Pablo Agüero: “Era importante volver a politizar el tema de las brujas”

Diez años después, ‘Akelarre’ ve hoy la luz como única película española de la sección oficial en San Sebastián. Rodada en Navarra, País Vasco e Iparralde, la acción se sitúa en 1609, cuando un juez llega para purificar la región de brujería

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Ion Stegmeier

Actualizado el 19/09/2020 a las 12:07

“No hay nada más peligroso que una mujer que baila”, sentencia en 'Akelarre' el juez (Álex Brendemühl). Si Pablo Agüero (Mendoza, Argentina, 1977) estuviera allí como un personaje más probablemente le rebatiría: “Sí lo hay; las personas que dicen esas frases”. Su película quiere denunciar las mentes inquisitoriales que, en este caso concreto, apresan a un grupo de chicas jóvenes en 1609 y se empeñan en hacerlas confesar sus citas con Satanás. Una estrategia que, dice Agüero, instauró un pensamiento que ha perdurado durante siglos. Rodada en Navarra, y producida por Lamia, llega a los cines el 2 de octubre.

¿Sabía que es una de las películas que ha vendido entradas más rápido en el festival?

¡Qué bueno! Es la primera vez que lo intento. Yo no hago cine con vocación puramente comercial, pero sí es la primera película en la que me propongo acercarme más a la gente, abrirme, generar más diálogo, así que tengo muchas expectativas.

¿En qué momento las brujas de la infancia que vuelan en escoba se convirtieron en su cabeza en estas “brujas” vascas?

Bueno, yo no tengo mucha cultura de masas, crecí sin televisión, muy aislado. Mi imaginario viene más de la experiencia de vida rural que yo mismo viví con luz de velas en una cabaña. No teníamos ni siquiera agua corriente, teníamos que ir a buscarla a un pozo. O sea que ese universo me viene más de algo íntimo, más que de Walt Disney. El origen está cuando descubrí un libro que se llama La bruja, del historiador francés Jules Michelet, un libro prohibido muchos años porque ya en el siglo XIX mostraba la imagen de la mujer rebelde, reprimida por el poder clerical y patriarcal.

¿Y le impactó?

Lo descubrí en 2008 y fue un shock. Por un lado por esa visión tan poderosa que tenía del mito que se armó alrededor de las brujas, pero también porque resonaba en todo lo que yo venía haciendo. Todas mis películas trataban cuestiones sociales, del lugar de la mujer en la sociedad o la confrontación con la naturaleza. Describía la vida de la gente en esa época, la gente pobre, de la que no se habla en las películas de época. Esa gente vivía casi como yo viví mi infancia, es como si fuese un libro autobiográfico para mí ambientado en el siglo XVII. Se me formó una imagen muy poderosa de lo que eran estas mujeres. Cuando empecé a investigar vi que en realidad eran chicas jóvenes llenas de vida, de libertad, que su belleza molestaba. Me pareció también que todo eso es más moderno de lo que creemos.

¿En qué sentido?

En el siglo XVII se funda el Estado moderno, la justicia moderna, y lo hacen sobre esas bases que se van a prolongar hasta el siglo XX. Me pareció que tenía una resonancia muy fuerte de lo que somos, fue un momento fundador de lo que somos hoy en día. Me costó mucho convencer a productores y a otras personas de que eso tenía actualidad. Tardé diez años.

En la película usted ha sido inmisericorde con esos jueces y esos inquisidores, no ha buscado ningún acercamiento psicológico a esos personajes. ¿Es una película que toma claro partido por ellas?

Sí, porque me parece escandaloso que casi todas las películas que se han hecho, y los libros, están del lado del inquisidor, aunque no lo quieran. Están reproduciendo los clichés y los prejuicios que nos inculcaron. Como The Witch, donde la protagonista es injustamente acusada de brujería pero en realidad sí hay un bruja que vive en el bosque y se come a los niños. En el fondo está justificando un argumento para estigmatizar a las mujeres, para reprimirlas, un argumento que hoy seguimos reproduciendo. Me pareció importante, aunque tenga que elegir un campo como dices, quise evitar el lado folklórico, decir que en el fondo eran ritos que ellas hacían en el País Vasco. No. No es ése el tema. El tema es la cosmogonía delirante que ellos vienen a imponer: o estás con Dios o estás con el diablo.

Recuerda algo de Las mil y una noches, de mantener la atención por el relato, ¿se ha sentido así?

Sí. Una de las referencias que tomé para la estructura narrativa fue Las mil y una noches, sí. Porque la protagonista es como Sherezade, el único arma que tiene es la palabra. Me pareció hermoso, una chica que no tiene la cultura que tiene el juez, que es más joven, está encerrada, y sin embargo va a ser lo suficientemente hábil inventándose historias, inventándose un personaje, para lograr combatir. Y es también lo que hacemos en la película, combatir inventando historias.

El propio juez cuenta la historia de Frau Trofea, historias de supuestas mujeres embrujadas en otras partes de Europa. ¿Quería poner un poco en contexto?

Sí. Esto mismo sucedió en todas las regiones de Europa y en América también. No eran casos anecdóticos de supuesta brujería, así se lo presentan en general, se atribuye a las supersticiones locales. Hay una cierta base ahí pero globalmente es falso porque hay una política de Estado que viene desde el Vaticano, que publica las bulas papales, donde se sitúa respecto a la existencia de la brujería, del diablo, y eso determina toda la política de invasión ideológica. Me parecía muy importante volver a politizar este tema. Si te fijas se usó la metáfora de caza de brujas para el Macartismo en Estados Unidos pero la verdadera caza de brujas, la del siglo XVII, se ve como algo anecdótico. Hay una política de Estado global europeo de reprimir.

¿Cómo fue para un argentino dirigir actrices que hablan euskera?

Traté de buscar la verdad de las actuaciones. Es una cuestión de tono. Yo revisaba cada palabra, cada frase, con los traductores, la script y las actrices, para ver cómo les suena. Las películas que se basan en la típica reconstitución de época, que pretenden ser históricas, en realidad son un engaño porque no hay ningún registro de audio del siglo XVII. Ni siquiera hay transcripciones fidedignas, porque solo transcribían los clérigos, y los vascos no tenían escritura. No sabemos exactamente cómo se hablaba en esa época. Yo busqué otra verdad, la verdad humana, la de las actrices y cómo lo viven. Intenté trabajar mucho con ellas para que las frases resultaran fluidas. Y aunque yo no hable euskera había frases que las hacía repetir veinte veces si sonaban recitadas. El script en un momento se emocionó y me dijo que en lo que había trabajado en películas en euskera nunca había oído hablar tan naturalmente.

Diez años le ha costado. ¿Se parece a la idea inicial?

Sí y no. La abrí muchísimo porque además de investigar, de reescribir y de madurar, mi propia visión del cine cambió mucho. Yo al principio quería hacer algo muy potente, muy original y que eso alcanzara para conmover a los espectadores desde muy adentro de la película. Y a lo largo de estos años cada vez siento más que lo que hace falta es un diálogo, una interacción con los espectadores. Pero al mismo tiempo siempre se mantuvo la estructura general, de dónde empieza y dónde llega la película.

Por cierto, con esa infancia un poco apartada de la ciudad, ¿cómo mamó el amor por el cine?

Yo al principio dibujaba. Aprendí a leer con cinco años y a hacer historietas. Para mí fue un mecanismo de supervivencia. Contar historias y dibujar era construirme otra vida. Como no tenía ni electricidad no había visto una cámara, ni cine. En la adolescencia empecé a ver películas en VHS. En la escuela hicimos un primer vídeo y gané varios premios. Eso me impulsó a poder seguir. Era muy difícil porque estaba muy aislado, en la Patagonia, y hubo un gran trayecto hasta que pude acceder a un contexto en el que llegara el cine.

Un cásting de un año con más de 800 chicas
 

 

Fue el director del Zinemaldi, José Luis Rebordinos, el culpable de meter a Iker Ganuza en esta aventura. Él sugirió a Agüero que hablara con Ganuza (Lamia) y con Koldo Zuazua (Kowalski Films) para sacar adelante el proyecto, y no le falló el olfato; Ganuza y Zuazua son los productores ejecutivos de 'Akelarre'. “Ha sido complicado, como cualquier peli, pero igual más”, concede el productor navarro, que recuerda cuando fueron a París a ver el primer montaje, de 120 minutos, y luego cómo todos los procesos, el sonido, la música... han ido redondeando el filme hasta llegar a las salas. “al final ha quedado guapa”, observa.

Akelarre fue una apuesta para los dos productores. “Agüero era un director argentino que traía una historia muy de aquí, muy local, y que a la vez tenía muchos aspectos universales”, señala Ganuza. “A nosotros nos gustaba mucho como director y sobre todo nos gustó el guion, quisimos unir fuerzas con él”.

El rodaje tuvo lugar en el País Vasco, el País Vasco francés y Navarra. “Rodamos en Lesaka, los interiores en una vieja casa donde por cierto rodó hace muchos años Orson Welles 'Campanadas a Medianoche', y luego en un bosque de Urbasa cercano al camping y muchas escenas en el balcón de Pilatos, que luego han pasado por efectos digitales”, explica. En el equipo además de él estaban también los navarros Mikel Serrano (director de arte) y Sara Mazkiaran (ayudante de dirección). Ganuza recuerda que sudaron la gota gorda en el cásting, que se prolongó hasta un año y por el que pasaron 800 jóvenes, y el montaje. “Ha sido duro porque al final hemos tenido que sacrificar escenas a las que yo tenía mucho cariño”, explica.

La selección en el Festival de San Sebastián -es la única película española- ha sido una sorpresa para ellos. “Estamos super satisfechos, es el mejor sitio donde podemos estrenarla. Va a ser distinto este año, todos hubiéramos querido montar un gran Akelarre para celebrar la película pero no ha podido ser”, cuenta. El Kursaal en lugar de 1.500 tendrá 600 espectadores. “Lo importante es que se vaya a celebrar el festival y la pelicula pueda concursar”, añade. En España se estrenará el 2 de octubre, después lo hará en Francia y Argentina. Y en Netflix. Pero antes pasará por Pamplona, en el tradicional ciclo que trae lo mejor del Zinemaldi a los cines Golem.

Mientras, Ganuza está preprando el rodaje de una nueva película de Félix Viscarret, Una vida no tan simple, con guion del propio director. “Es una comedia urbana que habla sobre la crisis generacional, Viscarret vuelve un poco a su estilo de sus primeros cortos y al de 'Bajo las estrellas', su ópera prima, la comedia un poco nostálgica”, adelanta. Está previsto que se ruede en Pamplona y en una ciudad más grande que seguramente será Bilbao.

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