Literatura

Anna Caballé, profesora: “La autobiografía ya no es una escritura de vejez sino de cómo te estás haciendo”

Considerada una experta en narrar la vida de otros, cuenta que este género “ha sido muy masculino” porque “la mujer se ha sostenido mucho interiormente al no haber tenido una realización pública”, algo que está cambiando

Anna Caballé posa antes de participar en el curso de la UN sobre escritura autobiográfica femenina
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Anna Caballé posa antes de participar en el curso de la UN sobre escritura autobiográfica femenina
Anna Caballé posa antes de participar en el curso de la UN sobre escritura autobiográfica femenina

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Laura Puy Muguiro

Publicado el 09/09/2021 a las 08:28

“Cuenta tu historia. Si tú no la cuentas, nadie la conocerá”. A mediados de 1998, la revista Marie Claire lanzó este eslogan para animar a las mujeres a participar en un concurso literario que rescatara sus vidas contando cómo eran, qué les preocupaba, a dónde se dirigían. Al proyecto, que patrocinaba Calvin Klein Cosmetics, se añadió la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona. Los textos no podían sobrepasar las siete páginas, y se recibieron los de 2.363 mujeres. Meses después, la responsable de esa unidad académica, Anna Caballé, y la directora de la revista, Joana Bonet, publicaron el libro Mi vida es mía, que exploraba la vida real de las mujeres a través de aquellos escritos personales sobre el amor, la búsqueda de nuevos modelos de pareja, la homosexualidad, la importancia de la vida familiar, los hijos, las dudas ante la maternidad, las preocupaciones por un cuerpo perfecto... Caballé, profesora universitaria de Literatura española hace más de cuatro décadas, es considerada una experta en narrar la vida de los demás, como las de Concepción Arenal (por aquel trabajo recibió en 2019 el Premio Nacional de Historia de España), Carmen Laforet o Francisco Umbral. Ayer participó en el curso de la Universidad de Navarra sobre escritura autobiográfica femenina.

Si le digo Mi vida es mía, ¿qué le viene a la mente?

[sonríe] Fue un antes y un después en mi conciencia feminista. Fue una experiencia inolvidable leer todas aquellas historias de mujeres que tenían además una especie de hilo transversal: la insatisfacción, el deseo de una vida más plena, más realizada interiormente. Muchas de las mujeres que nos escribieron hicieron constar por escrito que no lo habían hecho con la voluntad de ganar el premio, sino por el placer que daba que alguien les pidiera la historia de su vida. Me dio la impresión de que había muchísimas mujeres que, simplemente, necesitaban ser escuchadas, tener alguien al otro lado que se interesara por ellas. Aquello me hizo pensar mucho en que la mujer estaba necesitando desesperadamente un espacio de libertad en todos los sentidos. Y cambié.

Recibieron textos de 2.363 mujeres, una cifra que sorprendió. ¿Tenían ganas de hablar y de hablar de ellas?

Exacto. Sobre todo de un perfil generacional de entre 25 y 40 años, nos encontramos con un abanico de insatisfacciones muy amplio. Estábamos en el umbral del año 2000 y coleando de unos años noventa donde nadie se reconocía feminista y el feminismo estaba en un momento bajísimo. Pero aquello fue una explosión de cantidad de mujeres protestando por la tiranía de la moda, de los cuerpos, de la delgadez... Muchas chicas, por ejemplo, enviaron sus diarios de anorexia. La mayor parte de las mujeres escribieron con muchísima franqueza, lo que nos permitió conocer problemas reales de las mujeres. Para mí fue una escuela psicológica absolutamente inesperada.

¿No eran habituales autobiografías femeninas?

La autobiografía ha sido un género muy masculino. Aunque a las mujeres nos encanta todo lo que tiene que ver con el concepto de la vida privada por llevar siglos vinculándonos con los espacios más personales y familiares, la mujer se ha sostenido mucho interiormente al no haber tenido una realización pública. Por otra parte, además, no ha tenido un elemento que para la autobiografía es elemental: autoestima. Y aunque las escritoras románticas fueron en el siglo XIX las primeras que asumieron una conciencia de tener una identidad y la escritura autobiográfica femenina fue avanzando en el siglo XX, en realidad lo hizo después del franquismo.

En 1995 publicó Narcisos de tinta y se preguntaba si las autobiografías eran una moda. ¿Lo son?

Tras la muerte de Franco y con la democracia hubo una explosión de literatura memorialística: veníamos de una época de censura y hubo necesidad de abrir la horquilla política y moral, y por lo tanto se publicaron muchas memorias que hubieran sido imposibles de conocer antes de 1975. ¿Podía ser una moda? Lo entendí una necesidad. Todo tiene sus aspectos más frívolos, pero cuando alguien cuenta la historia de su vida lo hace porque hay una necesidad de contarla por algo. Y en el caso de la mujer, con más razón, porque ha estado fuera de la vida pública y cuando ha escrito autobiografía lo ha hecho para llamar la atención sobre sí misma por alguna razón, como María Teresa León, Rosa Chacel o Mercedes Formica, que escribió para sacarse de encima el sanbenito de falangista con el que se la trató siempre. Hay una voluntad de ubicarse en un espacio que hasta fechas recientes no estaba previsto para las mujeres.

¿Cómo es la mirada de los textos autobiográficos de las mujeres?, ¿es distinta a la de los hombres que escriben de sí mismos?

Sí. La autobiografía masculina es mucho más teleológica: responde a un fin y, de alguna manera, es mucho más lineal. En cambio, en el caso de la mujer, la historia no es tan lineal y está muy desestructurada muchas veces. Y sobre todo no son tan satisfactorias: la mujer habla más de sus problemas, de sus conflictos, y en cambio quizá la autobiografía masculina es de alguien que está mucho más poseído de sí mismo.

¿Significa que la autobiografía femenina es más sincera?

Es difícil generalizar. Pienso en textos masculinos de una sinceridad abrumadora, como el de Ingmar Bergman La linterna mágica o el reciente de Knausgård Mi lucha. Me cuestan mucho las generalizaciones, pero podríamos decir que la mujer, de una forma instintiva, tiende a restar importancia a sus logros porque tradicionalmente la mujer fuerte ha generado mucha hostilidad. Las mujeres podemos reconocer nuestros defectos, conflictos y quiebras con más facilidad que los hombres, quizá porque cultivamos más la introspección. La mujer mantiene un nivel de autoanálisis muy alto.

Existe una generación de escritoras jóvenes que trabajan mucho los textos autobiográficos o que firman ensayos narrando sus experiencias. ¿Lo están cultivando más que nadie en este momento?

Siempre se ha considerado que la autobiografía era un género de vejez, que tienes que tener mucha vida vivida para contar la historia de tu vida. Pero como la autobiografía se ha convertido en un macrogénero -correspondencias, diarios, confesiones...- está en un momento muy dulce, sobre todo en la cultura española. Y en lugar de ser ahora una escritura de vejez para narrar lo que has sido, se utiliza para contar cómo te estás haciendo, con qué te estás encontrando. Yo hablaría de un espacio autobiográfico literario: no es tanto que construyas tu autobiografía sino que escribes desde un espacio autobiográfico en el que hablas de la maternidad, de qué haces con el feminismo, de que eres una milenial y no puedes llegar a fin de mes... La autobiografía se ve ahora más como una sección de tu vida, donde contar un maltrato, la relación con la anorexia, la historia de un amor... un ejercicio autobiográfico que no requiere el lapso temporal de antes por el que debíamos verlo todo en perspectiva.

¿Cómo discernir entre buena y mala autobiografía?

Todo se construye en el lenguaje. Los profesores de literatura nos preguntamos siempre qué hace que un libro te inspire fiabilidad, credibilidad. Para mí, ser auténtico, intentar decir lo que quieres decir, buscar un marco cómodo con tu propia conciencia. El lector o la lectora nota cuándo le dan algo que responde a una verdad o cuándo le está dando una serie de estereotipos o literatura absolutamente adornada. Entristecen esos programas de televisión que explotan la intimidad de la gente de una forma complemente espuria. En mi opinión perjudica mucho lo más noble de la escritura autobiográfica: el testimonio que alguien da a otros de algo que le ha ocurrido, de su paso por esta vida, de su experiencia o de lo que ha aprendido.

¿Se ha planteado escribir su autobiografía?

Sí, lo he pensado alguna vez, sobre todo porque me lo han preguntado [sonríe]. Pero le tengo mucho respeto.

Respeto. ¿Y le da vergüenza?

Un poco de todo. No soy una persona que me guste mucho hablar de mí. Creo que me sentiría un poco incómoda. Me gusta más ponerme en el lugar del otro que en el mío.

Le gusta más hablar de los demás...

Sí, porque lo he aprendido todo de los demás. Comienzo el libro El saber biográfico contando que yo era una persona muy perdida en mí misma de joven y que lo he aprendido todo de fuera.

¿Qué significa eso?

Sin ser una persona muy rebelde, que no lo era, la educación franquista me desconcertó mucho: era una pérdida de tiempo con una serie de conceptos que no se entendían, la formación del espíritu nacional, la religión, la historia con grandes vacíos que se nos explicaba, la Guerra Civil... Y al no entender, estaba muy perdida. Me angustiaban muchísimo preguntas cómo qué puedes esperar de ti misma, de tu vida, qué puedes hacer con tu vida, qué es eso de vivir, qué es la vida. Pero me calmó ir leyendo historias con las que aprendí.

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