro y menos universal como lo era el andalusí.
Cuando estuvo en edad de casamiento a Toda Aznárez la unieron con Sancho Garcés. Este era un noble vascón de gran fama por sus hazañas guerreras, arrojo y valentía. Era respetado y admirado por muchos y pertenecía a la importante familia Jimena, que tanto había participado en la construcción del reino de Pamplona.
El estilo de gobierno de Fortún pronto se ganó numerosos detractores que no veían con buenos ojos que el monarca pamplonés siguiera el estilo de su antepasado Iñigo Arista, al volver a facilitar un acercamiento con mano amiga a los musulmanes, entre los que destacaba la familia de los Banu Qasi. Así fueron surgiendo voces de disconformidad con dicha política y al parecer esta fue la oportunidad dorada que supo manejar a la perfección nuestra Toda Aznarez para pasar a primera línea. Según cuenta la tradición, consiguió apartar a su abuelo del trono y elevar a su marido a la dignidad real. Unos dicen que fue un golpe de estado, por lo que le habría obligado de alguna manera a abdicar por la fuerza; otros que poco necesitó Fortún para echarse a un lado y abandonar los asuntos del reino. Estaría cansado de todo: de las intrigas, de la guerra, de los odios… No se vería con ganas de seguir llevando una corona que de seguro no le fue grato ceñir. Así que con más de setenta años se retiraría al monasterio de Leyre y morirá allí casi veinte años después, siendo recordado como Fortún el Monje.
LAS RIENDAS DEL REINO
De esta forma es como Toda consiguió que su esposo Sancho se convirtiese en rey, siendo el primero de la nueva dinastía Jimena que tantos grandes logros y buenos reyes dieron a Pamplona y a Navarra. En un mundo de hombres, siempre estuvo a la sombra de su marido. Pero como decía Robert Graves en su novela Yo, Claudio: “El emperador Augusto gobernaba el mundo, pero Livia -su esposa- gobernaba a Augusto”. Y es que Toda siempre llevó las riendas del reino y además con mano firme. Sancho reinó desde el 905 hasta el 925, cuando falleció al caer por un barranco y fue aplastado por su caballo. La muerte, celebrada por los musulmanes ya que el rey pamplonés sería considerado como uno de sus peores enemigos, dejó a un heredero al trono de apenas seis años. El pequeño García tuvo que ser tutelado, según dictaba la tradición, por un pariente varón, trabajo que recayó en su tío Íñigo Garcés, pero siempre bajo la atenta mirada de su madre Toda.
Muerto su marido, la reina viuda tuvo mayor libertad de movimientos y comenzó a establecer las bases para enlaces matrimoniales que unirían a Pamplona con otros reinos y condados, reforzando así su situación y prestigio, al mismo tiempo que se encargaría de supervisar la educación de su hijo. Será la regente del reino de Pamplona desde el 905 hasta el 933, año de la mayoría de edad de García. Pero aún entonces siguió interviniendo de manera directa en el gobierno y en la toma de decisiones del monarca. Ejercía una enorme influencia en la corte pamplonesa y fue seguramente el personaje más importante del reino, llegando a extenderse su fama mucho más allá de las fronteras del territorio que gestionó.

El Craso, el nieto que fue desterrado por su peso

Uno de los capítulos más significativos de su vida y claro ejemplo de su personalidad, lo podemos encontrar en el problema político que sufrió su nieto Sancho el Craso de León. En el 956 este era coronado rey, pero dos años después fue destronado, debido a su extrema gordura, por los nobles leoneses y castellanos que antaño le apoyaron, liderados por el conde Fernán González. Ante esta situación pidió ayuda a su octogenaria abuela, quien se puso en contacto con un sobrino suyo, el mismísimo califa Abd al-Rahmán III, enemigo tradicional pero ahora convertido en aliado temporal. Por medio del judío Abu Hasday establecieron el coste de dicha alianza y prepararon el rocambolesco viaje del monarca desde Pamplona hasta la gran Córdoba para poner una solución a su estado de salud. Según nos cuenta Ángeles de Irisarri en su magnífica novela El viaje de la reina, a Sancho lo tuvieron que trasportar en una estructura construida especialmente para poder soportar su gran peso, el cual, según cuenta la tradición, llegaba casi a los doscientos cincuenta kilos.
El califa estableció que, a cambio de su ayuda, recibiría de parte de Sancho diez plazas fuertes y garantizó que no solo se le darían los mejores tratos médicos de la época, sino que Abd al-Rahmán le cedería una fuerza militar para poder enfrentarse a sus enemigos y restablecerse en el trono leonés. Con esto fijado y tras un largo viaje, llegaron en el 958 a la capital andalusí Toda, el rey destronado y la comitiva regia que les acompañaba. Fueron recibidos por el califa en el lujoso palacio de Madinat al-Zahara con gran pompa y boato. Tía y sobrino se vieron cara a cara y durante el tiempo que duró el tratamiento los lazos familiares se impusieron a las luchas políticas.
El médico judío que trató a Sancho le puso una dieta extrema, llegándole a atar las manos y los pies, a coserle la boca y a alimentarlo a base de infusiones ingeridas a través de una pajita. Tras conseguir bajar más de cien kilos y siguiendo con lo pactado, Toda y Sancho emprendieron el camino de regreso. La anciana reina ordenó atacar tierras castellanas como distracción, mientras su sobrino, acompañado por una fuerza militar cordobesa, llegaba a León y se alzaba de nuevo con la corona. El orden se había vuelto a establecer.
Poco después de este hecho morirá la anciana Toda Aznárez un 15 de octubre del 958, a los ochenta y dos años, edad extremadamente avanzada para la media de su tiempo. Aunque cierto es que los líderes de su linaje, los Arista, habían sido bastante longevos: Íñigo Arista llegó a los ochenta y un años, García Íñiguez a los setenta y dos y Fortún Garcés a los noventa y seis. Fue enterrada en un sencillo sarcófago de piedra en el monasterio de San Millán de Suso, actualmente en la Rioja, lugar que por entonces pertenecía al reino pamplonés. En el año 954 su hijo, el rey García Sánchez, consagró el que fuera cenobio visigodo transformado en mozárabe, para que allí se llevaran los restos de su madre. Y en ese destino permanecen a día de hoy, en la paz que da un lugar detenido en el tiempo, esperando a todo aquel que quiera acercarse para escuchar la historia de una de las más extraordinarias reinas que ha tenido esta tierra.
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