Las mil caras de Gloria Fuertes

El jueves se cumplen cien años del nacimiento de Gloria Fuertes. Sus versos sencillos la convirtieron en una literata conocida por el gran público, eclipsando así su faceta de poeta social

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AGENCIAS. MADRID

Actualizado el 27/07/2017 a las 06:00

Poeta feminista, filántropa, lesbiana, amiga de los niños... “Gloria Fuertes es inclasificable”, concluye Paloma Porpetta, presidenta de la fundación que lleva el nombre de la poeta española, de cuyo nacimiento se cumplen este jueves cien años. La efeméride pretende destapar y realzar las mil caras de una de las pocas mujeres que en los años 50 se colaron en las grandes antologías de la poesía de la posguerra española y que en los 80 se convirtió en una estrella de la televisión con sus programas infantiles.


“Su obra de adultos fue completamente silenciada e invisibilizada”, explica Porpetta. Sus versos sencillos, incluso coloquiales, convirtieron a Gloria Fuertes en una literata querida y conocida por el gran público, eclipsando así su faceta de poeta social asociada al movimiento del Postismo. “Escribo deliberadamente mal para que os llegue bien”, llegó a decir la escritora en una ocasión.


De origen humilde, nació en Madrid en una buhardilla del barrio de Lavapiés, que a principios del siglo XX era un suburbio lastrado por el hambre y la insalubridad. Su infancia, marcada por la pobreza y la muerte, y la Guerra Civil española (1936-1939) determinaron su obra. “A los nueve años me pilló un carro y a los catorce me pilló la guerra; a los quince se murió mi madre, se fue cuando más falta me hacía”, escribió la poeta. Su relación con su progenitora no fue buena, ya que se rebelaba contra su deseo de que fuera costurera o niñera, oficios a los que estaban predestinadas muchas de las mujeres de la época. “Era una niña rara, con una sensibilidad especial. Su deseo de ser escritora la llevó a trabajar sin descanso”, apunta Porpetta.


Su primer juguete fue una máquina de escribir. Tras estudiar mecanografía y puericultura y trabajar en “horribles oficinas”, como ella mismo relató, en plena dictadura franquista (1939-1975) ejerció de redactora en revistas infantiles y juveniles, donde publicó cuentos, historietas y poesía para niños y adolescentes. A principios de los años 50 impulsó el grupo femenino ‘Versos con faldas’, que durante dos años aglutinó a mujeres poetas y ofreció lecturas y recitales por los cafés de Madrid. En esa época también fundó la revista Arquero, de la que fue directora hasta 1954. Fue en ese año cuando publicó Antología Poética y Antología de poemas del suburbio. Lo hizo en Caracas (Venezuela) a consecuencia de la censura franquista. Era el germen de su poesía social.


Soltera, independiente y sin hijos, Gloria Fuertes se hacía llamar poeta y no poetisa, un término que asociaba a “algo más almibarado”. Desafiando las costumbres de la España de la dictadura de Franco, montaba en bici en pantalón corto y bebía vino “como los albañiles”. Era una mujer adelantada a su época. “Era una mujer nueva, que se enfrentaba con ternura a los hombres, tan brutos ellos. No era una maestrita repipi, era un compañero perteneciente a un tercer sexo divino que rompía con todo en aquella España de hierros y caspa”, llegó a decir de ella el poeta español Francisco Nieva.


El gran hito que marcó la vida personal y profesional de Gloria Fuertes, en 1955, fue su llegada al Instituto Internacional de Madrid, donde entró en estrecho contacto con el mundo literario y conoció al gran amor de su vida, la hispanista estadounidense Phyllis Turnbull, con la que tuvo una larga relación sentimental. Esa faceta de Gloria Fuertes la ha convertido casi dos décadas después de su muerte en un símbolo del movimiento LGTB en España y, concretamente, del colectivo de mujeres lesbianas.


En 1961, la poeta obtuvo una beca para impartir clases de Literatura en Estados Unidos. “La primera vez que entré en una universidad fue para dar clases en ella”, contó en una ocasión. Pero la vida todavía le tenía preparadas algunas sorpresas en las que iría sumando nuevas facetas. A mediados de los años 70 empezó a colaborar con programas infantiles de la televisión pública española como el mítico Un globo, dos globos, tres globos. Su imagen, con ojos vivos, pelo cano y sonrisa entrañable, quedó en el imaginario colectivo de los españoles. Sus versos, ágiles y claros, marcaron a toda una generación de niños que hoy, ya como adultos, releen su obra y le rinden homenaje.

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