González Acilu: "Siempre he aconsejado a la gente que se atreva a hacer cosas que no sepa hacer"

Días antes de recibir el premio Príncipe de Viana de la Cultura, en 2009, Agustín González Acilu hablaba de su vida en esta entrevista.

Agustín González Acilu, con una de sus partituras
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Agustín González Acilu, con una de sus partituras
Agustín González Acilu, con una de sus partituras

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María Antonia Estévez

Publicado el 15/08/2023 a las 12:44

No tiene la cercanía a la gente de Alfredo Landa, su predecesor en el galardón, cuyas películas nos acompañaron durante tanto tiempo. Ni es autor de una música tan familiar y acogedora como la que sale del saxo de Pedro Iturralde. Ni construye puentes que contemplamos con admiración como Javier Manterola, otro de los premiados. Compone una música complicada. La solidez de su obra, los premios recibidos con anterioridad (dos veces Premio Nacional de Música) y la unanimidad de la crítica que lo considera un compositor de primera línea en la música contemporánea española, nos indican que este alsasuarra que ha celebrado ya su ochenta cumpleaños posee ese don peculiar de los pioneros. Otea el horizonte, descubre un territorio inexplorado y allá va cueste lo que cueste con un valor, una perseverancia y una fuerza imparable. Por eso Agustín González Acilu es un ser especial, muy querido y respetado entre sus amigos.

Maestro ¿dónde está el germen de todo esto?

Seguramente el día en que, con diez años, escuché a una banda militar tocando en el kiosco del pueblo, justo al final de la guerra civil. Era la primera vez que yo veía aquellos instrumentos (la banda municipal del pueblo se disolvió al comienzo de la guerra) y el mundo sonoro que salía de ellos me cautivó y su recuerdo sigue vivo en mí. Por eso, cuando poco después alguien del ayuntamiento entró en la escuela de Alsasua a preguntarnos quien se quería apuntar a las clases de solfeo, enseguida di mi nombre.

A usted le gusta decir que su obra musical es una cadena que se va engarzando anillo a anillo ¿qué siguió a ese primer paso?

Luis Taberna nos daba aquellas clases de solfeo. A palo seco, sin apoyo instrumental alguno porque carecíamos de piano. Cantando las notas del método Eslava. Poco a poco empezamos a ensayar con instrumentos. A mí me tocó un clarinete que compartíamos cuatro alumnos. Y en la iglesia le dábamos al fuelle del órgano en los conciertos de Taberna y escuchábamos a Bach antes que lo escucharan en otros muchos sitios. Todo eso se te queda dentro. Tanto que había chicos de la banda que repetían la tocata y fuga con el saxo o los clarinetes Tendría ya trece años cuando entré en la banda del pueblo y para mí aquello fue creo que nunca se me ha hecho tan tarde el transcurrir del día desde que me levanté esperando la hora de mi ingreso en la banda.

¿Su día más largo?

El día más largo fue el 6 de junio, el del desembarco de Normandía como muy bien se tituló la película sobre aquel hecho. Lo recuerdo muy bien porque el día 7 fue transcendental en mi vida: con quince años, ingresé como trabajador en la fundición de Alsasua en la que ya trabajaba mi padre y en la que luego trabajó mi hermano pequeño. Cuando vi la película en París me acordaba de que mientras los aliados y los alemanes se freían a tiros en las costas de Normandía yo marchaba exultante con mis primeros pantalones largos hacia el trabajo de los mayores.

¿Qué tipo de trabajo era?

Los oficiales moldeaban las piezas y nosotros preparábamos la arena limpia de chatarra del día anterior, les dábamos los útiles que nos iban pidiendo y les pasábamos la arena. Allí aprendimos a lavarnos bien la cara porque se trabajaba con carbón molido y quitarlo requería un cuidado especial

¿La fundición fue otro anillo de la cadena?

Y trascendental. Lo primero que me impresionó de la fundición fue aquella simpatía con la que las personas mayores te miran porque les recordabas a ellos mismos años atrás. Y había algo más que siempre he valorado, y pobres los que no han tenido esta experiencia en la adolescencia: en la fundición te encontrabas con gente de tu edad y con gente cinco, diez años mayor que tu, gentes de 30, 40 años, a tu propio padre y hasta algún abuelo. El hecho de convivir con toda esa gama de edades te da un sentido humano que no te aporta la universidad. Te va relacionando con la vida, ves el carácter de las gentes... Me impresionaba y me encantaba ver a las personas mayores cómo reían entre ellos, cómo discutían y cómo se llevaban bien. Esas actitudes parece como que si te respaldaran y te arroparan.

No había otros modelos. Es posible que ahora los chicos de un obrero de la fundición sueñen con ganar millones jugando al fútbol

Claro, claro Es que es difícil mirar al pasado y comprenderlo si uno no se sitúa en aquel contexto. Por eso no tenemos ni idea muchas veces de lo que es la historia. ¿Cómo explicar la ilusión y el orgullo que sentíamos al entregar la paga a la madre? Ella se sentaba en la mesa y decíamos: "madre: extienda el delantal" y allí le dejábamos la paga y la veíamos tan contenta ¿Qué tendría mi madre entonces? 30 años, no más. La generación de mis padres No recuerdo haberles visto jamás irse de paseo. Después de la fundición se iban a la huerta a coger patatas y alubias y lechugas, a dar la vuelta a la tierra a mano. Así se les pasó la juventud. Y siguieron siendo fuertes y laboriosos en tiempos mejores: mi madre a los 90 años atendía ella el huerto tranquilamente. ¡Qué tiempos duros fueron los de la postguerra. Y qué gran tristeza les envolvía a todos! Nosotros percibíamos esa congoja de los padres por la precariedad de todo, de sus miedos a que la madre se quedara embarazada cuando ya había tres, cuatro hijos por casa y no llegaba el salario. Una boca más era un drama. Y nosotros empezábamos a percibirlo en conversaciones apenas esbozadas o cortadas a medias ¡Y Alsasua era un lugar afortunado porque era la ciudad industrial más importante de Navarra!

Usted suele decir que teme los cuellos de botella de la vida

Siempre me han preocupado las oportunidades perdidas, el que un puro azar la vida te dé un vuelco. Cuando yo tenía 20 años sabía que quería componer. Seguía en la fundición y en la banda, tocaba el saxo por las fiestas de los pueblos pero ansiaba otra formación, otra música. ¿Pero quién podía permitirse el lujo de ir a estudiar fuera? La única oportunidad de cambio en los pueblos te llegaba de la mano de la mili, así que aproveché que un chico de Alsasua que estaba en Madrid y conocía al director de la banda de música de aviación, para hacer la mili en ese cuerpo y en esa banda y seguir en ella un año más lo que me permitió matricularme el Conservatorio y hacer toda la carrera de Armonía.

¿Cómo estaba el panorama de la composición?

Trabajabas y trabajabas pero no pensábamos que podríamos vivir de la composición. Veíamos a compositores mayores que escribían música y vivían sin esperanza de alcanzar los atriles... En los años ochenta, cuando yo ya estaba de profesor en el Conservatorio, invitamos a compositores de ochenta años a que nos dieran unas charlas y recuerdo que uno ni se atrevió a eso. Me dijo que lo único que alcanzó en la vida fue la promesa de Argenta de tocar una de sus obras. Pero Argenta murió sin poder cumplir su promesa. ¡Tenía 13 sinfonías guardadas en un cajón de su casa! Se me saltaron las lágrimas al oírle. Luego me enteré que su hijo tocaba en la Orquesta Nacional. Me fui a él, le cogí de las solapas y le dije: "!pero cómo es posible que tú que has tocado con los mejores directores hayas sido incapaz de meter una obra de tu padre!".  Cuando aquel compositor murió, su hijo se me agarró llorando acongojado y no había manera de consolarle. ¡Dejó trece sinfonías en un cajón! Ramón Barce habló de aquella generación de gentes de la República que se quedaron aquí padeciendo la postguerra y todavía me emociono cuando lo leo

A su generación les fueron mejor las cosas...

Es verdad. Pero sabíamos que lo que teníamos que hacer no nos lo había enseñado nadie. Sabíamos que en Alemania, Francia e Italia gentes de nuestra generación, Luigi Nonno. Pierre Boulez, Stockhausen estaban haciendo otra música. En el aula pequeña del Ateneo de Madrid se empezaba a analizar la música de Schönberg que fue el que tiro de todos ellos... Con el Cuarteto número uno yo me despedí de todo lo estudiado y lo aprendido para entrar en el nuevo mundo del serialismo dando un definitivo carpetazo a todo lo recibido de la tradición.

Un curso en Venecia marcó su vida.

Yo era consciente de que estaba viviendo un momento de cambio radical en la estética musical y me preguntaba cómo funcionaba esa estética, por qué cambian las formas, qué hay detrás de todo eso Iba buscando respuestas por todas partes y ese fue el motivo esencial de mis viajes de estudio a París y a Roma pero, fundamentalmente, el que hice a Venecia, a la Fundación Giorgio Gili. Le dije a Remacha, que entonces dirigía el conservatorio de Pamplona, que ese curso iba a ser muy importante porque analizaba el arte, la cultura y la sociedad europea del momento y eso para la música que queríamos hacer era fundamental. ¿Cuánto cuesta?, me dijo Remacha. 10.000 pesetas. Y allí mismo me firmó un cheque. Nunca se lo agradecí bastante porque aquel curso significó mucho más que una universidad. Fue un momento crucial en el resurgimiento de la cultura centroeuropea. Fíjate que teníamos entradas para La Fenice de Venecia y que vino Karajan con la Quinta Sinfonía de Beethoven: ¿tú te crees que a mí me interesó ir a aquel concierto? Para nada. Me iba al ver el nuevo cine que se hacía en Italia, el 'Otto e mezzo' de Felini, las películas de Passolini, me iba a ver los seminarios del gran arquitecto Nervi, y ahí fue donde Rafael Moneo y yo nos conocimos y nos hicimos amigos Yo sabía que todo aquello iba a ayudar mi música mucho más que todos los conciertos del viejo orden. Recuerda que regresó de Venecia con el convencimiento de no ir descaminado en su nueva manera de proceder con su obra. "¿Cuál era esa manera? Cuando afrontaba un tema musical me decía: "yo pienso esto pero voy a consultar" y según fuera el trabajo que tenía entre manos acudía a Barandiarán, a Pío Baroja, a Oteiza, a gentes que podían aclararme mis dudas sobre obras concretas que llevaba entre manos ¿Y qué ocurría? Que acudía con una duda y salía con tres. Pero encantado. Y a partir de ahí me decía: "Agustín, da juego a lo que piensas, practica tu libertad", es era mi forma de proceder. Así que con disciplina, rigor y encadenamiento de las ideas seguía adelante. Ese es el camino. Ese proceder lo desarrollé desde mi comienzo, desde el Cuarteto número 1 en que me despedí de una manera de hacer e ingresé en otra manera de hacer que no sabía hacer. Por eso siempre que he aconsejado a la gente que haga cosas que no sepan hacer. Desde aquel primer concierto me dije que cada nueva obra mía seria un eslabón más en un quehacer que tendría absoluta coherencia. ¿Tú crees que en toda esta manera de proceder no tiene nada que ver la fundición de Alsasua y el ejemplo de las gentes que me rodearon entonces? Pues tiene, y mucho".

Recibirá el premio en Leyre. ¿Qué significado atesora Leyre para usted?

Desde mis tiempos de profesor en el conservatorio siempre dedicaba un mes para preparar clases del curso siguiente y a componer. A Leyre (¡qué simbólico que sea allí donde recibo el premio!) fui una decena de veces, y también a la Oliva y a Samos. Aquella calma, aquel silencio, los monjes y aquella gente peculiar que acude a los monasterios y que se te cruza en las comidas y en los pasillos me subyugaron profundamente Allí trabajas más que nunca y estás más descansado que nunca. !Qué gran invento el ora et labora de los monjes! Recuerdo que en Leyre les di alguna que otra charla sobre música. Ellos vivían entonces el pleno aggiornamento de la iglesia y no entendían como yo, que hacia una música tan contemporánea, defendiera con tanta pasión el gregoriano. Además, mantenía ante ellos que no hay música religiosa, que es la letra la que le aporta un significado religioso que cualquier otra letra cambiaría. No estaban muy convencidos así que toque a la guitarra una melodía que consideraban religiosa y la canté con aquella letra que cantaban los comunistas: "si los curas y monjas supieran " ¿Es revolucionaria o es religiosa esta música? ", les dije. La música no tiene significado. Es significado.

¿Qué mensaje ha tratado de inculcar a sus discípulos?.

A mis alumnos siempre se lo repito: lo más importante para el compositor es preservar el tiempo para hacer música, nunca vender tiempo por dinero. ¿Cómo se consigue eso? Con una determinada actitud ante la vida, una manera de ver las cosas, de decidir y elegir. Muchos de mis compañeros brillantes dejaron de componer al casarse porque la música no daba de comer Yo me case con Carmen Ribot Salinas Carmen, también de Alsasua. Éramos muy jóvenes y aguantamos juntos los largos tiempos difíciles: ella sabía hacer de los duros seis pesetas y yo me mataba a trabajar con el saxo en salas de fiestas, dando clases particulares sin dejar de estudiar y de componer. Años y años trabajando con mil privaciones y manteniendo una buena higiene mental, sin envidias, sin desear ser más que el otro y disfrutando del propio trabajo. ¿Premios? Siempre me he dicho: no busques lo que no depende de ti, practica tu propia libertad. El resto, para bien o para mal, es decisión de otras personas y si no me llevo un disgusto por todo lo que no me dan tampoco voy a lanzar las campanas al vuelo cuando me lo dan. Así que practico mi propia libertad.

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