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Desde el Kursaal

Miedo y esplendor

Ampliar La actriz Vera Váldez posa este jueves tras presentar la película 'La abuela'
La actriz Vera Váldez posa este jueves tras presentar la película 'La abuela'EFE
  • Asier Gil
Publicado el 24/09/2021 a las 06:00
Uno de los nombres propios del terror en España, Paco Plaza, desembarcó este jueves en la última jornada con filmes a concurso dentro de la Sección Oficial, y lo dinamitó todo. Su película 'La abuela' contiene lo mejor y lo peor que ofrece en nuestros días el cine, una técnica que para algunos constituye un elemento de inmersión en mundos ajenos, mientras que para otros representa un arte como vehículo narrativo a través del que viajar a esos mundos ajenos. Un mismo rumbo en el que, cuando la magia abarca ambas dimensiones, el hechizo de fascinación arremete sin nada que lo detenga. Y, por favor, no me hagan subrayar la elección de las palabras técnica y arte; que no estamos en Hollywood.
Aunque lo parezca, a juzgar por la esplendorosa calidad formal que exhibe la producción liderada por el cocreador de la saga 'REC'. En una nueva incursión en su campo fetiche, lanza a dos personajes el uno contra el otro y filma su efecto. Uno, una anciana solitaria que sufre un derrame cerebral y pierde el raciocinio y la capacidad de habla; el otro, su nieta, una joven modelo que desfila en París y regresa a Madrid para cuidar al único pariente que le queda. Las sinopsis oficiales y las declaraciones del director valenciano citan como la base de la historia el miedo que provoca la vejez, sobre todo cuando te convierte en dependiente de otros, y cómo afecta precisamente la representación de un cuerpo ajado y maltrecho ante los ojos de una modelo. Realidades provistas de una simpleza escandalosa y que, además, en ningún instante se desarrollan en un metraje cuyo único propósito radica en destacar sobremanera en la composición de atmósferas.
Un objetivo, dicho con solemnidad, que se cumple con creces. En uno de los ejercicios más virtuosos de los últimos años en el horror nacional, la obra se atesta de secuencias magistrales en las que, con un fastuoso dominio de los juegos de luces y de la generación de situaciones desasosegantes, la angustia se extiende por la pantalla con una efectividad pasmosa. Obviamente, también se adopta el perverso empleo del 'jump scare', como si de una condición 'sine qua non' se tratase cuando el espanto comanda los episodios. Con una congoja que va creciendo con ritmo lento y estalla mayormente en la parte final, el público se adentra en la tortura anímica que padece la protagonista, por la vía de una puesta en escena sobrecogedora y la configuración de planos y momentos de gran intensidad pavorosa, en la que la cámara cae presa del potente temor que provocan los devenires de la trama.
Ahora bien, y aquí viene el quid de la cuestión, a esos giros radicales se arriba por medio de un infame deus ex machinaque exalta una innecesaria pertinencia de una narración fundamentada que soporte los acontecimientos. Una táctica muy usada tanto en este tipo de títulos como en los del género fantástico, y que dicta que, como no se piensa explicar nada de lo que sucede (o la postrera aclaración supone una afrenta a la inteligencia), el relato se puede retorcer y corromper sin medida. Y no. Al espectador se le debe guardar respeto y no valerse de él cual cobaya. Por eso, hiere que detrás de este perezoso libreto se sitúe Carlos Vermut, un cineasta, por otro lado, merecedor de reverencias.
La lista de las candidatas a la Concha de Oro se cerró con 'Los ojos de Tammy Faye', el acercamiento de Michael Showalter al ascenso y el desplome de un matrimonio de famosos telepredicadores en los EE UU de los 70 y 80. De antemano, existe un problema de enfoque: en lugar de retratar cómo Jim Bakker erigió un imperio que engendró la cuarta cadena de televisión más importante (con 20 millones de televidentes) y que contó hasta con un parque de atracciones cristiano, se posa el visor en las desventuras de su esposa, centradas en los engaños maritales de ambos, en las peleas, en las sensaciones de abandono… y en la crisis que desembocó en el hundimiento de su mastodóntico proyecto. Sin duda, un planteamiento forzoso debido a los aires actuales de la sociedad, que nos deja con una cinta fallida, al repudiar los eventos que suscitaban mayor interés, en favor de una figura femenina que no aporta tal nivel de inclinación.
El perfilado, asimismo, pasa de puntillas por sus zonas oscuras y presiona para motivar una empatía que no siempre se consigue. Sin embargo, la maravilla que construye su intérprete, Jessica Chastain, invalida por escaso el conjunto de términos positivos del diccionario. La aflicción que denota con sus miradas, la modulación de su voz para imitar los tonos agudos de la auténtica Tammy Faye, la ilusión como disfraz de la amargura que habita en sus gestos durante sus canciones y esa presencia mayúscula que se adueña de las escenas logran que la audiencia la acompañe en su martirio hasta las últimas consecuencias. Y esa sublime labor no se paga únicamente con una Concha de Plata. Apunta mucho más alto.
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