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Los Baztán: casta de implacables guerreros (I)
Sobrevolar el valle de Baztán es viajar a una tierra de hidalgos; a un lugar donde se afincó uno de los linajes más emblemáticos de nuestra historia, recorrido hoy por palacios de cabo de armería que recuerdan su pasado glorioso


Actualizado el 26/03/2021 a las 06:00
Este linaje hunde sus raíces en el reinado de Sancho III el Mayor, a la sombra de Jimeno Ochoa, a quien el rey puso al frente de algunos de los territorios recién incorporados a sus dominios y que conformarían lo que se denominó señorío de Baztán. El surgimiento de este núcleo coincidió con las campañas que Sancho llevó a cabo contra los sarracenos de la mano de Alfonso V de León entre los años 1020 y 1025, y en las que seguramente participaría Ochoa.
Este magnate, nombrado en las crónicas también como Ximen Ochoaniz, Ochoaz u Oxoix, fue señor de Lizarra y uno de los hombres de confianza del monarca más emblemático de la dinastía Jimena. La herencia del señorío pasó de Jimeno a su hijo, García Jiménez, y de este a su nieto, Ximen García; siendo su biznieta, María Jiménez, la primera mujer en la que recayó la tenencia de este territorio. María se casó con Fortún Iñíguez o Ennecones, un pariente lejano, descendiente de su tío bisabuelo, Fortún Ochoa, señor de Cantabria, Viguera y Cameros. A través de esta alianza matrimonial, el linaje afianzó su preeminencia.
La familia Baztán fue extensa. Muchos de sus miembros aparecen mencionados en los diferentes reinados. A diferencia de otras casas, la nómina de nombres es amplia: Ximeno, Lope, Beltrán, Sancho, Fortún, Juan, Iñigo, Pedro, Teresa, María, Gonzalo, García, Martín…
El apellido Baztán como tal comenzó a aparecer en la documentación a partir del reinado de Alfonso I. Uno de los primeros en ser nombrado es Ximeno Fortúñez de Baztán, hacia 1122. Este Ximeno era hijo de María y aparece como testigo en el testamento del Batallador, lo que avala su categoría nobiliaria.
Junto a García Ramírez el Restaurador se ve a Lope Garcés y Ximeno Garcés de Baztán al frente de Sangüesa, Monreal y Lumbier. Y durante el reinado de Sancho VII, este linaje tuvo en honor varias tenencias. En la Enciclopedia Navarra se nombra a Fortún como tenente de Erga, San Juan de Pie de Puerto y Tafalla. Rodrigo ocupó la de San Juan de Pie de Puerto. A García se le ve en Dicastillo, Aibar y Arlucea y a Gonzalo en Cuevas, Puente la Reina, Los Arcos, Funes, Peralta y Dicastillo.
GRANDES COMBATIENTES
Fueron los Baztán una casta de implacables guerreros que se ganaron su escudo de armas en el campo de batalla. En el Libro de Armería del Reino de Navarra aparecen nombrados como la cuarta casa, teniendo como armas “un jugo de ajedrez que es el tablero de escaques de argent y sable (negro)”. El tablero de ajedrez es un símbolo vinculado con el arte de la guerra, lo que hace suponer que los Baztán fueron desde sus orígenes destacados caballeros y brillantes estrategas.
Así lo destaca Juan de Goyeneche en Executoria de la nobleza, antiguedad y blasones del Valle de Baztán donde recoge la gesta de un miembro de esta familia, que salvó a Sancho II de caer en manos de los franceses en plena batalla, motivo por el cual lograron su enseña: “Las Armas comunes del Valle, son vu juego de Agedrez escaqueado de blanco, y negro, que el Rey Don Sancho Abarca les dio por blason, en testimonio de que su valor tenia por juego la guerra, y que su lealtad exponia las vidas al tablero en defensa de su Rey”.
A pesar de esta afirmación, teniendo en cuenta que el señorío no se originó hasta tiempos de su nieto, Sancho III, y que el uso de las divisas como tal no se popularizó hasta el siglo XII, es complicado establecer éste como el origen del uso de su blasón. Sin embargo, no hay duda de que la participación destacada de los Baztán en sucesivas empresas bélicas les valió el derecho a portar el jaquelado en su estandarte.
La mención de Luis Valero de Bernabé Martín de Eugenio, en su tesis doctoral: Estudio comparativo de las características de la heráldica gentilicia española, a los escaques refiriendo que en los más antiguos textos medievales se dice que: “los primeros escudos jaquelados aparecen ya en los capiteles de la catedral de Tudela, construida a finales del siglo XII”, nos lleva hasta Ximeno Fortúñez. Y con él a la posibilidad de que participara en la conquista de Tudela junto a Rotrou de Perche. Sin embargo, es complicado establecer una relación directa entre esta representación y los Baztán, si tenemos en cuenta la reflexión de Faustino Menéndez Pidal, en su ensayo titulado Emblemas personales en la catedral de Tudela, claves para su estudio: “Por eso, los grandes escudos que centran los capiteles del templo de Tudela no podrían ser nunca un mero motivo ornamental, mientras que no existe ninguna intención emblemática, por ejemplo, en los escudos con temas heráldicos que llevan los soldados representados en algunos capiteles del claustro de la misma catedral”.
Más plausible es que los Baztán empezaran a utilizar el escaque como seña de identidad con motivo de la batalla de las Navas de Tolosa (1212), donde estuvieron Jimeno Pérez de Baztán y su hermano Juan y donde dicen que este último se ganó el puesto de alférez del estandarte real que ocupó hasta 1237. El ambiente de cruzada y después de victoria fue, desde luego, proclive para este alarde de enseñas.
O, tal vez, la utilización oficial de este escudo de armas se deba al primogénito de Juan, Gonzalo Ibáñez de Baztán, a quien se le nombra como uno de los 300 caballeros que participaron en la batalla de Baeza de 1227, que lideró Lope Díaz de Haro. Gonzalo debía ser entonces extremadamente joven ya que se sabe que murió en 1280. Vidal Pérez de Villarreal, en Amarria. Heráldica lapidaria baztanesa, señala que el padre Moret vio el sello de su testamento “con su cuadro de ajedrez” y que Martín Elso “localizó uno similar en París; quizás se trate del mismo”. Según se describe, este último sello tenía en una de sus caras el blasón escaqueado y “en la otra, un caballo enjaezado con su caballero armado en posición de ataque, ornados ambos con el jaquelado y las aspas de San Andrés o Cruz de Borgoña”.
Este último dato es muy revelador, puesto que se dice que Fernando III, promotor de la campaña de Baeza, concedió a todos los que participaron en ella el honor de poner en su escudo las aspas de San Andrés, por haberse desarrollado esta batalla el 30 de noviembre, día en que se celebra la onomástica de este santo. El escudo referido por Elso está datado de 1275 y tiene la leyenda “sello de Gonzalvo Juaniz de Baztan”.
En cualquier caso, parece demostrado que ya para 1255 el uso de los escaques estaba generalizado como identificador de los Baztán en documentos públicos. Se conserva también un sello de 1274 de Pedro Cornel de Baztán en el que aparecen dos escudos pequeños jaquelados.
Los Baztán mantuvieron su preeminencia durante el reinado de los Teobaldo, alcanzando en Navarra su cuota más alta de poder. En estos años fueron de la mano de los Almoravid, con quienes emparentaron matrimonialmente. Teresa, hermana del mencionado Gonzalo Ibáñez, se casó con García Almoravid el Viejo. De esta dama se sabe que tuvo propiedades en Legarda y consta que su hijo Beltrán Ibáñez de Baztán donó estos terrenos a los Hospitalarios de San Juan en 1288.
Por otro lado, Juan González de Baztán, hijo de Gonzalo, se desposó con Juana Almoravid, nieta del citado García Almoravid. Del mencionado Juan se sabe que acompañó a su padre en 1274 en una embajada “ante el Infante Pedro de Aragón, y en 1281 pasó con su suegro, el ricohombre don García Almoravit [el Joven], quinientos infantes y sesenta caballos a aquel Reino”, según señala Jaime de Salazar en Algunas noticias sobre los Bazán y sus armas en el escudo de Valdepeñas.
En la guerra de la Navarrería de 1276 ambas familias jugaron sus bazas juntas y corrieron la misma suerte. Aliados de Castilla, cuando las tropas francesas entraron en Pamplona reclamadas por el gobernador Beaumarchais, fueron expulsados de Navarra, perdieron su poder y sus propiedades de Allo, Guesálaz, Berrueza, Marcaláin o Lezaun.
A partir de entonces, el brazo más importante de los Baztán se asentó en Castilla, manteniendo en este reino los honores perdidos en Navarra. Gonzalo hizo testamento en Calahorra el 7 de octubre de 1280, siendo el notario Pedro Martínez de Uhalde quien recogió sus últimas voluntades. Gracias a este testamento, conocemos que en Castilla mantuvo su estatus de alférez del estandarte real de Navarra y señor de Jaureguizar.
Gonzalo Ibáñez estaba casado con Aldonza Cornel, probablemente originaria de Aragón como parece indicar su apellido. En el testamento de Gonzalo se nombra a su primogénito, Juan, y también a otro de sus hijos, Pedro, que adoptó el apellido materno: “Et mando otrosí á Juan Gonzalez tres copas doradas, las meyllores, dos vasos de plata, dos patas de plata para en su casa. Et mando el mi caballo al Temple; el mando la mula de mi cuerpo que la lleven al rey… Et mando la mula que suele traer mis armas á Miguel Ortiz: et mando a Juan Gonzalez todas las mis acemilas; et mando á Pedro Ortiz de Zuloeta unas logias de cuerpo, et de caballo; et mando a Juan Gonzalez todas las otras logias de cuerpo et de caballo: et mando à Juan Gonzalez la piedra Partera et la piedra Saphira de… et la piedra que fue del rey, et otro Rubi Pegmia, et la Esmeralda meyllor, et mando à Pedro Cornel un Rubí, et la Saphira que quité de Don Juan Beneil. Et à los Caballeros, et à los Escuderos, à que yo di caballos ó rócenos, quítogelos á todos [es decir, los doy por quitos]”.
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