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Tribuna histórica

El Príncipe de Viana, ¿humanista de conveniencia?

El autor señala que, pese a que hay quien le considera como uno de los iniciadores del humanismo, Carlos de Viana se basó en la filosofía de Aristóteles para apoyar las verdades del cristianismo y la subordinación de la razón a la fe

Ampliar La prisión del Príncipe de Viana, un cuadro de Tomás Muñoz Lucena que se guarda en el Museo de Bellas Artes de Córdoba
La prisión del Príncipe de Viana, un cuadro de Tomás Muñoz Lucena que se guarda en el Museo de Bellas Artes de Córdoba
Publicado el 24/01/2022 a las 07:30
Durante el pasado año se celebró el 600 aniversario del nacimiento de Carlos en Peñafiel (1421), hijo de la reina Blanca de Navarra y de Juan II de Aragón. Exposiciones, nuevos libros, biografías y conferencias se han ido desarrollando, mostrando las distintas vicisitudes del Príncipe. Pero nos ha quedado una duda ¿podemos considerar humanista a don Carlos?
Sería conveniente hacer una reflexión. El Renacimiento fue un período específico en la historia, del siglo XIV al XVI, que abarcó todos los aspectos de la vida; el humanismo fue un movimiento filosófico, cultural, artístico e ideológico que nació en ese período, como Escuela de pensamiento. Se caracterizó por la vuelta al estudio de la antigüedad clásica greco-romana en oposición a la filosofía escolástica, donde el centro era Dios, propio del medievo.
ARISTÓTELES, EJE DE LA CULTURA EN EUROPA
Durante los siglos XII y XIII, Aristóteles se convirtió en el padre de la filosofía occidental. Fue un referente fundamental para entender la historia política y cultural de Europa y, por tanto, también de la península Ibérica. Sus obras originales provenían de la influencia árabe y de ahí se sirvió occidente, de tal manera que las distintas versiones tenían su origen en raíces orientales. Los textos de los clásicos en árabe se tradujeron al griego o al latín por autores como el italiano Gerardo de Cremona o el escocés Miguel Escoto.
La universidad, tan propicia en favor del filósofo Aristóteles (384-322 a. C.), impulso la faceta ética y cobró interés en los círculos intelectuales. Parte de la doctrina de Aristóteles se reflejó en el Libro de Alexandre, donde va repasando las virtudes que debe tener todo gobernante. Aristóteles puso como modelo a Alejandro Magno, rey de Macedonia (356-323 a C), para ello se convirtió en maestro del monarca. Tres son las virtudes imprescindibles a practicar: generosidad, grandeza y desprendimiento y que, además, fortalecen la legitimidad monárquica. Aristóteles le repetía una y otra vez a su discípulo el Magno que para reinar debía tener el dominio de sí mismo. Sin embargo Alejandro poseía una ambición insaciable, se dejaba llevar por pasiones sexuales y era un gran consumidor de vino.
CARLOS DE VIANA EN LA CORTE DE NÁPOLES
En el s. XV la península itálica con sus ciudades-estado y repúblicas se convirtió en centro cultural con el Humanismo y el Renacimiento. La corona de Aragón ocupó varios territorios, entre ellos el Reino de Nápoles con Alfonso V de Aragón (1442).
Con este movimiento humanista se encontró Don Carlos a la llegada a Nápoles (1457). El Príncipe de Viana, ante las dificultades y enfrentamientos con su padre Juan II, se refugió en la corte napolitana de su tío, Alfonso V, durante año y medio (primavera de 1457 hasta agosto de 1458). El hijo de la reina Blanca, al entrar en la corte, recibió un choque psicológico al observar entre los intelectuales un fuerte atractivo hacia el paganismo de los autores clásicos e inclinación sobre los gustos estéticos, totalmente opuestos a sus convicciones cristianas. El de Peñafiel se tuvo que empapar de las ideas de su tío Alfonso. Este creía que su autoridad, como rey-mecenas, se vería recrecida y reforzada con la creación de una academia cultural con el espíritu humanista renacentista. Para ello se sirvió de su sobrino, que también pretendía beneficiarse.
Este humanismo, que se cuela en las cortes reales de Italia y, por tanto, también en Nápoles, puso todo su interés en la filosofía griega, sobre todo en Platón, Sócrates y Aristóteles. La difusión de las obras de Aristóteles entre la nobleza fue causada por la entrada de bachilleres que desarrollaron la práctica de una buena moral. El Príncipe en Nápoles pronto se dio cuenta que toda la fuerza de sus colaboradores se canalizaba en buscar el bien común, la perfección del ser humano, como centro del universo, pensamiento laico opuesto a la escolástica, libertad frente al dogmatismo.
El espíritu humanista, el pensamiento literario y filosófico se opuso a una escolástica medievalista y gótica. Era la lucha de la lógica frente a la creatividad del ser humano. Tres eran las claves de la nueva corriente: razón, filosofía y libertad. El nuevo pensamiento napolitano rechazaba que el saber estuviera subordinado a la doctrina escolástica (Petrarca, Erasmo), basado en el estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia. Estas nuevas ideas renacentistas no encajaban en los planes de Don Carlos, que proponía utilizar la filosofía para un mejor conocimiento de Dios.
EL PRÍNCIPE DE VIANA, TRADUCTOR DE 'ÉTICA'
Una propuesta revoloteaba en la mente del Príncipe, sin renunciar a su moral cristiana: despertar en la nobleza una cultura basada en la vuelta al pensamiento de los autores grecorromanos, así como impulsar el renacimiento (resurgir de las artes y las ciencias). Pronto se volcó en una obra de Aristóteles, que, por su contenido, le podría ayudar a convertir las ideas paganas en virtudes morales. Se fijó en el libro traducido del griego al latín por Leonardo Bruni: Ética a Nicómaco, que fue impreso cincuenta años más tarde por Jorge Coci en Zaragoza (1509).
Por tanto, entre 1457-58, Don Carlos tradujo del latín al idioma navarro-aragonés (romance) el texto de Aristóteles: Ética a Nicómaco; hablaba el francés, pero prefirió la lengua materna En Nápoles, el Príncipe combinaba su ansia de gobernar Navarra y, al mismo tiempo, su preocupación por la cultura cristianizada. Dedicó el volumen a su tío resaltando sus virtudes ¿Fue el mediador entre la Edad Media y el Renacimiento?
Carlos advertía que Aristóteles proponía alcanzar en la sociedad “la virtud”, adquirida con hábitos, es decir, con actos libres repetidos con esfuerzo. Puso como modelo la moral que debe seguir todo gobernante, por eso el Príncipe se convirtió en traductor y “autor” de esa idea, personalizando el libro. No se conformó con traducir sino que rebatió y añadió opiniones. Su parecer lo plasmó en el libro a través de las glosas (explicación o aclaración) que las dividió: en breves, colocadas en los márgenes; en extensas para resumir el contenido; en amplias que se convierten en comentarios. Además las utilizaba para adaptar la idea a la fe cristiana, incluso muestra su vena poética: “La fe sin un concepto/ es la vista creer/ así bien el amor perfecto/ es una ausencia más querer”.
Para diferenciar sus aportaciones del texto original, colocó las expresiones “según mi parecer”, “remítame al preclaro juicio vuestro”, incluso añadió el pensamiento de Cicerón, de Horacio y, sobre todo, de Santo Tomás, cuando aclaraba algún aspecto filosófico.
El pretendiente a reinar Navarra reiteró las virtudes a conseguir por toda persona: la amabilidad, la sinceridad, la agudeza, el pudor y la vergüenza, la continencia, la amistad, la valentía, la moderación, la benevolencia, la concordia y la dignidad.
El de Viana hizo hincapié en la idea básica de Aristóteles: “In medio stat virtus”, cuyos extremos son la temeridad y la cobardía; en ese término medio debe prevalecer la justicia, que es la medida para un obrar correcto; sin olvidar también la amistad, superior a la anterior. Porque cuando dos personas son amigas no es necesario practicar la justicia ni hay miedo a desobedecerla. Por último, para dar un salto en la perfección del ser humano se debe practicar la prudencia; sin embargo el grado más elevado de virtud es la sabiduría que se mueve en el ámbito de la contemplación y es el último peldaño de la escalera, donde se adquiere la felicidad.
LA CULTURA COMO PROMOCIÓN POLÍTICA
Terminada la traducción, el pretendiente navarro escribió a “todos los letrados de España” para que siguieran la formación moral de Aristóteles y la transmitieran a sus políticos. Incluso el Príncipe dió un paso más, y utilizó la filosofía tomista para resaltar las virtudes morales del cristianismo.
Su muerte inesperada (1461), a los 40 años en el Palacio Real de Barcelona, supuso que su mayordomo Bolea y Galloz mandara la misiva a los tres monarcas hispanos de Portugal, Aragón y Castilla. Además aconsejó la conveniencia de popularizar la fama de santidad de Carlos. Sobre todo se propagó el culto público en Cataluña, con supuestas dotes de milagrero y de curar enfermos. Algunos autores consideran que el Príncipe fue el germen del espíritu nacionalista catalán.
Don Carlos pensó que “su humanismo” le serviría como promoción para convertirse en rey, pero se equivocó al comprobar que la cultura siempre está subordinada a los intereses políticos. Reitero, el Príncipe fracasó por su falta de pericia política al creer que su sensibilidad cultural renacentista le iba a aupar al trono navarro. Pero tropezó con un padre, el tosco y guerrero Juan II, que no entendía de esas florituras o exquisiteces intelectuales y le apartó de poder ser rey.
Esto no quita para que fuera un hombre culto, amante de la música, pintura y poesía, que escribiera Crónica de los Reyes de Navarra, tradujera a Plutarco o estudiara a Séneca y Tito Livio. Poseía una extensa biblioteca con volúmenes de historia, literatura y teología. De nuevo, en el s. XIX, se realzó su atractiva figura, por eso su imagen está presente en libros, cuadros, obras de teatro, documentales y calles y plazas no solo de Navarra sino de otras autonomías. Sin duda que Carlos de Navarra ha pasado a la historia como “un héroe romántico, como un perdedor refinado”, con el lema Utrimque roditur, por todas partes me roen.
¿SE PUEDE CONSIDERAR HUMANISTA AL PRÍNCIPE DE VIANA?
Muchos autores colocan a Don Carlos como el iniciador del humanismo. Pero si examinamos la traducción de Ética a Nicómaco, no mostró ningún elemento para otorgarle ese calificativo, porque fue un volver al sistema medieval. El dividir la obra en capítulos, epígrafes y glosas le abocó a no aplicar el espíritu humanista. No supo interpretar las ideas de Aristóteles más abiertas y se dedicó a estreñir el pensamiento con armazones rígidos y esquemáticos. Se apoyó en la filosofía aristotélica para explicar las verdades del cristianismo con aportes de san Anselmo y san Agustín. En su traducción y comentarios, el Príncipe continuó con su estructura poco flexible, al subordinar la razón a la fe.
El de Viana, rodeado de inminentes literatos y pensadores, no consiguió absorber las vivencias de la Escuela napolitana. Porque el humanismo no consistía en desmenuzar las obras clásicas de los autores, para una mejor comprensión del lector, sino de darle a la sociedad unas nuevas formas de pensar y actuar poniendo como centro al ser humano en sus múltiples facetas de su desarrollo. Es decir, impulsar la educación estética de la sensibilidad humana.
Sus compañeros humanistas en Nápoles ya habían renegado del enfoque metodológico de siglos anteriores y el Príncipe no logró desprenderse de sus ideas tomistas. El sobrino no interpretó el encargo de su tío Alfonso el Magnánimo de traducir a Aristóteles con mente amplia. Le faltó en sus comentarios el gusto estético y artístico con el fin de desarrollar la creatividad, el goce de los sentidos y la capacidad para discernir lo feo de lo hermoso.
¿Podríamos decir que fue un humanista chapado a la antigua? ¿Se puede considerar humanista a una persona que basó su ideología y sus escritos en la escolástica de Santo Tomás, en el teocentrismo, propio del medievo? ¿Fue un humanista de conveniencia, como medio para ser rey, o un anticipo del humanismo cristiano de Maritain? Muchos son los interrogantes que quedan sin aclarar.
En conclusión, podríamos afirmar que las múltiples glosas utilizadas por el Príncipe de Viana en la traducción de Ética le sirvieron para cristianizar la filosofía pagana de los autores clásicos greco-romanos con un enfoque rígido. Le faltó plasmar la sensibilidad, el sentimiento afectivo, la belleza humana o el disfrute de los sentidos, propio de los humanistas. Su moralidad y su espíritu religioso le impidieron aceptar la búsqueda de la perfección humana, antropocentismo, sin los principios cristianos.
Luis Landa es historiador y escritor.
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