“Los que están siempre seguros de todo me parecen unos capullos”

Hace dos años visitó en Pamplona el Club de Lectura de Diario de Navarra con la novela que le dio el Premio Nadal, ‘Cabaret Biarritz’. Mañana repite, pero ahora con su último libro, ‘Celeste 65’, y en Tudela

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Laura Puy Muguiro

Actualizado el 17/11/2017 a las 10:47

En esa inicial con punto que escribe entre su nombre y su apellido, C., no se esconde nada raro. El apellido de su padre, Calles. Porque el Vales es el de su madre, y le gusta más. “Además, en mi familia decimos que uno es Calles o es Vales, y yo pertenezco a los Vales, por talante, por personalidad...”. Pero no era cuestión eliminarlo del todo, así que firma como José C. Vales. “No le he preguntado a mi padre lo de no poner su apellido, pero a veces me mira mal”, añade riendo. Será una de tantas veces que se ría durante la entrevista. Porque este escritor, zamorano, de 52 años, ganador en 2015 del Premio Nadal con Cabaret Biarritz, se ríe mucho. De ahí tal vez que no tenga intención de renunciar al humor en sus novelas. Desde luego, no lo ha hecho en la que presenta ahora, Celeste 65, pero sin llegar al sarcasmo porque esa parte hiriente que contiene no le atrae. Y hubiera sido fácil incluirlo con un protagonista como el suyo, Linton, un entomólogo de vida gris, amargado y maltratado por su familia que en los años sesenta huye de Inglaterra, llega con el nombre de Nigel a la glamourosa ciudad francesa de Niza, se aloja en un lujoso hotel y empieza a conocer a personajes fascinantes, entre ellos a Celeste, hasta que un día se ve envuelto en una intriga delirante. La novela y su autor serán protagonistas este lunes en Tudela, en el Club de Lectura que organiza Diario de Navarra en la Casa del Almirante (19.30 horas), para charlar sobre los años sesenta y, “si es necesario, bailar con los Beatles”.


¿Cómo va llevando la promoción de Celeste 65? Con la de Cabaret Biarritz comentó que un pelín mal, por lo de la exposición pública.

Estas manías psicológicas van en aumento con los años. Con Cabaret Biarritz fue tan intensa que apenas me dio tiempo para pensar si lo estaba pasando mal o bien. Siempre estaba con heridas en la boca, herpes en los labios, fiebre... estas cosas que salen. Había que hacerlo, naturalmente, y fue todo muy rápido, una especie de locura. Celeste 65 es algo más tranquilo y da más tiempo a pensar que uno se está exponiendo absolutamente y, como soy una persona bastante tímida, me da bastante reparo. Siempre pienso que acabo diciendo tonterías, que voy a meter la pata de alguna manera [ríe]. En eso soy como el personaje de Celeste 65.

Me viene al pelo que lo diga porque algo así he visto en Linton Blint, tímido, apocado...

Es muy tímido. Lo que ocurre siempre con estas personas, que parece que tienen poca personalidad o incluso ninguna, como es el caso de Nigel, es que cuando se llena el vaso del desprecio pueden ocurrir cosas, porque todos, por muy tímidos que seamos, tenemos un límite a la hora de soportar sobre todo el desprecio, el ninguneo de otros. Y esto le pasa a este personaje. En realidad la novela no es nada más que un aprendizaje de la vida. A mí me gustan mucho estos personajes. Con éste comparto algunas características -espero que no la estupidez-, y muchos chicos, hombres, que han leído la novela me han dicho que se sienten muy identificados con esta manera de Nigel de ver el mundo: no comprende cómo funciona. Y a esas personas, alguna en puestos de grandísima responsabilidad, les digo que me alegro de conocer a personas que son dubitativas, tímidas, que tiene miedos, inseguridades, porque creo que también tienen la bondad para interpretar lo que sucede a su alrededor. Los que están siempre seguros de todo me han parecido siempre unos capullos.

Le acaba de llamar Nigel en lugar de Linton...

Bueno, es que tiene dos... [ríe], tiene la obligación de tener dos nombres [vuelve a reír].

Estaba pensando en cómo escribirlo en la entrevista... ¿Cómo le llamo?

Cambia el nombre a Nigel [ríe]. Creo de todas formas que el verdadero personaje es siempre Nigel, el que está con Celeste. El otro es el que vive en esa ciudad oscura y lluviosa y se ve sometido a todos los deseos de los demás, mientras que Celeste le indica cómo podría ser una vida, que es lo emocionante: de repente Nigel entiende que hay una posibilidad de vivir, que no todo tiene que ser esa existencia anodina y gris que tenía en Oxford.

A Nigel le veo machacado psicológicamente por su entorno. Pero no me ha dado pena. De hecho, me ha parecido que ha crecido conforme avanzaba la novela.

El mundo lastimero me gusta muy poco. Todos tenemos problemas, incluso graves, pero no me gusta la estética del fracaso, del dolor, sobre todo cuando se comercializa el dolor personal, y no me gusta porque soy muy pudoroso, porque, aunque pongo mucho de mí en las novelas, no lo hago explícitamente. Y por eso, aunque este personaje sufra mucho, su percepción del mundo es distinta y tiende a no sufrir, a ver el mundo como una realidad inaprensible, que no se puede comprender, sí, pero que se puede disfrutar. Y Celeste es el personaje que le propone una existencia distinta, que vale la pena vivir.

Al comienzo de la novela empecé a enumerar las veces que el protagonista utilizaba la muletilla “bueno, eso bah” para no seguir hablando de un tema, pero lo dejé. Si hubiera hablado de todo lo que hay detrás de esos “bueno, eso bah”, su novela sería el doble o el triple de larga.

[ríe] Como tiene problemas psicológicos, probablemente también tiene el de la verborrea [vuelve a reír]. Se dispersa: puede contar cosas de historia, de astronomía, de la sociedad, de política... Eso pasa en cualquier conversación: empiezas hablando de una cosa y acabas en otra. Algunos críticos han dicho que a esta novela le pueden sobrar algunas páginas, que es demasiado larga. ¡Imagina si Linton cuenta todo lo que tiene que contar! Sobre si es larga o no, lo llegué a pensar, porque soy filólogo y soy muy consciente de lo que estoy haciendo: no escribo al azar. Pero luego también pensé que a los lectores que les gusta esta forma de escribir, pensar y desarrollar el asunto, esta forma de entender el mundo, les iba a gustar. Y a los que no les gusta, pues que se fastidien [ríe].

Nigel es entomólogo y nos da lecciones sobre todo tipo de insectos. Luego le empieza a interesar la astronomía y también nos la cuenta. ¿Podemos intuirle ahí a usted? He leído que le gustan esos libros de las grandes curiosidades.

Sí, sí. Esas cosas, lo que antes se llamaban los “gabinetes de curiosidades”, me encantan, me gustan mucho y tengo algunos libros de este tipo en casa, incluso algún proyecto. Al protagonista le gustan, sí. Todo es muy dual en la novela: por un lado se ocupa de lo más pequeño, los insectos, de lo que culturalmente entendemos como lo más despreciable, y por otro lado, de las grandes extensiones universales, de los astros, las estrellas.... Va de lo mínimo a lo grandioso constantemente, y eso forma parte de su paranoia, su debilidad mental.

De lo mínimo a lo grandioso. Y en medio se encuentra con un montón de gente que entra en escena, que sale, que vuelve a entrar, a salir... escenas hasta caóticas. ¿Le gusta el caos?, ¿el mundo para usted es un caos?, ¿su cabeza es un caos?, ¿qué ocurre?

[ríe] Tiene poco misterio, me lo están diciendo constantemente, y cada vez que mi mujer entra mi estudio me dice que es un caos.

Nigel 2.

Y en realidad es que entiendo el mundo como caos. Hay un momento en que el personaje dice: “No sé por qué lo llaman cosmos [que en griego significa orden] cuando es un caos [que en griego significa desorden]”. Entiende la vida como desorden. Todas las novelas que he escrito tienen una frase parecida: el mundo es incomprensible y caótico. El mundo es caótico, y eso significa que es asombroso, maravilloso, increíble, alucinante, pero también puede ser peligroso, espantoso, horrendo, doloroso... y por eso no comprendemos el mundo.

Cuando estuvo en Pamplona hace un par de años en el Club de Lectura contó que Cabaret Biarritz surgió de una escapada durante unas vacaciones en San Sebastián. ¿Niza?

La conocía hacía bastante tiempo y luego volví. En realidad Niza es un paisaje. Me interesaba situar la acción en otro de los momentos especiales del siglo XX. El primero, en Cabaret Biarritz, fue la explosión de la juventud y la libertad en los años veinte, momentos excepcionales desde el punto de vista de la sociedad, y el segundo, los años sesenta, en Celeste 65, cuando el mundo académico y cultural deciden subirse a su torre de marfil y la sociedad empieza a crear su propia cultura. Hay cuatro chicos que se ponen a tocar en una cueva en Liverpool y de repente esas canciones se convierten en el símbolo cultural de Occidente, impresionante. Así que busqué un lugar donde se concentrara esa actividad intelectual popular. Y era Niza, y la Costa Azul, Saint-Tropez, Mónaco, con todas esas actrices yeyés de Francia, encantadoras, maravillosas, la princesa Grace Kelly en Mónaco, gente comprando flores, mercados franceses hirviendo de actividad, esas pequeñas calles de Niza con las parrillas de pescado humeantes... toda esa influencia de mí que a lo mejor ha dado demasiadas páginas al paisaje, un paisaje, no obstante, que hace al lector detenerse. Porque no llevo a mis personajes corriendo de un lado a otro, haciéndoles hacer cosas extravagantes, como dicen algunos: si vemos lo que pasa en la política y en la sociedad actual, eso sí que es extravagante. Pero que un chico se enamore de una chica en un hotel tampoco tiene nada de particular [ríe].

Sobre eso, un pequeño empujón de ayuda a Nigel hacia Celeste...

Siempre decís eso las chicas. ¿Por qué no el pequeño empujón a Celeste? Lo bueno es que Celeste no se comporta como una chica con los parámetros habituales: es una mujer libre y ejerce como tal. Me resulta muy hermoso esa amistad incondicional que tiene con Nigel y esa forma didáctica de mostrarle el mundo. Él está enamoradísimo, pero no lo va a decir, entre otras cosas porque no tiene sentimientos...

“No pienso renunciar al humor”. Es una frase suya. Para mí Celeste 65 destila incluso ¿sarcasmo?

Todo es bastante blanco. No soy excesivamente partidario del cinismo, y el sarcasmo tiene una parte muy hiriente que no me atrae. Me gusta el humor porque las cosas que ocurren en el mundo son muy graciosas, pero nunca me ha gustado reírme de quien se cae en la calle o de los defectos físicos de alguien. No me hace ninguna gracia, en absoluto. Pero la gente hace cosas muy divertidas y graciosas sin necesidad de caer en ese tipo de situaciones desagradables.

Me ha dicho antes que es filólogo y que es muy consciente de lo que escribe. Le he leído que para usted la filología es un oficio y que escribir no es ni una terapia, ni el producto de ansiedades vitales, ni una necesidad patológica. ¿Escribe porque debe escribir?

Escribo porque me gusta, pero también es cierto que escribo solo cuando creo que tengo que escribir. Me divierto mucho escribiendo, pero también haciendo traducciones, estudios filológicos... En realidad, como más me divierto es estudiando. Supongo que no me lo planteé jamás cuando estudiaba en Salamanca, pero ahora es así. A lo mejor estoy escribiendo y me paro en un detalle sintáctico, o uno histórico, o de otro tipo, y me puedo pasar la noche, perdida o ganada, depende de cómo se entienda.

Pero inicialmente quiso estudiar periodismo. Imagine que soy la autora de Celeste 65 y usted, el periodista que me entrevista. ¿Qué me preguntaría?

Es que, como quise ser periodista, las preguntas que se me ocurren son por las que muchas veces pienso: “¿Por qué me las hacen?”. A ver, preguntaría... le pediría que fuera un poco más allá en la personalidad de Celeste y cómo ella intenta explicar el mundo a su amigo Nigel. Sí, esto.

Pues adelante, cuénteme.

¡Ya me lo imaginaba! [ríe] Aunque es una chica muy compleja que controla todo lo que no controla Nigel, dominando el escenario y jugando con los personajes como marionetas, con un poder total sobre la existencia de los demás, un poder absoluto, casi aterrador, tiene sin embargo una capacidad para amar y querer a sus amigos realmente deliciosa.

Qué final...

[ríe] Cuando me dicen que ésta es una comedia ligera, espero que no todo sea risas y chanzas en una novela donde todo es dual, donde todo el mundo tiene dos nombres, donde se va de lo pequeño a lo grande, de lo oscuro a lo luminoso...

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