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Tribuna histórica

Noáin-Maya, una polémica esclarecedora

El autor responde a la réplica a sus artículos que hizo hace unos días el historiador Peio J. Monteano. Insiste, entre otros argumentos, en que los defensores del castillo de Maya pactaron su rendición y que la mayoría conservó su vida y su libertad.

Una imagen del monolito de Maya
Una imagen del monolito de MayaWikipedia
  • Jaime Ignacio del Burgo
Actualizado el 12/07/2021 a las 09:40
No puedo pasar por alto, por aquello de que quien calla otorga, el artículo publicado en Diario de Navarra por Peio J. Monteano Sorbet en réplica a mi trilogía titulada El falsario mito de Maya. Quien se autodefine como “verdadero historiador” no ha conseguido demostrar que la resistencia del centenar de agramonteses encerrados en Maya, tras la derrota de los franceses en Noáin, protagonizaran una defensa numantina. Es verdad que los “héroes” de Maya habían jurado derramar hasta la última gota de su sangre en defensa del castillo, pero se arrepintieron pronto pues, cuando los dinamiteros guipuzcoanos consiguieron derribar un cubo de las murallas, los defensores levantaron bandera blanca y pactaron su rendición a cambio de conservar la vida y la libertad. Algo que se cumplió porque la inmensa mayoría de los defensores encontraron refugio en la villa de Fuenterrabía para pasar a engrosar el ejército francés que la ocupaba desde 1521. Tampoco en la estratégica fortaleza guipuzcoana llevaron a cabo una defensa numantina. Cuando los franceses decidieron entregar la plaza por no poder defenderla por más tiempo, capitularon y la abandonaron con las banderas desplegadas para regresar a Bayona. En ella quedó un grupo de agramonteses, cuyos máximos dirigentes, el mariscal Pedro de Navarra y Miguel de Jaso, señor de Javier, venían negociando la rendición con el condestable de Castilla. Conviene recordar que la madre del mariscal pertenecía a una de las familias más nobles de Castilla y, tenía parentesco directo con Beltrán de la Cueva, heredero del ducado de Alburquerque, que como capitán general de Guipúzcoa había puesto sitio a Fuenterrabía. Dos días después de la salida de los franceses entregaron la villa a las tropas imperiales, prometiendo lealtad a Carlos V, como rey de Navarra, a cambio de recuperar todos sus títulos, privilegios y dominios nobiliarios. Es evidente que esta actuación. Todo ello se plasmó en el “perdón general” del emperador que puso fin al enfrentamiento entre agramonteses y beaumonteses, unidad alcanzada bajo la nueva dinastía de los Austrias. El reino de Navarra seguía intacto.
Hacer historia de todos estos hechos probados nada tiene que ver con mi ideología política. El Sr. Monteano dice que soy un nacionalista español. Ni soy ni nunca he sido nacionalista español. Soy navarro y español. No aspiro a que España sea independiente porque ya lo es. Y considero que la liberación del yugo francés fue muy beneficiosa para Navarra que por geografía, derecho, economía y cultura forma parte de la hispanidad y no tenía nada que ver con la francofonía, En cambio, el Sr. Monteano sí es un nacionalista vasco, pues milita en formaciones políticas que, como Eusko Alkartasuna y ahora Geroa Bai, defienden la integración o incorporación de Navarra en Euskal Herria y sueñan con independizarse de España, razón por la que recurren a la manipulación de la historia para buscar argumentos que justifiquen su pensamiento nacionalista.
La publicación de las cartas de los defensores de Maya, que no es cierto que estuvieran olvidadas en el Archivo de Navarra, si algo prueban es que los restos de los agramonteses que seguían fieles a los Foix-Albret estaban al servicio del rey de Francia, de cuyos generales en Bayona recibían las órdenes. Enrique de Albret era un vasallo de Francisco I, cuya única obsesión era disputar al emperador Carlos su primacía en Europa. La expedición a Pamplona en 1521, en plena revolución de los comuneros castellanos, con el emperador ausente a causa de su elección en Alemania, no tenía otra finalidad que la de debilitar la fortaleza militar española al abrirle un nuevo frente nada menos que en su propio territorio. El de Albret no desempeñó ningún papel porque su rey y amigo Francisco I se lo prohibió. Lo que sí está fuera de lugar es pretender que un manojo de cartas de los defensores de Maya implique un vuelco espectacular en la historia del reino de Navarra.
Resulta asombroso que Monteano se sume a la tesis de un jesuita francés, el P. Cross, (Saint-François de Xavier de la Compagne de Jésus. París, 1903), que sostenía que el mariscal Pedro de Navarra y los suyos podían reírse del emperador mientras le rendían pleitesía para recuperar sus prebendas nobiliarias, al haber sido capaces de obligarle a capitular y a concederles un perdón general a cambio de la entrega de Fuenterrabía, ante su incapacidad para tomarla al asalto. Decir como prueba de ello que el emperador se negó a recibirlos en Burgos es impropio de un verdadero historiador, máxime si se tiene en cuenta que él mismo en una de sus obras relata la solemne ceremonia que tuvo lugar en la casa del condestable de Castilla, donde el mariscal, el señor de Javier y los principales jefes de la facción agramontesa, “incaron sus rodillas” ante el propio emperador para jurarle lealtad. (Pedro de Monteano, La conquista de Navarra, p. 321). La real célula de concesión del perdón a Pedro de Navarra resume la conducta del amnistiado que, con otros muchos navarros, estaba dentro de Fuenterrabía “al servicio del dicho rey de Francia. Y los hechos posteriores demuestran la sinceridad del juramento a juzgar por los importantes cargos que el mariscal desempeñó al servicio de la Corona".
En otro momento dice Monteano que el emperador no juró los fueros en Pamplona en 1523. El emperador en 1516 había jurado los fueros en Bruselas tan pronto como se conoció la muerte de Fernando el Católico, con el compromiso de mantener a Navarra como “reino de por sí”. En 1520, el virrey conde de Miranda, en su nombre, había reiterado el juramento en nombre de la reina Juana y del emperador Carlos. Durante su larga estancia en Navarra ratificó el juramento prestado por el virrey dos años antes. Tampoco es cierto que el rey ordenara el cierre de las cortes de 1523. Por el contrario fueron ellas las que suspendieron sus reuniones porque no se habían reparado los numerosos agravios presentados. Cumplida esta condición a satisfacción de las cortes, estas se cerraron en 1524 después de conceder el donativo o servicio para contribuir a los gastos de la Corona en Navarra. Tarsicio de Azcona, en estas mismás páginas, ha destacado la extraordinaria labor pacificadora del emperador.
No voy a repetir lo que ya dije en mis artículos, pero todos los nombres que aparecen en la placa del monolito de Maya a los que debemos luz perpetua por ser los últimos héroes de la independencia de Navarra acabaron siendo leales súbditos del emperador. Solo hay dudas sobre la suerte del alcaide Vélaz de Medrano y de su hijo, Monteano dice que de haber sido asesinados en Pamplona habría sido en ausencia del virrey y de los principales mandos militares, por lo que pudo haber sido obra del conde de Lerín, cuyos dominios habían sufrido “muchísimos daños” cuando el ejército franco-navarro (sic) marchó sobre Logroño. Por cierto, el linaje de los Vélaz de Medrano no se extinguió. Hubo parientes próximos que lucharon a favor de Fernando el Católico y fueron leales a la Monarquía española. Pudo también ser en venganza por la muerte del alcalde de Baztán, beamontés, que había sido hecho prisionero por los encerrados en el castillo y, trasladado al Bearn, donde “murió en prisión”. De todas formas, concluye Monteano, “había muchas posibilidades de que Vélaz de Medrano -que, al parecer, nunca había jurado al emperador “quedase en libertad. Pero todo son conjeturas”. (La Guerra de Navarra, p. 293).
Monteano me lanza un misil con la cita del historiador medievalista francés Le Golf que sostiene que “el contacto con el documento crea la distinción fundamental entre el verdadero historiador y el historiador de segunda mano”. Quizás se incluya él mismo entre los historiadores de segunda mano, pues todos sus libros están plagados de citas de otros que han investigado o publicado antes que él. La opinión de Golf contiene una falacia. Sin duda es meritorio encontrar en un archivo un documento relevante. Como historiador del derecho tuve la oportunidad de tener en la mano e incluso descubrir documentos históricos. Pero en la actualidad cualquiera puede acceder por vía informática desde tu propio despacho a través de internet hasta las profundidades más recónditas de los archivos españoles y extranjeros. Se necesitaría más de una vida para tener contacto directo con los cientos de miles de documentos que se conservan en el Archivo de Navarra, sobre los que ya existe una inmensa labor de recopilación documental realizadas por ilustres archiveros como Castro, Idoate (padre e hijo), Fortún, Baleztena, etc). Y lo mismo ocurre en el terreno bibliográfico (Goyena, Del Burgo Torres, etc.). Y termino. Me alegro de que al final reconozca que los derrotados de Maya “no fueron super héroes legendarios, sino personas de carne y hueso, con sus debilidades y contradicciones, que pagaron un precio muy alto por defender hasta sus últimas consecuencias la Navarra que querían”. Y desde luego, no lo fueron los reyes Juan de Albret y Catalina de Foix que vendieron el trono de Navarra a cambio de una pensión vitalicia de 8.000 libras tornesas para cada uno y otra de 4.000 libras para cada uno de sus hijos, lo que hacían un total de 20.000 libras, una verdadera fortuna. Por suerte, el reino sobrevivió y su personalidad e instituciones se afianzaron con la nueva dinastía.
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