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Música

El pamplonés David Orduña, con la trompeta a 9.000 kilómetros

El trompetista pamplonés David Orduña, profesor en la Escuela de Música Luis Morondo de Barañáin, colabora en Uganda con un proyecto que enseña música a unos 70 niños, rescatados muchos del ambiente de alcohol y drogas que les rodea

Actuación de los alumnos de Iganga Community Brass Band
Actuación de los alumnos de Iganga Community Brass Band

Los alumnos de Iganga Community Brass Band hacen una versión del tema 'Malamente' de Rosalía

Destino Uganda
Foto del trompetista pamplonés David Orduña, el martes, con alumnos y alumnas de la Iganga Community Brass Band, en Uganda.

El trompetista pamplonés David Orduña, el martes, con alumnos y alumnas de la Iganga Community Brass Band, en Uganda.

CEDIDA
08/01/2020 a las 20:20
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Sonidos de tubas, trombones, trompas, trompetas y bombardinos. Y desde hace unas semanas, de algún saxo, de algún clarinete, de alguna guitarra… Uno de los barrios más deprimidos de Iganga, una población de 50.000 habitantes al sur de Uganda que une por carretera la capital (Kampala) y Kenia, suena a música, clásica y de pop y rock. Es la que aprenden chicos y chicas que han encontrado un lugar donde aprovechar las horas sin ser arrastrados al ambiente de alcohol y drogas que les rodea. Y lo es desde hace una década, cuando empezó a trabajar con ellos el músico ugandés John Susi Mpandi, al que un día alguien dio la misma oportunidad que hoy ofrece a estos chavales. Es director de la Iganga Community Brass Band, un proyecto en el que se enseña música a unos setenta jóvenes de entre 9 y 20 años, un tercio de ellos rescatados de la calle. Estos días están recibiendo clases de un músico de Pamplona, el trompetista David Orduña Ridruejo, que además graba vídeos de actuaciones de los chavales para difundirlos por redes sociales y lograr apoyos para el proyecto. “Son unos genios”, cuenta en una conversación telefónica desde Iganga. “Aquí no hay televisión ni Play Station, así que, después del cole, vienen a aprender música. Ahora es época de vacaciones, y los chavales residentes aquí se dedican a lo único a lo que se pueden dedicar y que además les apasiona: la música”.

La sede de la banda de música Iganga Community Brass Band está en el barrio de Nkatu. Además de los chicos que residen en la escuela de la banda -“duermen y comen aquí y el proyecto les paga también las tasas escolares y la atención sanitaria”-, hay alumnos procedentes de familias desestructuradas con graves problemas económicos -“muchas veces no tienen comida en casa y vienen”- y otros de familias normalizadas que sí pueden cubrir sus necesidades básicas.

A PUNTO DEL DESAHUCIO

John Susi Mpandi también nació en Iganga. Tiene 56 años y en su infancia fue un niño de la calle al que un día unos misioneros dieron de comer, enseñaron a leer, a escribir y música. “Uno de aquellos misioneros descubrió talento en John y convenció a la congregación para pagarle los estudios en el conservatorio de Kampala”, cuenta Orduña, de 46 años y profesor de trompeta en la Escuela de Música Luis Morondo de Barañáin. “Cuando los terminó, comenzó a trabajar como profesor, y entre el dinero que consiguió con las clases y con el de los conciertos que daba viajó a Holanda, donde se licenció en dirección de orquesta”, añade el trompetista pamplonés, que ha colaborado con grupos como Skalariak, El columpio asesino y Kojón Prieto y los Huajolotes y que en la actualidad lo hace con músicos flamencos y dj de música electrónica. Con aquel título, John regresó a Uganda y decidió devolver la ayuda que él había recibido, creando Iganga Community Brass Band.

A Orduña le hablaron en 2016 de este proyecto -“me gustó muchísimo”- y decidió visitar a John al año siguiente. “La principal necesidad que John me transmitió, y que vi evidente, era económica: recibe ayudas de gente que conoce el proyecto, pero puntuales, sin existir estables ni del Gobierno ugandés, ni de instituciones europeas, ni de nadie. Cuando yo llegué había amenaza de desahucio, y le propuse que los niños trabajaran conmigo música pop y rock para abrirles un nuevo campo dentro de los tipos de música y para que fuera más factible visibilizar el proyecto”. De modo que en su primera estancia (seis meses en 2018) se dedicó a impartir clases y a grabar vídeos musicales de los niños “interpretando a ACDC, Michael Jackson, Coldplay…” para publicarlos en redes sociales y dar a conocer el proyecto.

El trompetista pamplonés, que regresará a Pamplona el 19 de enero después de casi dos meses en Iganga, ya puede hablar de la evolución musical de los chicos y chicas con esos instrumentos que poseen básicamente de donaciones. “Es alucinante, especialmente la de los residentes. En la estancia de 2018 les di algunas estrategias de estudio para que siguieran trabajando, con clases específicas a tres o cuatro alumnos mayores para que las transmitieran a los más pequeños. Y las han desarrollado como si les estuviera impartiendo clases a diario”. Los hay quienes ya han abandonado la escuela y está dedicándose a la música. “A partir de los 16 o 17 años, el que es bueno se presenta a las oposiciones de músico de banda militar, y ya he conocido a varios chicos en esas circunstancias”.

AULA DE MÚSICA MODERNA

Con Orduña en Iganga, John “descansa”: solo en la escuela, ejerce de profesor, manager, médico, enfermero… “De modo que, cuando llego, asumo esa labor. Además, lo que aprenden conmigo está dirigido explícitamente a grabarlo en vídeo y subirlo a las redes sociales para que la gente lo vea”. Ahora se encuentran en una campaña de crowdfunding (https://destinouganda.ong). Esta es una ong gallega, también de músicos, que hacia 2015 conocieron el proyecto y acudieron allí con un camión de instrumentos. “Tras mi estancia de 2018”, añade Orduña, “reuní a mi cuadrilla, la mayoría músicos, y les propuse crear un grupo de apoyo para trabajar en la sostenibilidad del proyecto primero y en su crecimiento después, y formamos una especie de sucursal de Destino Uganda en Navarra”. Confía Orduña en que la labor de difusión del proyecto haga aumentar también el número de músicos voluntarios en Iganga.

“Apasionado de la música y de la educación” y con “alma muy aventurera y viajes por todo el mundo”, esto último le pudo más la primera vez que se apuntó a este voluntariado. “Pero, tras seis meses viviendo las 24 horas del día con veinte niños rescatados de la calle, suelo decir que de repente me encontré con veinte hijos de la noche a la mañana, por el cariño que les coges y por la responsabilidad que asumes hacia ellos”. Porque reconoce la dureza de la expresión pero la considera necesaria para comprender la situación de los rescatados. “Los niños abandonados en la calle viven como ratas, deambulando de un lado a otro para ver si alguien les da algo de comer, esnifando pegamento porque quita el hambre, el miedo y el frío, y abocados a que un día reciban una paliza o acaben en manos de tratas de niños o muertos”.

Tal vez regrese este verano. “Vamos a comprar un equipo de sonido, y entre eso y donaciones que recibamos queremos montar un aula de música moderna, con ese equipo, guitarra y bajo eléctricos, batería, micrófonos, un piano… Los niños residentes le van a sacar chispas. El desarrollo como músicos va a ser exponencial y va a tener una doble finalidad: se les va a abrir una nueva puerta profesional -pueden acceder a la banda militar y a grupos de moda y orquestas de bodas en la capital- y los conciertos aquí supondrían ingresos directos para el proyecto, para que éste pueda ser autónomo”.

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