Continuar

Hemos detectado que tienes en Diario de Navarra.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, por favor o suscríbete para disfrutar SIN PUBLICIDAD de la mejor información, además de todas las ventajas exclusivas por ser suscriptor.

SUSCRÍBETE
Edición impresa

Actualidad Navarra, Pamplona, Tudela, Estella, Osasuna, Deportes, Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona, Política, Economía, Trabajo, Sociedad.

Historia

Hombres de carne y hueso que inspiraron a los malos de los cuentos de terror

Algunos hombres infundieron tanto miedo a su paso que su recuerdo fue utilizado para alimentar los cuentos de terror, como el soldado alemán, hessiano, que se convirtió en el jinete sin cabeza de la 'Leyenda de Sleepy Hollow'

Ampliar Imagen del cartel de la película 'Sleepy Hollow'
Imagen del cartel de la película 'Sleepy Hollow'DN
Publicado el 23/01/2022 a las 17:23
Hubo personas de carne y hueso que a lo largo de su vida fueron capaces de infundir tal temor a sus contemporáneos que su nombre o el de su tribu sirvieron a los narradores para, únicamente con mencionarlos, generar en las mentes de sus oyentes el más profundo de los miedos. Siglos después han llegado hasta nosotros, pero tan envueltos en la bruma de la leyenda que hemos olvidado que fueron, de hecho, reales.
Vamos a recordar algunos de ellos, empezando por uno de los malos más conocidos: el jinete sin cabeza de la 'Leyenda de Sleepy Hollow'.
Antes de que Jonny Deep y Tim Burton la inmortalizaran en su película, la 'Leyenda de Sleepy Hollow' fue un cuento escrito por Washington Irvin en 1820. Y el autor, ya en la primera página, quiso dejar claro de quién se trataba este jinete. Desde luego, no lo hizo por casualidad. Porque el jinete sin cabeza no es un vaquero del oeste o un indio o un campesino. No. Es un soldado. Y no cualquier soldado. Es un alemán, un mercenario del ejército de Hesse. Uno de esos hombres que, apenas cuatro décadas antes de la publicación del cuento, habían participado en la Guerra de la Independencia de Estados Unidos al lado de los británicos, ganándose a pulso una fama de feroces y sanguinarios. 
Pero vayamos al texto de Irvin, que dice exactamente lo siguiente:
"Un fantasma decapitado que se aparece a lomos de un caballo: para algunos, no es otro que el espectro de un soldado que sirvió en la caballería de Hesse; un soldado al que una bala de cañón arrancó de cuajo la cabeza en una batalla de la Guerra Revolucionaria y que aún galopa, como llevado por el viento, en las noches más oscuras. El cuerpo de aquel soldado recibió sepultura en el camposanto de aquella iglesia junto a la que se aparece, sí, pero su fantasma vaga por las noches y pena en busca de su cabeza en lo que fue campo de batalla; después, antes de que amanezca, ha de regresar a su tumba".
Curiosamente, el relato de Irvin, según los historiadores, tiene un fondo real. En la batalla de White Plains, en 1776, un artillero del ejército de Hesse fue efectivamente decapitado por una bala de cañón lanzada por los revolucionarios norteamericanos. Y, según parece, su cabeza fue abandonada en el campo de batalla; no así el resto del cuerpo, que sus compañeros lograron llevarse y dar sepultura en el cementerio de la Vieja Iglesia Holandesa de Sleepy Hollow.
Pero, ¿quién eran esos hessianos, qué hacían en Estados Unidos durante una guerra entre británicos y colonos y por qué infundían tanto terror?
Hesse, situado en el centro de la actual Alemania, fue durante siglos un estado que formaba parte del Sacro Imperio Romano. Estaba situado en zona boscosa, lejos de los grandes ríos o de la costa, en una zona endémicamente empobrecida.
Pero, durante el siglo XVIII, los pequeños estados alemanes descubrieron y explotaron un lucrativo negocio. Reclutaban tropas, un pequeño ejército que, desde luego, no les serviría para atacar a nadie ni para defenderse del ataque de una gran potencia, pero sí para alquilarlo por un buen precio.
El rey Jorge III de Inglaterra tenía estrechos lazos con el pueblo alemán, ya que pertenecía a la Casa de Hannover, es decir, una dinastía alemana. Así, él fue el principal cliente de estos pequeños estados. Y cuando se declaró la rebelión de las Trece Colonias, el rey inglés firmó un tratado con el señor de Hesse, el landgrave Federico II, para que le enviara 12000 soldados.
Así, los hessianos llegaron a América. Y lo hicieron en un momento, al inicio de la contienda, en el que los colonos, los rebeldes americanos, estaban acumulando sorprendentes triunfos. Tantos que la victoria final, el desenlace de la guerra, parecía cercano: Bunker Hill, Fort Ticonderoga, Great Bridge, Moore's Creek Bridge, Montreal, Boston... todo eran victorias para los revolucionarios.
Pero el desembarco de nuevas tropas británicas, acompañadas por los mercenarios hessianos, cambió por completo el panorama de la guerra. Cayó Brooklyn y, como una bola de nieve, también lo hicieron Long Island, Nueva York, los Altos de Harlem y todo Manhattan.
Los colonos estaban sobrepasados y sorprendidos, en especial, por la destreza de los hessianos, que eran perfectamente reconocibles en la batalla, ya que utilizaban los uniformes, banderas y emblemas propios de su tierra. Así, no tardó en rodearles de un áura de invencibilidad. Y, al mismo tiempo, surgieron leyendas en las que se decía de los hessianos que actuaban con una fiereza implacable y una violencia e inhumanidad despiadadas.
Se les acusaba de violaciones, de saqueos, de dejar a sus enemigos clavados en los árboles con la punta de sus bayonetas. Se les temía, casi, desde mismo el momento en que pusieron un pie en América.
Lo cierto es que los hessianos no tenían demasiadas razones para tratar con humanidad o miramientos a los americanos. Estaban en tierra extraña y ellos mismos habían padecido en sus carnes qué suponía que un ejército extranjero se adentrara en su territorio.
Hesse, no en vano, fue una de las zonas más castigadas durante la salvaje Guerra de los Treinta Años, seguramente una de las contiendas en las que más sufrió la población civil. Y aunque hacía más de un siglo que aquella barbarie había terminado, todavía quedaba vivo su recuerdo. Un recuerdo que ha llegado hasta nuestro días en cuentos como Hansel y Gretel u otros tantos, que hunden sus raíces en el centro de Alemania y nos hablan de lo que quedó allí después de la guerra: de un hambre atroz, de abandono forzado de niños, de canibalismo incluso.
Además, mientras británicos y colonos podían sentir que en cierta manera estaban luchando contra "hermanos" -levantiscos u opresores, según el caso, pero hermanos al fin y al cabo-, no era ese el caso de los hessianos. Y con ellos llegaron las victorias británicas. Washington y su Ejército Continental, tras fracasar en la defensa de Nueva York, huyeron hacia el norte para intentar abandonar la isla de Manahattan y refugiarse en Nueva Jersey, primero, y Pennsylvania, después.
Pero el ejército británico, con sus mercenarios hessianos, les alcanzó en una zona llamada White Plains. El 28 de octubre de 1776, las tropas de la corona británica y los rebeldes combatieron junto al río Bronx. Los colonos tenían las mejores posiciones defensivas, pero estaban en inferioridad numérica. Una colina, Chatterton Hill, era el punto clave. Y los británicos supieron a quiénes debían confiar el asalto a aquel lugar, el más comprometido, el más difícil.
El regimiento de Granaderos del coronel Johann Gottlieb Rall, apodado 'el León', se lanzó al ataque y arrolló a la milicia de Massachusetts, la encargada de defender la colina. Una vez tomada, el ejército rebelde se encontró en posición comprometida, copado por uno de sus flancos, y tuvo que huir. Los hessianos, una vez más, dieron el triunfo a los británicos.
Precisamente, en esta batalla de White Plains es en la que, según se ha podido averiguar, murió decapitado el artillero que, en la leyenda, se convirtió en el jinete sin cabeza.
Todavía los hessianos se destacaron en la toma del estratégico Fort Washington, en la ribera del río Hudson, pero tras muchas batallas victoriosas, su suerte cambió el día de Navidad de ese mismo año, 1776.
Esa noche, el general Washington cruzó por sorpresa el gélido río Delaware, es decir, en un inesperado contraataque regresó a Nueva Jersey desde Pennsilvania, donde se había refugiado para lamerse las heridas. A la mañana siguiente, el Ejército Continental consiguió imponerse a británicos y hessianos en Trenton. Un triunfo que detuvo en seco la marea victoriosa británica y que inició un nueva etapa de la guerra. Una etapa que favorecería, poco a poco a los rebeldes, hasta lograr su definitiva independencia en 1783.

Los ogros de Perrault, ¿húngaros nómadas que asolaban Europa?

Dejemos a un lado la 'Leyenda de Sleepy Hollow' y la lejana norteamérica y viajemos ahora hasta la más cercana Francia. Allí, en 1697, un bibliotecario llamado Charles Perrault compendió un puñado de relatos que hasta entonces se habían transmitido, sobre todo, de forma oral. Los publicó en un libro que llamó "Cuentos de los tiempos pasados", aunque para nosotros ese libro es más conocido como "Los cuentos de mamá oca". ¡Y qué cuentos!: Caperucita Roja, Pulgarcito, Cenicienta, El Gato con Botas, Barba Azul, Piel de Asno, la Bella Durmiente... un legado genial.
En esa recopilación, Perrault menciona por primera vez un nuevo tipo de malo, un ser maléfico, un cruel secuestrador que se alimenta de niños: un "ogro".
Durante siglos se dio por buena la explicación de que "ogro" prodecía de "ugrio" o "ungrio", que es el nombre con el que se conocía a los antiguos húngaros en la Edad Media. Ahora los filólogos creen que esa no es la explicación correcta, pero sólo el hecho de que fuera planteada y dada por buena durante tanto tiempo nos habla de la impronta que dejaron los ugrios en la 'psique' europea.
Los húngaros, que se conocen a sí mismo como magiares, son uno más de los pueblos que migraron por las estepas rusas siguiendo un modo de vida nómada. Desde el Volga marcharon hacia el Caúcaso, a Crimea y marchando siempre hacia el oeste, llegaron a Europa en el siglo VIII.
Y su contacto con la civilización, con los pueblos sendentarios, no fue pacífico. Los "ugrios" se encontraron con una Europa débil, ya no había una Roma poderosa que garantizara la seguridad a las gentes. Y pueblos, ciudades y monasterios eran presa fácil para los saqueadores.
Los vikingos asolaron las costas en ese época, e incluso ciudades del interior como París, Sevilla o Pamplona, remontando los ríos. Su imagen romántica nos ha llegado hasta hoy.
Pero las correrías que los vikingos hacían en el Occidente Europeo, las llevaban a cabo los "ugrios" en el interior, en la Europa Central. Y no infundían menos miedo, al contrario, por lo menos entre los campesinos, la gente común.
Los vikingos se especializaron en asaltar ricas abadías o ciudades e, incluso, secuestraron reyes para pedir un rescate, como el de Navarra. Y también se establecieron y trataron de fundar reinos: el ducado de Normandía fue uno de los más importantes. Por eso, sus nombres han quedado reflejados en los escritos por los monjes y los escribanos de las cortes.
Los "ugrios", en cambio, asaltaban las aldeas, los pequeños pueblecitos, y robaban lo que allí había de valor para ellos: no querían oro, ni cálices preciosos, sino comida, ganado y niños. Niños sí, pero no para pedir un rescate por ellos, sino para hacer más numerosa su tribu.
Y aquí es donde puede verse una correspondencia entre el "ogro" de Perrault y los "ungrios". Porque el ogro se lleva a los niños, pero no a un castillo, ni a un pueblo vecino, no se lo lleva a un lugar desde el que pedirá un rescate o al que las autoridades puedan ir a rescatarlo. No. Esos niños se pierden en el bosque y más allá, se pierden en lo desconocido. Y van a un lugar donde no se les puede buscar y del que ya nunca vuelven.
Y eso es exactamente lo que ocurría cuando los "ungrios" raptaban al ganado y a los niños. Se marchaban lejos, a ninguna parte, no a una ciudad concreta o a un lugar localizable. Volvían a sus tierras o se establecían en otras nuevas. Lo único cierto es que aquellos niños se perdían para siempre.
Así, no resulta extraño que aquellas gentes de Alemania y de Francia creyeran que esos "ungrios" salvajes de lengua y aspecto extraño se alimentaran de niños. Y también se puede comprender el miedo atávico que solo pronunciar su nombre les debía infundir. Un miedo que, por qué no, podía conservarse de alguna manera en el recuerdo colectivo, en el que se transmite de generación en generación, ocho siglos después.
Sí, ocho siglos, porque las correrías de los "ugrios" en Europa se pueden situar entre mediados del siglo IX y no más allá de mediados del X. Geográficamente, afectaron sobre todo a Bohemia, al sur y centro de Alemania y al noreste de Francia, aunque estos "ugrios" también se internaron en las tierras de la actual Bulgaria en el este e incluso incursionaron en el territorio hispano. No en vano, el historiador árabe Ibn Hayyan menciona un ataque magiar contra los condados catalanes y la Marca Superior del Califato de Córdoba en 942.
Pero el 10 de agosto del año 955, a orillas del río Lech, en Baviera, el futuro Otón I el Grande plantó cara los húngaros, casi en un cara o cruz, ya que estos habían reunido a un gran ejército. La victoria de los alemanes fue aplastante, total y los húngaros perdieron todo su empuje. A partir de entonces, se establecieron en las llanuras del Danubio y adoptaron una vida nómada.
Y para entender la magnitud de esta batalla, la importancia de esta victoria, podemos fijarnos en cómo la percibieron las gentes de Alemania: el héroe de aquella jornada, Otón, salió tan inmensamente reforzado que, a continuación, pudo coronarse como emperador del Sacro Imperio Germano, algo que nadie había logrado en más de un siglo, desde los tiempos de los herederos de Carlomagno.

El jinete con arco del Apocalipsis de San Juan

Queda para el final el Apocalipsis de San Juan, que si bien no es un cuento de terror en sí mismo, desde luego que era muy capaz de infundir el temor en los corazones de las gentes que lo leían en los libros o, sobre todo, en los capiteles y portadas de las iglesias
El Apocalipsis avisa de la llegada de cuatro jinetes. Y de los cuatro solo dos portan armas, según las parcas descripciones del Evangelista. El primero y el segundo. Este último, lleva una espada, y el primero, un arco. De él, San Juan nos dice: "Miré y vi un caballo blanco, y el que montaba sobre él tenía un arco, y le fue dada una corona, y salió vencedor, y para vencer".
No queda claro quién él es jinete, de dónde viene, pero los antiguos no necesitaron más palabras ni explicaciones para representarlo pictóricamente (y también en sus mentes) de una manera muy concreta: para representarlo del modo que más miedo podía infundir, del modo más fiel al espíritu admonitorio del Apocalipsis.
El jinete aparece vuelto sobre la grupa del caballo y disparando el arco hacia atrás, es decir, lo que se llamaba "a la parta", al estilo único e inconfundible de los jinetes partos. De los terribles jinetes que parecían dominar sus caballos como centáuros, unos caballos de pequeña alzada que montaban sin estribos.
Los partos, emparentados con los escitas, los grandes criadores de caballos de la antigüedad, eran paganos adoradores del profeta Zoroastro y su Dios Ahura Mazda. El corazón de su reino estaba en Irán, pero ocupaban un territorio que se extendían desde los confines del actual Afganistán hasta Siria, hasta el Mediterráneo.
Y en el año 53 antes de Cristo sacudieron al mundo occidental. En Mesopotamia se enfrentaron a un poderosísimo ejército romano y lo destruyeron. 20.000 legionarios murieron bajo las flechas disparadas por los jinetes partos y otros 10.000 fueron capturados en lo que se conoce como batalla de Carrae.
El impacto de aquella matanza, sin duda, elevó a los partos a la categoría de amenaza principal para las gentes de la República y del Imperio, para esos griegos y romanos que eran los destinatarios principales, más incluso que los judíos ortodoxos, del Evangelio de Juan.
Craso, el triunviro, el aliado de César y Pompeyo, el hombre que había acabado con la revuelta de Espartaco y los esclavos, estaba al mando de aquellas legiones aniquiladas. Incluso su hijo Publio, el destinado a sucederle, había muerto en la batalla.
En un gesto de sumisión, Craso acudió a parlamentar al campamento enemigo, a pedir la paz. Al llegar fue capturado de inmediato y asesinado. Pero asesinado de un modo atroz: el comandante de las tropas partas le obligó a beber oro fundido. Una imagen de cuento, sí, de esa Canción de Hielo y Fuego de George Martin, de la famosa serie Juegos de Tronos. Porque los malos de hace dos milenios siguen ahí, muy vivos, acechando en las peores de nuestras pesadillas.
ETIQUETAS
volver arriba

Activar Notificaciones