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Música

Enrique Villarreal, 'El Drogas': "Contar tu vida es un acto muy balsámico"

Este viernes llega a la cartelera la película que recoge la vida de Enrique Villareal, más conocido como ‘El Drogas’. El documental participa en la sección Zinemira del Festival de San Sebastián y compite por el premio Irizar. Ayer el director y su protagonista la presentaron en Pamplona

Enrique Villarreal, 'El Drogas':
Enrique Villarreal, El Drogas, con el cartel de su película ayer en los cines Golem Yamaguchi de Pamplona, donde la presentó después haberla estrenado en el Zinemaldia.
Actualizada 25/09/2020 a las 11:38

Una película pequeña, artesanal, hecha a lo largo de tres años en los momentos que su equipo podía, ha constituido una de las sorpresas de esta extraña edición del Festival de San Sebastián. Su protagonista, Enrique Villareal, El Drogas ha sido uno de los personajes más demandados para entrevistas, a pesar de que él no es director, ni actor, aunque sí protagonista. En El Drogas, dirigida por Natxo Leuza, se cuenta la biografía de uno de los músicos de rock más importantes en castellano de las últimas décadas, primero con Barricada y ahora solo, así que no es extraño que en algunas entrevistas que concedía en San Sebastián se acabara formando un corro alrededor que acababa coreando su nombre. La película arranca desde que nació “deforme”, según dice él, por el nervio de un ojo que le hacía mirar de lado y caminar torcido, hasta hoy en día. Intervienen amigos como Rosendo Mercado, Kutxi Romero, Christina Rosenvinge, Fito Cabrales, Carlos Tarque, Gorka Urbizu, Marino Goñi o Javier Gallego, entre otros, aunque la otra gran protagonista es su “socia”, Mamen Irujo, su compañera desde los 18 años con la que tiene dos hijos y dos nietos.

¡Casi ha eclipsado a Johnny Depp en el Festival de Donosti!

No sé si ha sido para tanto. Yo he flipado porque nunca me había tocado una historia así y me lo he pasado como un crío. Iba con la socia precisamente a disfrutar de eso. Aunque digamos que tras dos días a saco de entrevistas … [risas] … se me caían los cuadros del María Cristina encima.

Con Johnny Depp no llegó a coincidir, pero habría estado bien una foto de los dos piratas.

No coincidí y me hubiese gustado. Le hubiese dicho: “¡Johnny, Peckham Cowboys!”, que es un grupo londinense que son colegas y me gusta. Ya hubiésemos tenido un punto en común y es la única historia en inglés que le hubiese podido decir.

La diferencia es que usted iba puntual a sus compromisos y Depp se hacía esperar horas. ¿Es la distancia entre la mentalidad del currela y de la estrella?

Puede ser. Igual es una obligación que hay en el cine, llegar tarde a los sitios. A mí no me gusta. Siempre que quedo con alguien me gusta llegar cinco minutos antes.

¿Cómo se siente después de haber hecho este strip tease delante de las cámaras? Hay momentos en los que su socia dice que es difícil contar lo que cuentan.

Yo creo que es exponer tu vida para que se vea que se es gente con historias, con vivencias, con experiencias en la vida que mucha gente tiene y le pasa. No digo que todos igual pero sí muy parecidas. ¿A quién no le toca un familiar con alzhéimer? ¿O a quién un día un accidente no le cambia la vida en medio segundo? O el tema de las drogas, o la ludopatía…

A mucha gente, pero no lo cuentan en público.

Ese creo que es el problema. A veces yo soy partidario de contar no digo necesariamente en un documental, pero sí es un acto muy balsámico. Contar y escuchar cuando alguien te cuenta que está viviendo algo muy parecido a lo tuyo. Es un bálsamo que no va a curar la enfermedad de tu madre, pero sí te va a ayudar a llevarlo de una manera más tranquila.

En la primera escena la cámara ya entra hasta su dormitorio, en el que por cierto junto a la cama se ve una guitarra en el suelo. ¿Duerme con la guitarra al lado?

Es inevitable dormir con la guitarra al lado. Exactamente esa no es nuestra habitación, pero sí, en el cuarto de enfrente tengo una guitarra, en otro cubículo tengo el piano con otra guitarra.. No es que tenga una guitarra en cada cuarto, pero casi.

Su historia arranca en ese barrio de la Txantrea de los 80 que es casi el Bronx.

No, no es el Bronx, es la Txantrea. Yo la veo reflejada y digo, “¡joe, si es que era así!”.

Se dice que los grupos de música de una ciudad definen un poco la ciudad, ¿cree que es así?

No lo había oído pero me parece interesante reflexión. Antonio Gárate, un calvillo que hace un programa de cultura en el Canal 24 horas, que es de la Txantrea, decía: “Claro, en la Txantrea en mi época todo el mundo oía Barricada, yo con mi hermana era de otro tipo de música y casi era un anatema, ¡ser de la Txantrea y que no te gustase Barricada!” [risas].

¿Cómo es el paso de ser un joven rebelde que empieza a tocar en el barrio a conectar con miles de personas y llenar estadios que corean tus letras?

No sé cómo es, fue poco a poco, pero siempre subiendo un peldaño. No nos daba mucho tiempo a pensar. Barricada desde el principio ha sido un grupo de ensayo diario. Yo continúo de esa manera. Yo no sabría explicar, porque no lo he analizado. Sé que lo que estabas escribiendo y sintiendo en esos momentos, en la calle, era muy común en muchos otros lugares de España, en muchos barrios. Y si íbamos a tocar al centro de Madrid la gente que acudía era de los barrios del sur.

¿Da vértigo?

Sí. Recuerdo siempre la impresión que me causó cuando fuimos a tocar por primera vez a la sala En vivo, en Fuenlabrada, con la furgoneta por la carretera, una carretera relativamente estrecha, sin arcén, ni raya pintada. Íbamos hacia la sala con toda la carretera oscura, y como ibas con las luces veías riadas de gente que iban hacia la sala. Aquello impresionaba. Y luego cuando sales a tocar la sala está llena, la gente te recibe... ¡como si fuésemos sus primos!

Y usted, que en el fondo es tímido, verse ahí casi como sacerdote de esa ceremonia…

Sí, soy tímido. Bueno, no sé si sacerdote podría ser [risas]. Pero bueno, sí, podía ser [risas] Me gustó mucho Sánchez Ferlosio que en cierta ocasión decía que lo más parecido a un mitin fascista es un concierto de rock en su formato. ¡Y qué razón tenía! Yo voy a exponer lo que he compuesto y que la gente cante, pero realmente me gusta que haya una reflexión. Pero, claro, ir a reflexionar a un concierto de rock… En estas contradicciones me sigo moviendo.

El reencuentro con Boni [miembro de Barricada] es una de las partes más emotivas de la película. ¿Hay un antes y un después de ese momento?

Para mí fue un momento muy necesario. Hay que agradecer cómo comienza un poco la relación entre mi socia, Mamen, y la suya, Isabel, y cómo se ha creado de nuevo una relación. En mi caso era totalmente necesario.

¿Las heridas ya están cerradas?

En ese aspecto sí, eso marca algo más allá de haber estado tocando en un grupo. A mí ya no me hace falta decidir si Barricada debe o no debe una despedida al público. Yo, a gusto, compartiría con Boni unos acordes, pero no tiene por qué ser de una manera pública.

En sus peores momentos, cuando se separó Barricada, que se juntó con el alzhéimer de su madre, dice Kutxi Romero que lo que le sacó a usted del pozo fue la literatura. Llama la atención que sea la literatura y no la música.

Sí. Mikel Barullas, el guitarra zurdo de Tijuana in Blue y de los Huajolotes, el alma de Motxila 21, que es sabio, alguna vez le pregunto por qué no escribe y él dice: “Para qué voy escribir si puedo leer todo lo que quiero”. Realmente la lectura es algo que está por encima de todo. La lectura, aunque sea desordenada, te va abriendo pozos vertiginosos que de otra manera sería imposible.

También a través de la lectura, y de Dulce Chacón, llega al tema de la memoria histórica, un pilar ahora mismo en su obra.

En la obra y en la vida. Para mí el trabajo de La tierra está sorda durante cuatro años me lleva a conocer gente con una experiencia vital que es de alucinar. Todavía se clava más el convencimiento de que hay que escuchar el doble de lo que se habla. Al lado de esta gente que tiene semejantes biografías, lo mío es escuchar.

La película empieza con imágenes de su año, 1959, como la inauguración del Valle de los Caídos. Podía terminar con la salida de Franco de ellos.

Podía ser, pero para mí sería muy bonito que acabase con la plaza de los Cáidos de Pamplona derruida. Eso sería un buen final.

¿Sobre esos cascotes daría un concierto bien gusto, no?

Muy a gusto, sí.

¿Entonces se puede decir que tiene una vida de cine?

Podría decir que sí, porque visto el panorama no me puedo quejar. Tengo gente currando alrededor, un equipo de once personas que no están las cosas como para echar cohetes, pero también reconozco que hay muchísima gente que está peor y lo van a tener más jodido para salir adelante.

¿Ahora las palabras mágicas para conseguir algo de usted son “Aitatxi [abuelo] Enrique”?

Eso es así, no hay duda.


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