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Historia

La imagen de "mal rey" de García el de Najera podría venir del interés político de los monasterios

Los monasterios ahora situados en la zona de La Rioja trataban de desligarse de la monarquía navarra para acercarse a Castilla, que ya se perfilaba como gran potencia cristiana peninsular

Interior del claustro del monasterio de Santa María la Real.
Interior del claustro del monasterio de Santa María la Real de Nájera.
Archivo
  • Europa Press. Logroño
Actualizada 03/04/2021 a las 18:13

La imagen negativa del rey don García el de Nájera en las crónicas medievales -cuyo mito de "mal rey" está jalonado de adjetivos negativos como "avaricioso", "iracundo", "colérico" o "egoísta"- tiene su explicación en el interés de los monasterios del reino navarro en los que se redactaron por acercarse a Castilla, la gran potencia cristiana de la península ibérica de la época.

Esta es la conclusión que aporta Isabel Ilzarbe en su artículo 'Avaricia y furor: García el de Nájera a través de las hagiografías silenses y emilianenses', publicado por el Anuario de Estudios Medievales del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Aunque no es el primer intento de explicación de esa mala imagen del rey García, sí es el primero que se hace a partir de fuentes hagiográficas. Isabel Ilzarbe -que ultima su tesis doctoral en la Universidad de La Rioja sobre esta cuestión- ha consultado la Vida de Santo Domingo de Silos, la Traslación de San Millán y la Traslación de San Félix.

García el de Nájera fue uno de los principales benefactores del monasterio de San Millán de la Cogolla, ya que durante su reinado se contabilizan al menos 14 donaciones de pequeños monasterios con los que acrecentó el dominio de San Millán.

No obstante, la Crónica Najerense retrata a un García "iracundo y envidioso, cruel y lleno de ira (...), sediento de sangre hermana", que incluso llega a acusar a su madre de adulterio incitado por la astucia del maligno a raíz del reparto de los territorios del reino, en el que su hermano Ramiro recibió Aragón.

Y los relatos de santos consultados por Isabel Ilzarbe acrecientan el mito del "mal rey", avaricioso y lleno de ira: su enfrentamiento con el santo Domingo a cuenta de los tesoros del monasterio de San Millán de la Cogolla terminarán con el exilio del prior, que pasará a convertirse en abad de Silos; san Millán frustrará su intento por trasladar sus reliquias a Santa María de Nájera provocando que su arca quede inmóvil; y san Felices hará lo mismo provocando una tempestad que deformará el rostro del enviado del rey cuando intentaba abrir su tumba para llevarse sus reliquias.

La explicación que Isabel Ilzarbe encuentra a esta paradoja tiene una primera explicación en el momento político en el que se redactaron estas historias, en el que Castilla se perfilaba como gran potencia cristiana peninsular. Por este motivo, los monasterios en que se redactaron esas crónicas trataban de desligarse de la monarquía navarra para acercarse a la castellana en busca de sus favores.

Contar con el favor regio resultaba de especial relevancia para un cenobio, pero era también vital para los reyes. Por una parte, si el rey donaba nuevas tierras el dominio monástico se engrandecía, enriqueciendo a la institución.

Por otra, contar con el beneplácito de los monasterios, convertidos en centros de dominio social, favorecía el control de los monarcas sobre el territorio. Y cuando existían disputas entre gobernantes, los monjes tomaban partido a favor de quien consideraban que era su mejor opción.

La Rioja y el norte de Burgos, en el límite entre los dos reinos, fueron testigos excepcionales de estas disputas. A la muerte del rey de Nájera en la batalla de Atapuerca, Silos se encontraba dentro de los límites de la Castilla gobernada por Fernando I, hermano de don García, y San Millán de la Cogolla en el área fronteriza navarra.

Esta situación cambiaría después de la muerte de su hijo, Sancho Garcés IV, el de Peñalén, y en 1076 el área riojana fue incorporada a los territorios de la corona castellana. A partir de este momento, Alfonso VI iniciará una política de reforzamiento de los dominios de los monasterios situados en los territorios recién adquiridos, como San Milán.

La imagen de don García el de Nájera como "mal rey" cuajó muy temprano en las fuentes narrativas medievales y el afianzamiento de la memoria que desde estas instituciones se planteó en torno a sus santos, sus instituciones y el rey pamplonés resultó exitoso.

Salvo algunas excepciones, el retrato del rey que se dibuja a través de estos relatos está plagado de adjetivos y descripciones negativas: avaricioso, iracundo, colérico, egoísta, con un escaso respeto hacia su familia (su madre y sus hermanos) y hacia las instituciones monásticas, a las que pretende incluso despojar de sus tesoros para hacer frente a los gastos ocasionados por sus continuos enfrentamientos con su hermano Fernando I de Castilla.

Prácticamente desde su fundación, los cenobios castellanos intentaron construir un relato que les permitiese legitimar su posición de dominio y su reputación como centros religiosos. Para conseguirlo recurrieron a diferentes estrategias, que van desde la falsificación documental hasta la construcción de narraciones sobre su devenir histórico en las que, en la mayoría de las ocasiones, se ensalzará la figura de un santo protector.

Isabel Ilzarbe, investigadora predoctoral de la Universidad de La Rioja, persigue con su proyecto de tesis doctoral definir la relación entre los relatos de santidad y diversos aspectos relacionados con la generación de memoria colectiva a largo plazo: las variaciones introducidas en las narraciones hagiográficas y su relación con los cambios en el contexto histórico, el papel desempeñado por personajes políticos, como los reyes navarros y castellanos, los grandes nobles o los linajes locales (especialmente a través de la relación entre Santo Domingo de Silos y los Manso de Zúñiga); o el recuerdo de los santos más allá de los muros de sus monasterios, en sus patrias chicas, y las polémicas en torno a sus lugares de nacimiento (visible sobre todo en el caso de san Millán, cuyo origen se disputaron en La Rioja y Aragón durante siglos).

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