Literatura
Bibiana Candia: “Aunque convirtamos en tabú la historia que nos precede, sigue afectándonos”
Su primera novela, ‘Azucre’, es para las librerías navarras la mejor de 2021 en castellano. Ficciona la historia de cientos de jóvenes gallegos que fueron esclavizados al llegar a Cuba para trabajar en el azúcar. Estará este viernes en Pamplona


Publicado el 24/03/2022 a las 06:00
“Con todo lo gallega que es, se trata de una novela puramente berlinesa”, ríe Bibiana Candia. Autora de Azucre, la mejor obra en castellano de 2021 para las librerías navarras de la Asociación Diego de Haro, lo dice porque vivía en Berlín cuando escribió esta historia de ficción que rodea una real: la de 1.700 jóvenes gallegos que a mediados del siglo XIX fueron a Cuba a trabajar en el azúcar pero que terminaron vendidos como esclavos. Una historia que no estaba escondida pero que era al mismo tiempo desconocida y que a Candia le obsesionó al adentrarse en ella: cómo podía ser que un hecho tan tremendo no hubiera pasado a la memoria popular. Esos cientos de jóvenes fueron reclutados para ir a una empresa, Compañía Patriótico Mercantil, fundada por Urbano Feijoo de Sotomayor, gallego, diputado, de familia hidalga, afincado en Cuba y que, “aprovechando la situación de necesidad de sus compatriotas, promovió una campaña de colonización blanca y sustitución de la mano de obra llevada desde África”. Porque al llegar los jóvenes se encontraron con unas infraestructuras preparadas para los esclavos a los que iban a sustituir . Vivieron “en condiciones terroríficas y muchos murieron”. Candia recogerá este viernes el galardón en el Museo de Navarra (13 horas) junto a otros premiados y participará en una mesa redonda (19 horas).
Salvando las distancias, usted necesitó salir de España para ser escritora y estos jóvenes abandonaron su tierra por un sueño. ¿Le ha ayudado a la novela que usted estuviera fuera de casa?
A esta novela le vino muy bien que yo supiera perfectamente qué era sentir la morriña, lo que llamamos las saudades, de tu casa, de tu tierra, de los tuyos, de la comida, del modo de vivir que conocemos desde que nacemos. Eso está reflejado porque yo sabía muy bien cuál era esa sensación, y, con muchísima distancia, porque sería obsceno que me comparara con ellos, en cierto modo ese paralelismo existe.
En la solapa del libro ha incluido una fotografía de 1890 de la vista del castillo de San Antón desde el puerto de A Coruña.
La encontré cuando me estaba documentando. Tenía una colección de imágenes que utilizaba para inspirarme, para entrar en situación para escribir, y esa vista del castillo me gustó muchísimo porque era la bucana de salida del puerto, la misma vista que habían tenido ellos, y era un punto de conexión muy fuerte poder tener esa misma sensación, desde esa misma perspectiva, de salida al mar abierto. Era lo más parecido a poder ver la realidad a través de sus ojos.
Ha contado que en el Archivo del Congreso de los Diputados hay cartas que escribieron desde Cuba. Parece increíble que apenas se sepa de estos jóvenes.
Supongo que tiene que ver con que siempre se han contado historias de inmigración de éxito y que poco después de que esto sucediese España perdió Cuba y esta se convirtió en un agujero negro histórico. Pero que apenas se supiera de esta historia fue la razón por la que escribí la novela. La historia no estaba oculta, y me dejó estupefacta darme cuenta de que toda la información estaba ahí, incluidas las sesiones de Cortes donde se discutió este asunto que salió en los medios de comunicación de la época y fue un escándalo enorme a ambos lados del Atlántico, y que en una sociedad como la gallega, eminentemente rural y con una tradición oral tan enorme, ya nosotros los gallegos no tuviésemos ni la más remota idea.
Agradece a su amiga Inma Gende que le mostrara algo por lo que usted decidió seguir. ¿Qué fue?
Me mandó un link al portal de Internet xenealoxia.org, donde un documentalista cuenta que comprobó en Ebay unos documentos antiguos con las listas con los nombres de todos los que fueron en los barcos a Cuba. Después me envió un documental de RTVE, Gallegos por esclavos, donde se cuenta de forma pormenorizada esta historia. Empecé entonces a entrar en archivos antiguos y a buscar artículos académicos, y comencé a encontrar de todo. Fue abrumador. No me podía quitar la historia de la cabeza y pensé que escribirla iba a ser la forma de abandonar esta obsesión y dejar de investigarla.
Ha dicho que el mejor camino para llegar a la verdad es la ficción. ¿Por eso la utiliza en Azucre?
Sí. El gran enigma de la historia y que me hizo reflexionar tanto sobre ella era justamente esto: si las pruebas, la documentación, todo está al alcance de cualquiera, ¿por qué no conocemos esta historia? Y llegué a la conclusión de que era porque nadie nos la había contado. Los papeles, los artículos, las actas de Cortes... están muy bien para los técnicos, para los juicios, para la parte académica de la vida. Pero la que toca a la parte humana es la ficción. Pensé que tenía que hacer una ficción que enmendara esta realidad que nos había resultado huidiza y que contara, únicamente desde el punto de vista de ellos, el relato que debía haber sido la memoria colectiva, la que tendría que haber pasado de generación en generación sobre qué ocurrió.
Ficciona y se apoya en Historia.
Tiene que ser ficción verosímil. Me documenté como si fuera a escribir una tesis sobre esto. Necesitaba tener un conocimiento amplio de este caso, de cómo era entonces el mundo y Galicia, cómo eran las condiciones, cómo vivía la gente aquí y en Cuba... Pura ficción son los personajes, y deliberadamente porque quería tener absoluta libertad para escribir de ellos. Creé un escenario históricamente impecable, solté ahí a los personajes de ficción y los dejé interactuar. Ahora que he podido acceder al expediente de las Cortes -antes de escribir la novela no pude porque había que tener una serie de autorizaciones y era imposible- tengo claro que las circunstancias reales fueron muchísimo peores de lo que yo conté. Lo que tuvo que pasar esa gente fue terrorífico.
Sus personajes son ficcionados. Tampoco Urbano Feijoo de Sotomayor aparece en la novela.
En ella es como un fantasma: está ahí, pero nadie habla con él. Yo quería ante todo que la novela se centrarse en los protagonistas, darles voz por ser los que nunca habían hablado. Feijoo de Sotomayor no dejó de ser un privilegiado sin escrúpulos que se aprovechó de esta situación, y en el fondo un personaje bastante gris.
Con lo dramática que es la historia real, la novela no está escrita de forma pesimista, negativa o sensiblera. ¿Lo buscó así?
Quería que este libro fuese un homenaje a nuestros antepasados que tuvieron que sufrir estas condiciones terribles. Por eso en el lenguaje hay una búsqueda de belleza, de honrar esa desgraciada inocencia que los llevó a las peores manos y de poder recordarlos con cariño a pesar de que la situación fue de absoluto horror. Quería que los lectores se enamorasen de ellos, que los quisiesen, y para eso era necesario que pudiesen empatizar con ellos y hubiese chispas de luz.
Se lee en Azucre: “Las vidas iguales son vidas intercambiables”. La uniformidad del esclavismo para perder su identidad.
De hecho, cuando llegan al puerto de Cuba y los visten iguales, no había casi manera de diferenciarlos. Aunque eran rapaces medianamente diferenciados dentro del texto, en el fondo tienen más o menos las mismas ideas, la misma edad, han vivido más o menos en las mismas aldeas... y son casi indiferenciables, algo muy terrorífico y muy moderno: desde el siglo XIX hasta hoy el mundo se ha sofisticado en cuanto a tecnología, pero el sistema de cómo funciona, de tratar a la gente como números, no ha cambiado apenas nada y sigue funcionando normalmente para despersonalizar y permitir este tipo de abusos con mucha más facilidad.
También “la tierra nos odia; si no, no nos haría esto”. Con todos los refugiados que ahora lloran amargamente su tierra, cómo tendrían que sufrir estos chicos gallegos para pensar eso.
En aquel tiempo, Galicia fue un lugar terrorífico por el hambre, la enfermedad, el sistema prácticamente feudal en el que vivía este tipo de gente pagando diezmos y sometidos por la Iglesia... Aquella época fue muy terrible y no hay más que ver los índices de mortandad. Sin embargo, Galicia en general siempre ha sido un lugar complicado. Por eso los gallegos tenemos este historial de emigración. A veces lo tomamos con frivolidad -de ahí la frase “hay un gallego en Luna”-, pero eso esconde la realidad de que los nuestros estuvieron dispuestos a llegar a cualquier lugar con tal de sobrevivir, y eso acarrea un dolor terrorífico.
Tras escribir 140 páginas, ¿cuántas palabras son necesarias para contar la desgracia?
Si te lo digo literalmente, 22.000, algo así. Lo más importante es que sean las palabras exactas, cuantas menos mejor para que la historia esté suficientemente condensada y atomizada, con capítulos cortos, como una especie de flashes de memoria que fuesen formando una historia. Esa es la literatura que defiendo.
¿Qué ha aprendido con esta historia a nivel humano?
Esta novela me ha hecho replantearme qué significa ser gallego, entender que la historia que nos precede es sumamente importante, y que incluso cuando no hablamos de ella, cuando la convertimos en tabú, sigue afectándonos. Porque todas estas historias que permanecen ocultas o sin mencionarse nos siguen cargando de significado y culturalmente. Cuando entré en esta historia, y eso que me impactó muchísimo, aún no era consciente de hasta qué punto me iba a remover.
DNI
Bibiana Candia (17 de agosto de 1977, A Coruña) ha publicado dos poemarios, La rueda del hámster y Las trapecistas no tenemos novio, el libro de relatos El pie de Kafka y el artefacto narrativo Fe de erratas. Colabora de manera regular con Jot Down, Letras Libres y The Objective. Azucre es su primera novela. En octubre del año pasado regresó a España desde Berlín, donde residió desde 2011. Vive en Madrid.