Periodista y escritora

María Fernanda Ampuero: “El odio a ti misma es una de las cosas más violentas”

Participó este martes en Letraheridas a partir de su libro de cuentos ‘Pelea de gallos’, sobre la violencia; con mujeres y niñas, muchas, y que resume “este mundo cruel que pone al límite a la gente y que por placer destruye a otros”

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Laura Puy Muguiro

Actualizado el 27/10/2021 a las 08:56

Con 26 años, en 2005, María Fernanda Ampuero emigró sola a España. Su Ecuador natal ya se había sumido en “una crisis económica muy bestia”, y ella, periodista, se fijó en que las noticias desde España de quienes habían emigrado allí eran “o de drama o de sucesos”. “Y pensé, tan pretenciosa yo, que no se habían contado historias de niños naciendo en maternidades, de chiquillos yendo al colegio con niños españoles, de parejas mixtas casándose, de gente poniendo negocios... y que las contaría yo desde España”, señalaba este martes en Pamplona, antes de participar en Letraheridas por su libro de cuentos Pelea de gallos. Un libro sobre la violencia y con mujeres, muchas, “que resume este mundo cruel que pone a la gente al límite y que por placer destruye a otros”, un “mundo muy masculino”.

Mujer, periodista, escritora y emigrante. ¿Lo digo bien?

Y feminista [ríe].

Excepto lo de mujer, ¿por qué las otras cuatro?

Creo que todo tiene que ver con la curiosidad: la curiosidad me llevó a ser periodista, a ser escritora, a emigrar. Y el feminismo fue también una forma de curiosidad: descubrirme no como una persona de segunda clase, que es lo que te hacen sentir cuando creces viendo que el hombre tiene unas libertades y que hay un discurso en relación al ser hombre que no es equivalente al que nos venden a nosotras. Llegué al feminismo por la sensación de que para mí había algo más y de limpiar el cerebro de estar condicionada a ciertas cosas, como odiar mi cuerpo, odiar envejecer.

Casi todos los cuentos de 'Pelea de gallos' están escritos desde la ingenuidad e inocencia, perturbadoras también, de una niña.

Empleo la infancia para sanar muchas cosas de la mía y de la de gente que conozco. Creo que en la infancia, en la familia, está todo el daño, pero que se ve poco. Y suponía también un recurso más literario: los lectores son adultos y, al presentir que algo va a venir, se produce la complicidad con ellos, un vínculo, al entender perfectamente lo que el niño cuenta desde su inocencia. Un niño te puede decir “mi papi y mi tía estaban jugando, estaba uno encima del otro” y nosotras mirarnos como “qué me estás diciendo”.

¿Y por qué reparar cosas de la infancia a través de tanta violencia y tan cruel? Hay violencia visceral, presente, clara, encubierta, latente... violaciones, palizas, incestos, crueldad emocional...

Porque siento que hay mucha tibieza y no creo que sea necesario escribir con paños húmedos. Hay muchísimos libros de dorar la píldora, de insinuar, de centrarse en el detective y no en la prostituta que está muerta en el suelo. La mujer siempre ha estado en la violencia, pero nunca se ha hablado desde ella. Me interesa que se levante la descuartizada y te diga cómo fue que la descuartizaron, pues creo que, al contar tantas veces sobre las mujeres asesinadas, las chicas violadas... estamos deshumanizándonos.

¿Y qué buscan las descripciones detalladas de esas violencias de los cuentos, que no olvidemos?

Y volver a mirar lo mirado. Hay cosas que, de tan miradas, son invisibles. Siempre me ha impactado la desigualdad social, el maltrato a la trabajadora doméstica, la poca importancia que se da al niño sensible... No quiero una carrera literaria: quiero gritar que estamos locos al no pararse el mundo ante una mujer asesinada a martillazos por su marido. Y tal vez no ocurre porque no te dicen cómo suena un cráneo al darle martillazos. Puede que sea morboso, pero a mí no me importa. Me gusta hacer que veas en un momento en que hay tanto estupefaciente mental que te puedes pasar la vida entera sin pensar que hay otra gente, otros mundos; que mientras estás viendo una serie hay cinco chicos violando a una chica.

Emplea palabras y expresiones propias de Latinoamérica. ¿Le han dicho que las escenas de los cuentos se dan en otros sitios, no en España?

Sí. Me ha pasado mucho en la promoción del libro: la gente tiraba balones fuera. Salió justo al tiempo que la sentencia de La manada, y yo decía a los periodistas: “Tengo dos palabras para ti: La manada”. Se viene de un realismo sucio latinoamericano, La virgen de los sicarios, Amores perros... y la narcoliteratura. Y de repente en España se quiere pensar que el incesto no existe aquí, ni las violaciones, ni ese tipo de violencia. Llevo muchos años viviendo en España y hay un nivel de violencia muy fuerte y mucho machismo, cuando se piensa que es un invento latinoamericano. Yo, que durante un tiempo fui de fuera y ahora soy de dentro, creo que tengo el derecho a decir que somos una sociedad que está enferma porque, si no, no pasaría que todo el tiempo están matando mujeres dentro de sus casas.

Le he oído decir: “En cada relato hay esa sangrienta, compleja, dura pelea que es estar en este mundo”. ¿Es una frase de alguien que lo ha pasado mal?

Sí. No he recibido violencia física de mis padres. Vengo de un hogar que, para el resto, era sólido, sano, feliz incluso. Pero está la violencia soterrada. Porque puede que no me pegasen, ni que me prostituyeran, ni que me encadenaran a la pared. Pero no me hacían caso y sí a mi hermano, siempre; en él estaban todas las expectativas, y eso es muy violento para una niña porque la valentía, la sensación de poder que sientes, esa voluntad de superar a los chicos, te las quitan y te dan un regalo envenenado: “Tienes que ser guapa, dócil, popular; tienes que ser de esta manera para conquistar a un chico”. Tanto te machacan que hay días que te odias frente al espejo, y una de las cosas más violentas que puede haber es el odio a ti misma, a lo que piensas de ti.

¿Cuánto de usted hay en esta frase de un cuento: “Ahora son mujeres, la vida ya no es un juego”?

Tengo recuerdos de mi infancia muy poderosos, pero mi adolescencia fue un infierno, espantosa, muy infeliz, alguien que se arrastraba detrás de las populares, que era un relleno, que estaba todo el tiempo pensando lo malo que había en mí en lugar de pensar que había algo bueno. Recibí bullying porque era distinta, porque leía, porque hacía preguntas... He llamado la atención por los motivos equivocados [sonríe]. Imagino que si alguien me hubiera dicho que esa niña tan valiente y segura de sí misma lo siguiera siendo, no hubiese sido tan miserable en la adolescencia.

¿Y ahora es feliz?

No, pero no soy miserable como en la adolescencia [ríe]. Tengo todas las inseguridades. Tanto caló en mi vida el discurso machista que siempre me imaginé con una familia, con hijos y compartiendo la vida con alguien, y no que mi vida iba a ser así, solitaria [ríe]. Pero es verdad que quieres lo que no tienes, y probablemente sería muy desgraciada con alguien que no apoyara mi carrera literaria o si no tuviera un segundo para escribir por estar agobiada con los niños. Creo que mi papá era un hombre que no tenía que haber tenido hijos, que los tuvo porque mi mamá sí quería y por la sociedad del momento. [Se queda en silencio un instante] ¡Y yo me moriría si mi hijo se sentara un día delante de alguien y dijera: “Mi madre no tenía que haber tenido hijos”! [ríe con ganas].

DNI

María Fernanda Ampuero Velásquez (Guayaquil, Ecuador, 14 de abril de 1976, 45 años) estudió literatura. Colabora con numerosos medios internacionales y hasta la fecha ha publicado dos libros de crónicas, Lo que aprendí en la peluquería y Permiso de residencia. En 2016 ganó el premio Cosecha Eñe de relato. Su primer libro de cuentos, Pelea de gallos (2018), la situó como una de las voces más importantes de la literatura latinoamericana actual. Acaba de publicar Sacrificios humanos.

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