Desde el Kursaal
La inmutable luz de la evidencia


Publicado el 19/09/2021 a las 06:00
Éramos unos idiotas dirigidos por unos mediocres”. Sentencias como esta o “ellos me convirtieron en algo que yo no elegí, y estoy ligada a esas personas hasta la muerte”, reflejan la consistencia de la verdad cuando llega expeditiva, sin la sarta de subterfugios a la que durante mucho tiempo nos trató de acostumbrar la caterva que arropaba a los asesinos. Y eso constituye la energía excelsa de la última película de Icíar Bollaín, que regresa al Festival de San Sebastián empuñando esa única arma: una veracidad que desnuda a aquellos ejecutores del terror que supieron ver, al cabo de los años, la realidad de lo que había acontecido. Y que se resume, con todas las salvedades que se desee añadir y sorteando la obviedad de reducir tanto dolor a semejante síntesis, en la frase que da inicio a este artículo: idiotas dirigidos por mediocres.
Casi asemejando el vigor que insuflaría a este Maixabel un formato de documental que borrara cualquier amago de ficción que pudiera rebajar su impacto, la realizadora madrileña centra su mirada en las conversaciones entre víctimas y victimarios que, eludiendo juegos de terminología, buscaban dotar a la agonía no ya de perdón, sino de una explicación que abriera en canal el despropósito que latía dentro de la banda terrorista ETA. Para ello, escoge la mejor opción: invisibilizar su figura y permitir que la historia, auténtica, con nombres, apellidos y sufrimiento palpable, avance por un metraje que osa asomarse al vacío de escudriñar el rostro de homicidas con el ánimo de comprenderlos.
Obviamente, el trayecto se antoja arduo, y los instantes de afectación y de colocar el sentimentalismo por encima de los hechos, un viraje de difícil elusión, enseñan sus sombras a lo largo de un filme que guarda sus dos mejores bazas para su parte final. En sendas entrevistas entre la viuda de Juan María Jáuregui y dos de los terroristas que acabaron con su vida, el guion escrito por Bollaín e Isa Campo no halla barreras que frenen la conmoción en el público, al nacer henchidas de certeza. Nada de subrayados ni la inclusión de un estilo formal que eleve de manera artificial el volumen de la angustia. Solo palabras sinceras de arrepentimiento.
Para aupar la sacudida emocional se sitúan en primera línea Urko Olazabal, Blanca Portillo y Luis Tosar, que hacen suya la aflicción con una sobriedad encomiable. Sobre todo, estos dos últimos, protagonistas de un duelo interpretativo con mayúsculas que, al fin y al cabo, trasciende la pugna, puesto que el aliento de uno impulsa el denuedo del otro, transformando la contienda en una simbiosis que únicamente deja vencedores. Los espectadores asumen esta condición tras una sesión de honestidad en la que la barbarie desviste sus hechuras de desvarío impropio de la naturaleza humana.
La jornada en el Zinemaldia prosiguió después con el retorno también a la capital guipuzcoana de Terence Davies, ese director cosido a la ampulosidad y a largometrajes extensos en duración y paciencia del respetable, que ha de respirar calmado frente al aluvión de secuencias morosas y puestas en pantalla a través de una hipérbole del academicismo. Si ya de por sí los vaticinios auguraban tormenta, el cineasta británico presentó en Benediction varias cintas en una. En 137 minutos que clamaban por recortes en la sala de montaje, se ahonda en los requiebros amorosos del poeta Siegfried Sassoon mientras lidiaba con la aceptación de su homosexualidad.
Actores recitando discursos, infinidad de aforismos y réplicas elevadas, versos en off, capítulos inconexos, transiciones vulgares, petulancia exacerbada… y un humor que, de entrar en su juego irónico, conquista. El resultado genera un rechazo que esconde cierta querencia al riesgo, como una invitación a merendar en la casa de una catequista para departir con el doctor Frasier Crane y el pianista de José Manuel Parada.
El tercer escalón de la jornada recayó en la apuesta argentina de Inés Barrionuevo, Camila saldrá esta noche. Sobre el papel, un título acerca de los retos que tiene ante sí la juventud actual. Sin embargo, en la práctica resulta un fútil ejercicio de acercamiento a la adolescencia, con una superficialidad sumamente dañina. Liberación, feminismo, aborto, sexualidad, abusos… Ámbitos que exigen inspecciones mucho más hondas, pero que aquí se disuelven de modo liviano, diríase que hasta frívolo. Un ejemplo más de una circunstancia que muchas veces se olvida: que un tema sea necesario o pertinente no exime a su tratamiento de resolver la papeleta con un acicate de controversia carente de impronta reflexiva.